El efecto bumerán

Nino Olmeda *

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Maru Menéndez (izda.) y otros miembros de la dirección del PSM aplauden a Tomás Gómez a su llegada a la rueda de prensa que dio ayer, en presencia del candidato a la Alcaldía de Madrid, Antonio Carmona (centro). / Foto: Ballesteros (Efe)

Hace ahora una semana, un amigo de Tele K me dijo que un buen amigo suyo con buena información del PSOE le había comentado que el candidato del partido de Ferraz a la Presidencia de la Comunidad de Madrid era Ángel Gabilondo,  exministro de Educación del Gobierno presidido por José Luis Rodríguez Zapatero, y no el elegido en primarias, Tomás Gómez, secretario general del PSM. Me quedé de piedra por la osadía del secretario general de los socialistas españoles, Pedro Sánchez, en caso de ser cierto lo dicho por mi fuente, que, por cierto, hoy mismo me ha llamado estando yo en la sede de los socialistas madrileños en Callao a la espera de la rueda de prensa de Gómez para responder a la decisión de Sánchez de disolver la federación madrileña y nombrar una gestora presidida por Rafael Simancas.

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Me ha recordado que su exclusiva se ha confirmado y me ha pedido que hiciese memoria y regresase mentalmente a la etapa en la que al frente de la alcaldía de Parla estaba un joven llamado Tomás Gómez, que se convirtió en el primer edil más votado de España, y al frente del socialismo madrileño, Rafael Simancas, que estuvo a punto de ser presidente de la Comunidad de Madrid y que terminó dejando el cargo por consejo de Zapatero, que fue el impulsor y padrino de Gómez para llegar a la Secretaría General.

Los seguidores de Simancas y de José Acosta, un histórico que nada quiere saber ahora de Gómez, controlaban el socialismo madrileño y el entonces alcalde de Parla se lo curró, con ayuda de los alcaldes del sur, para dar el empujón necesario que provocase que la caída de Simancas pareciese un accidente electoral, con la ayuda de Zapatero, que encandiló al eterno aspirante a la presidencia de la Comunidad de Madrid de tal manera que se convirtió en devoto del nuevo socialismo y hasta de la eliminación del Impuesto de Patrimonio.

Simancas se fue al Congreso de los Diputados y se convirtió en un fiel socio de Alfredo Pérez Rubalcaba cuando esté era algo en el PSOE, y los simanquistas fueron ‘tratados’ por Gómez, que primero los dividió en dos y luego los eliminó por absorción o aburrimiento. Todo perfecto. Gómez siguió modelando un PSM a su imagen y semejanza y el PSOE perdiendo elección tras elección estando él al frente del cotarro.

En el último Congreso del PSOE apoyó a Pedro Sánchez y pasó de venerar la imagen de la presidenta de Andalucía, Susana Díaz, cuando era la señalada para dirigir el partido, a cantar villancicos a Sánchez, quien creó muchos problemas a Gómez dentro de los suyos por decantarse de nuevo por el previsible ganador. Todo siguió en paz, como la de los cementerios, hasta que el asunto del tranvía de Parla se convirtió en tema central de conversación entre los que quieren que Gómez se vaya porque es un lastre para ganar y los que creen que da igual lo que se haga porque todo seguirá igual.

De pronto, una mañana nos despertamos con el despido de Tomás Gómez, que llamó a los suyos a resistir contra este “golpe de Estado de El País, montado por la vieja guardia del PSOE y comandado por Rubalcaba y Juan Barranco”, que hace poco dejó todos sus cargos harto de los desplantes de su secretario general.

Eso decían en el acto de rebeldía de Tomás Gómez, que acusó a Pedro Sánchez de colaborar con una campaña del PP contra él. Todo se veía dramático, los periodistas tratando de enterarse de lo que decían los rebeles de Gómez, los militantes aplaudían todo y un señor levantaba un cartel que decía “Tomás presidente”. Es verdad, todo un drama y el recuerdo de que Simancas se fue y vino Gómez, que apoyó la caída del que ahora viene a presidir la comisión gestora del nuevo PSM. Todo lo que va, vuelve, y como el arma que tras ser lanzada no impacta en el objetivo, regresa a su punto de origen, Gómez le lanzó un órdago hace  mucho a Simancas que supuso su eliminación y ahora éste regresa para fulminarle a él. El efecto bumerán

(*) Nino Olmeda es periodista.