Mujer y migrante: doblemente vulnerables ante la violencia machista y abandonadas por el Estado

  • "Las víctimas no tienen asistencia de un intérprete en todo el proceso, sino solo en algunos momentos y ya en instancias judiciales", denuncian las abogadas
  • La petición por parte de las expertas es clara: se necesitan medidas garantizadas por el Estado y que aseguren una asistencia igualitaria también entre territorios

Maguette Mbeugou tenía 25 años. Era una vecina de Bilbao, de origen senegalés, que había pedido en repetidas ocasiones medidas de protección para ella y para sus dos hijas menores de edad. El 25 de septiembre, su marido la asesinó. La jueza encargada del caso de Maguette alegó que no se había considerado que su caso tuviera un alto riesgo tras escuchar el relato de la víctima y también problemas idiomáticos a la hora de formular los trámites necesarios.

Un mes antes, en la localidad navarra de Huarte, una mujer, de 38 años fallecía por las heridas que le había ocasionado una paliza que su marido le propinó días antes. Ambos eran de nacionalidad ucraniana. “Las mujeres migrantes sufren una doble vulnerabilidad cuando hablamos de violencia machista”, afirma la abogada especializada en este ámbito Sara Vicente, “la vulnerabilidad de ser mujer, por una parte, y por otra, la de ser migrante, ya que además de unos códigos culturales distintos, tienen dificultad para acceder a algunos servicios”.

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Algunos servicios básicos como la labor de un intérprete que las acompañe desde el minuto cero hasta el final, y que elimine la barrera idiomática y cultural que se interpone en estos casos. Una barrera que fue patente en el caso de Maguette. “Las víctimas no tienen asistencia de un intérprete en todo el proceso, sino solo en algunos momentos y ya en instancias judiciales. A la hora de decidir si denuncian a sus parejas no suelen tener servicios de intérprete y eso es una barrera en sí misma”, destaca la abogada.

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Tampoco cuando consiguen huir y denunciar, algo que se plantea harto difícil en situaciones “donde las mujeres no poseen una red social, de amigos o familiares cercanos en los que apoyarse. Una de las bases del maltrato es el aislamiento, y estas mujeres si no tienen arraigo, sufren el aislamiento en mayor medida”, aclara.

La petición por parte de las expertas es clara: se necesitan medidas garantizadas por el Estado y que aseguren una asistencia igualitaria también entre territorios. En la actualidad, afirma Vicente, “en mi consulta tengo asistentes culturales e idiomáticos, pero gracias a que los organizamos desde asociaciones. El Estado no nos facilita esos recursos que son básicos”. Y esto provoca unas diferencias entre mujeres y entre territorios brutales: “son servicios que deberían poner en marcha el Estado porque deriva en unas diferencias entre territorios. Debe garantizar el mismo nivel de accesos a los recursos sea cual sea el territorio donde vivan”, sentencia la abogada.

Mujer y migrante, doble vulnerabilidad

Clara es una mujer de origen latinoamericano, que ha vivido “en dos ocasiones violencias machistas”, una vez violencia física y psicológica y la segunda, violencia psicológica. Antes de caer en su primera relación, donde sufrió violencia física y psicológica, Clara era una cocinera, reconocida, que trabajaba en algunos de los mejores restaurantes de Barcelona e Ibiza.

Después conoció al que fue su pareja y padre de su hijo. Reconoce que la primera vez, “al haber violencia física y ser algo patente” sí le hicieron caso con relativa rapidez. Aunque tuvo que “huir” y marcharse a la otra punta del Estado para escapar de su agresor. Empezó una nueva vida en el norte, donde su pareja ejercía violencia psicológica, “invisible para los demás pero no para mí”, afirma la joven.

Ahí, por cambiar de ciudad y por su condición de migrante llegó una de las primeras vulnerabilidades: la falta de círculo de confianza. Ni amigos ni familia estaban alrededor. “El círculo de confianza de mi expareja sí existía. Él tenía a todos sus amigos, su familia, conocidos… y yo no tenía a nadie. Lo noté cuando le denuncié. Todos se pusieron en mi contra”, relata a cuartopoder.es.

Su maltratador psicológico la amenazaba con quitarle a su hijo: “a veces incluso llamaba a mi anterior pareja, padre de mi hijo, como símbolo de amenaza y de que ambos me quitaran a mi hijo en juicio”. “Era un maltrato utilizando experiencias vividas mías que aún me afectaban y me ocasionaban unas crisis de ansiedad impresionantes”, reconoce Clara.

“La casa de acogida es una cárcel”

Su condición de migrante, considera, también le hacía ser dependiente económicamente. “Conseguía buenos trabajos, pero muy inestables, por lo que económicamente le necesitaba para seguir adelante. Trabajaba por sustituciones”. Además su expareja intentaba boicotearle todo intento de trabajar y tener un ingreso propio. “Me cancelaba las niñeras que contrataba, me quitaba la ilusión por esos trabajos, todo para que no saliera de casa y no tuviera independencia”, resume Clara.

Tras salir de esta segunda relación acabó en una casa de acogida destinada a mujeres víctimas de violencia machista. “La casa de acogida fue una cárcel para mí. Supuestamente teníamos que estar atendidas por personas con un trato especial porque éramos mujeres que acabábamos de salir de una situación de maltrato”, recuerda.

Ahora se encuentra rehaciendo su vida, empezando desde cero, con un hijo pequeño y entrando en redes de mujeres que le proporcionen un círculo de confianza necesario.