Pueblo busca enemigo

El madrileño Teatro Pavón Kamikaze continúa con su imprescindible tarea teatral, ofreciendo, un año más, una programación de altura, que está renovando y mejorando la calidad de nuestro teatro. Se inicia el curso político, se inicia la temporada teatral, la vuelta al cole. Inicia la temporada un clásico de esos que no se pueden dejar de saborear, 'Un enemigo del pueblo', de Henrik Ibsen. "Cuando el parlamento es un teatro, el teatro debe ser un parlamento", esta frase que ha presidido la entrada a la Sala Mirador de Lavapiés, vuelve a la plena actualidad día tras día. En verano, con el Parlamento cerrado, el teatro --el malo, el exagerado, el que no se le puede catalogar de arte dramático-- se ha trasladado a los platós de televisión, y las calles se convirtieron también en platós de televisión. Y las cámaras en protagonistas.

Ya termina el verano (todavía no, todavía falta por pasar la gloriosa Feria de Albacete) y, con él, este periodo de sequía informativa en el que los periodistas se agarran a un clavo ardiendo para llenar sus páginas y sus minutos en las cadenas. Ha sido un verano especialmente duro, que ha reflejado, a pesar de los excesos veraniegos informativos que decíamos, un nuevo panorama político que está mutando a una velocidad vertiginosa y que nos antecede un posible nuevo mundo que nada nos hace prever que vaya a ser mejor que lo vivido. Un mundo que parece seguir el dictado de determinados dirigentes políticos, que anticipan algo que ha de ocurrir, que luego los medios repiten como si ya estuviera ocurriendo para que, al final, la sociedad aprehenda ese algo y termine por pasar.

La inmigración ha inundado los noticiarios. En bucle, las imágenes de pateras se repetían hasta la saciedad, desde primera hora de la mañana, en nuestros televisores. Un efecto multiplicador, cuando la misma barcaza atracaba en la arena de una playa del sur cuarenta veces durante un debate matutino, el espectador podría tener la sensación de que han llegado muchas más de las que en realidad tocaron las arenas andaluzas. Un efecto multiplicador que hizo que una pelea entre un mantero y un turista norteamericano en Barcelona fuera, posiblemente, la pelea más retransmitida de nuestras historias, con permiso del cámara de Telemadrid que, días después, fue agredido por equivocación de los concentrados en una convocatoria de Ciudadanos, quienes pensaban que el gráfico trabajaba para TV3. Hay peleas de las que se habla más que de otras.

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Los saltos masivos a la valla de Ceuta han inundado las páginas de la mayoría de medios de comunicación de la palabra 'violencia', refiriéndose a la supuesta violencia que habrían sufrido los agentes de la Guardia Civil que cumplen con su función en la Frontera Sur. Poco hablaban estas mismas páginas de la violencia condenada, aquella por la que el Tribunal Europeo de Derechos Humanos condenó al Estado español por realizar ilegales devoluciones en caliente. Condena que el anterior gobierno del PP recurrió y, por cierto, el del PSOE ha mantenido el recurso. Ay, cuando Sánchez criticaba esta práctica ilegal. Violencia, como la que llevó a la muerte 15 inmigrantes que cruzaban a nado la frontera, en Ceuta, en la playa de Tarajal. Murieron mientras eran repelidos por las fuerzas de seguridad española. La Audiencia de Cádiz, recientemente, ha vuelto a abrir este caso.

Violencia que las principales televisiones desde Madrid han anticipado en las calles de Catalunya, también bajo el dictado de algunos partidos políticos que se adelantaban, hasta que ha empezado a suceder. Violencia ya había en Catalunya y, tal y como informaba cuartopoder.es, salvo momentos episódicos, de grupos de extrema derecha hacia independentistas, fotoperiodistas, inmigrantes... Violencia, el motivo en el que se sustenta el auto de instrucción del juez Llarena para mantener, durante meses, a dirigentes políticos y sociales catalanes en la cárcel acusados de rebelión y sedición, sin sentencia alguna. Discutible violencia, fluido significado el de esta palabra que, cada vez, de seguir así, conseguiremos que signifique menos.

Cuando la violencia se convierte en protagonista, el enemigo se convierte en una necesidad. La creación de un enemigo, el inmigrante, el independentista, el republicano... Durante los últimos meses estivales, la creación de enemigos ha sido una constante. Mientras la tensión aumenta en los canales de televisión y, por ende, en las calles catalanas en relación a los lazos amarillos, la vicepresidenta del Gobierno, Carmen Calvo, y la consellera de Presidència de la Generalitat, Elsa  Artady, se reunían en privado en la senda de la normalización institucional que desde hace algunos meses iniciaron ambos ejecutivos. La tensión creada en las calles no impide que las relaciones institucionales prosigan, pero ambas partes, que reciben grandes presiones para no entenderse con la otra, no han sido capaces de emitir algún mensaje conjunto que lleve a la desinflamación mediático-social. ¿Por qué?

Mientras, la derecha ha iniciado una carrera veraniega por alejarse del centro. Este espacio político se queda huérfano con la llegada de Casado al liderazgo del PP, algo que puede beneficiar al PSOE. Pero el sentido común, el pensamiento colectivo, vira hacia la derecha. Lo ha hecho durante los últimos meses. Y la política, también. El propio Gobierno socialista, que hace unos meses hizo bandera del Aquarius, adopta hoy las medidas migratorias más contundentes impuestas desde Alemania. Alemania, donde centenares de neonazis campan a sus anchas por algunas ciudades a la caza del inmigrante...La política de hoy necesita enemigos, decíamos. Incapaz de convencer de proyectos comunes y de ilusionar con un futuro, se empeña en conservar un pasado y un presente que nunca fue como nos creemos. Enemigos sobre los que crear relatos políticos, relatos identitarios.

En 'Un enemigo del pueblo', un científico descubre que las aguas del balneario del pueblo están contaminadas. La verdad puede suponer un perjuicio económico para el pueblo. Los poderes fácticos, uno a uno, irán cerrando filas en torno a la mentira, crearán relatos falsos, reconocerán y señalarán a su propio enemigo. La lucha entre la mentira y la verdad. ¿Les suena? Henrik Ibsen planteó un dilema desde esta obra a la sociedad de 1883: ¿tiene la razón la mayoría? Si esta es fácilmente manipulable, ¿tiene sentido el sufragio universal?

Vayan a verla. La versión libre del director. Álex Rigola, de la obra de Ibsen nos sitúa este mismo conflicto en una compañía teatral que recibe subvenciones de un partido político alejado de sus ideales. La participación activa del público en el espectáculo invita a la reflexión. El trabajo del elenco es formidable: Nao Albet, Israel Elejalde, Irene Escolar, Óscar de la Fuente y Francisco Reyes. En un momento en el que los platós son los peores teatros, los teatros se tienen que convertir, necesariamente, en parlamentos. Pueblo busca enemigo: en un momento así, hemos de encontrarnos, y el teatro siempre fue eso, lugar de encuentro.