JAVIER PÉREZ DE ALBÉNIZ | Publicado:

Esperanza Aguirre, durante la comparecencia en la que anunció su dimisión.
Esperanza Aguirre, durante la comparecencia en la que anunció su dimisión como concejal y portavoz del grupo municipal del PP. / Kiko Huesca (Efe)

En “Uno de los nuestros”, la grandiosa película de Martin Scorsese sobre el crimen organizado, Robert De Niro interpreta al capo Jimmy “The Gent” Conway. Una de las escenas más significativas tiene lugar cuando De Niro estalla en cólera al comprobar que sus colegas no han seguido su principal advertencia, ser discretos con los jugosos beneficios obtenidos en un golpe, y están gastando dinero de manera ostentosa en coches de lujo y abrigos de pieles. “No llameis la atención, que no se note que estais forrados”, había aleccionado el mafioso a sus secuaces.

La mesura y la sensatez son virtudes muy valoradas en toda organización criminal que se precie, y que pretenda tener una vida larga que le permita disfrutar de los beneficios de sus fechorías. Por eso cuando Esperanza Aguirre dijo que había destapado la trama Gürtel su jefe, Mariano Rajoy, debió sentir cómo le hervía la sangre. Y cuando protagonizó el numerito del cajero en la Gran Vía, con fuga, derribo de moto y persecución incluidas, el presidente del Gobierno quizá recordó el final que la propia mafia proporcionó a Tommy DeVito, un mafioso bocazas e imprudente interpretado por Joe Pesci: un tiro en la cabeza.

Cuando Esperanza Aguirre huyó de la policía, y cuando dijo que había destapado la trama Gürtel, estaba firmando su sentencia de muerte política. No conforme con disfrutar de los beneficios de su gestión, se burlaba de los españoles. Se reía en sus caras. Les tomaba el pelo. Cosas de la soberbia, consecuencia de años de impunidad, resultado de una vida en el lado cool de la sociedad.

Aguirre se sentía intocable. Rajoy la consideraba una de las suyas: dominaba Madrid, el centro del universo ibérico. Lo tenía todo tan atado, tan organizado, que incluso tenía su propia televisión. Nada podía fallar… siempre que Aguirre y sus ranas fueran prudentes. Pero, ¿qué prudencia se le puede pedir a un anfibio que se encapricha de un ático de lujo y para conseguirlo rompe las más elementales normas de discreción? ¿Y de un batracio capaz de guardar 922.000 euros en un altillo en casa de su suegro?

“Para mí ser un ganster es mucho mejor que ser presidente”, dice en la película un Ray Liotta que interpreta el papel del mafioso Henry Hill. Un tipo tan atolondrado y frívolo como para olvidar que se pueden ser las dos cosas.

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