Carrillo vs Anguita: 2015, el desenlace

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Hugo Martínez Abarca *

Hugo-Martínez-AbarcaAl menos desde los años de la Transición hay una línea que divide en dos las culturas políticas de nuestra izquierda y que han ejemplificado dos líderes históricos del Partido Comunista de España: Santiago Carrillo y Julio Anguita.

Carrillo fue un político poliédrico en cuya dilatadísima y zigzagueante trayectoria encontramos etapas heroicas y etapas humillantes; pero el carrillismo, aquello que los prohombres de la política y el periodismo destacaron a su muerte, fue una línea política que en nombre de la responsabilidad, la madurez, el realismo… se subió al carro de la Transición como si ésta se tratase de una etapa más en el devenir materialista e histórico hacia el socialismo. Anguita, por contra, fue señalado por cuestionar elementos nucleares del régimen del 78, singularmente cuando en 1996 recordó el carácter republicano del PCE: ello inmerso en la denuncia de los crímenes de Estado, de la corrupción estructural y de una construcción europea que llevaba en su seno la destrucción de conquistas sociales y políticas.

Carrillo y Anguita no son más que el nombre de dos tradiciones en nuestra izquierda española. El carrillismo, con o sin Carrillo, tiene una serie de pilares como la lealtad inquebrantable con la Transición, con lo que tuvo de bueno pero también (y con especial pasión) con sus elementos menos digeribles para una izquierda digna de tal nombre; admite lo sustancial del bipartidismo asumiendo un eje izquierda-derecha en cuyo lado siniestro estaría un PSOE al que en última instancia hay que apuntalar, haciendo de la izquierda un satélite que orbite en torno al PSOE; un tercer elemento es el que permite que ese desdibujamiento de los principios no genere dispersión: un fuerte identitarismo en torno a las siglas, los iconos, los símbolos, las palabras que permite disfrazarse de ortodoxia y firmeza señalando a los críticos como herejes, vendidos… y casi siempre fascistas. El anguitismo, con Anguita en su centro o en su periferia, no ha dudado en reivindicar la III República y la necesidad de un proceso constituyente, ha exigido en distintas etapas contra viento y marea la autonomía de IU frente al PSOE y ha impulsado procesos de convergencia exitosos o no, desde la Convocatoria por Andalucía, en el origen de Izquierda Unida, a los recientes impulsos a la refundación de la izquierda y las actuales apuestas por procesos de confluencia profundos.

Hay episodios que ilustran la continuidad de estas líneas de conflicto. La hemeroteca nos muestra la reacción de Santiago Carrillo al célebre discurso de Julio Anguita de 1996 en el que el PCE se reivindicaba republicano. “Anguita admira más a José Antonio Primo de Rivera que a Marx y a Lenin”, dijo Carrillo en El País. E hizo una curiosa aportación al debate teórico que resulta tremendamente reveladora de la óptica manejada: “Desde los años 30 ningún partido comunista europeo ha puesto en duda el consenso constitucional; es decir, la aceptación del sistema democrático”. Decía el historiador italiano Aldo Agosti que “si hay un rasgo que pueda definir al estalinismo como sistema ideológico es éste: la teoría no es una guía para la acción sino una justificación a posteriori de la acción” y esa cultura política es la que hay detrás de tanto supuesto sostén teórico para el completo desdibujamiento de los principios políticos. Quien se mantenga firme en los principios es un traidor a los principios. Y ello implica renunciar a toda transformación del sistema político, sea la apuesta republicana en 1996 o su versión de estos años, la apuesta nítida por un proceso constituyente aquí y ahora (que es otra forma de llamar a la República). Por supuesto sobrevive esa patética denuncia a todo aquello que cuestione de raíz el sistema político vigente como puro falangismo frente a las esencias marxistas y leninistas, inscritas explícita o implícitamente el consenso constitucional.

La línea de enfrentamiento y los argumentos son también sorprendentemente estables en cuanto a la convergencia política. Uno no puede contener la sonrisa cuando lee que en 1985 los entonces jóvenes carrillistas denunciaban que “la llamada política de convergencia” era en realidad “el proyecto de liquidación objetiva y sistemática de la propia UJCE”. La UJCE y el PCE siguen vivos 30 años después (probablemente gracias a esa política de convergencia) pero también sigue viva aquella delirante consigna según la cual la convergencia lleva a la liquidación de la organización (hoy lo irrenunciable es esa IU que hace 30 años era inaceptable en nombre también del patriotismo de siglas).

Estas dos almas han llevado a un par de crisis importantes en el PCE y en IU, ambas coincidentes con cambios de ciclo electoral dentro del ciclo político del 78: en los 80, simultáneamente a la llegada de los gobiernos de Felipe González con la ruptura con los carrillistas y la creación de Izquierda Unida y en los 90, en la agonía de los gobiernos felipistas, con la ruptura de Nueva Izquierda.

En 2015 el momento histórico es otro, inédito en estas décadas: lo que está en cuestión no es un ciclo electoral sino un cambio de régimen político con un añadido: ya no estamos solos (o acompañados de hermanos pequeños) en el espacio rupturista. Por ello, los elementos vertebradores del conflicto se hacen más radicales. En 2015 nos encontramos con la posibilidad cierta de una transformación cualitativa del sistema político del 78 y de nuestras organizaciones como instrumento político de cambio. Es decir, aquello que eran líneas de división más o menos teóricas (aunque con consecuencias prácticas) son hoy líneas de división práctica: el eje político del momento histórico no son las consecuencias derivadas de aquello que ha dividido las culturas políticas de nuestra izquierda sino que es precisamente aquello que ha diferenciado esas dos culturas políticas lo que está en juego.

Emerge la figura de Julio Anguita como referente de cambio, aparecen liderazgos políticos rupturistas como el de Alberto Garzón en IU y al tiempo, más o menos soterradamente, se recupera la retórica más errática (falangismo por doquier, liquidación, nacionalismo de siglas…) que en los últimos cuarenta años han servido a los carrillismos de diversos pelajes para señalar a los herejes.

Hoy aparece en el horizonte de 2015 la posibilidad de cambiar nuestras ciudades, nuestras regiones y nuestro país. Ello hace que estas dos grandes culturas políticas no se relacionen de forma ordinaria. 2015 puede ser el año del cambio pero también el año de otra derrota que nos coloque por delante otros treinta o cuarenta años en los que aspirar sólo a adecentar lo más posible un edificio diseñado en lo fundamental por el poder al que combatimos. Ello con la diferencia respecto de los años 70 de una ciudadanía que no tiene miedo más que a que sigan gobernando los que le trajeron hasta aquí.

Las trincheras en 2015 son la del cambio por un lado y la del régimen por otro. Por eso, como en el país, en la izquierda también habrá este año un desenlace de una partida que dura desde los 70. En el año de la posible ruptura democrática, que nadie pida a quienes llevan décadas buscándola que en vez de actores del cambio lo lastren.

(*) Hugo Martínez Abarca es miembro del Consejo Político Federal de Izquierda Unida y autor del blog Quien mucho abarca.
10 Comments
  1. Patronio says

    La derecha y especialmente la ultraderecha odian la memoria de Santiago Carrillo y no se apiadaron ni el día de su muerte. La derecha encontró un buen sustento en Anguita y habla bien de él. Sobran las palabras.

  2. Matías says

    Cuando se fundó IU, en algunos lugares el PCE no estuvo oficialmente en la coalición. Por ejemplo Euskadi, donde los carrillistas mantuvieron el control de las siglas, y el PCE-EPK compitió contra IU.

    Hoy muchos sabemos que estaremos en Ganemos Madrid, pero no sabemos si la dirección «oficial» va a estar o si va a romper con la política federal. Lo que sí sabemos es dónde estaremos los militantes de IU.

    Gran artículo por cierto!!

  3. Matías says

    Por cierto, otro dato interesante. Cuando se iba a crear IU en la Comunidad de Madrid (la IUCM de hoy), el entonces secretario regional madrileño del PCPE, dijo que no quería juntarse con el PCE si no estaba también el chiringuito que había creado Carrillo (la Mesa de Unidad de los Comunistas).

    El secretario regional del PCPE era el archiconocido José Antonio Moral Santín (el secretario regional del PCE madrileño era Ruben Cruz otro de las tarjetas black). Por cómo han ocurrido los acontecimientos en IU-CM, parece que hay muy claras vinculaciones entre las formas de proceder del carrillismo y el de algunos casposos.

  4. tal vez says

    Pues si no recuerdo mal por aquellas fechas Mauricio Valiente era del PCPE y no de PCE. Tal vez me equivoque, pero creo que no.

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