A garrotazos con las banderas

Duelo a garrotazos', cuadro de Francisco de Goya
‘Duelo a garrotazos’, cuadro de Francisco de Goya, que se enmarca dentro de las denominadas ‘pinturas negras’ del autor aragonés, y que se halla expuesto en el Museo del Prado. / Wikipedia

Con independencia de lo que esté sucediendo mientras escribo, mientras los catalanes están votando o al menos intentando hacerlo, incluso al margen de lo que haya sucedido hoy, ayer, si es que estas líneas asoman en sus pantallas mañana día dos; o anteayer si es que lo hacen el tres… y así sucesivamente, con independencia de todo ello, es muy de temer que todo se haya visto resumido en un debate habido ayer sábado en un programa de televisión en el que media docena, no quiero decir de astados, sino de minotauros perdidos en sus laberintos dialécticos no pudieron ser debidamente lidiados por su aguerrida entrevistadora y, al parecer, moderadora del encuentro.

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En un momento dado, cuando ya la corrida se aproximaba a su cierre, un interviniente, cuya longitud física se ofreció inversamente proporcional a su cortedad intelectual, un señor que al desnudarse intelectualmente dejó ver que es tan corto como largo, posó su diestra mano sobre su corazón estremecido y afirmó que lo suyo es cosa del corazón, del sentimiento; lo hizo de modo que solo le quedó por recitar, poniendo cara de duelo, aquello de que “le coeur a ses raisons que la rasion ne connaît point”, respetando a Blas Pascal o, resumiéndolo en la versión actualizada, que “la raison ne comprend pas” si lo que se pretende es eximir al aforismo de la carga de religiosidad que le imprimió su autor; algo que es tan deseable como difícil en este nuestro país de tanta religiosidad trasladada al terreno de lo colectivo en vez de intentar mantenerla en el personal e íntimo.

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Con todo ese no fue el problema, el problema quedó definitivamente plasmado cuando otro y barbado interviniente de voz cascada y sonrisa retorcida suscribió la postura y el razonamiento para adjudicárselo oponiendo al sentimiento del largo y corto el suyo igual de corto, pero al parecer más largo.

Mientras tanto, en las calles, las gentes se empeñaban en enseñar quienes las tenían más largas o quienes las tenían más grandes, si uno o si otros, seguidores ambos de los dos sentimientos encontrados, de esos dos sentimientos antagónicos que, una vez más, nos han traído hasta aquí. El problema es que las banderas, no otro apéndice físico de nadie, eran largas y grandes, o grandes y largas, según los barrios y los deseos e incluso según los ojos de quienes las contemplasen.

La imagen era la de un español por sentimiento, enfrentando a un catalán de la misma condición, motivo por el que sobraban razones y diálogo, mientras sobraban ganas de demostrar cuál lo sentía más y de qué manera, tan legítima la una coma la otra, al fin y al cabo.

El cuadro de Goya titulado “Duelo a garrotazos” de nuevo como resumen y compendio de la ordalía hispana. Dos individuos inmersos hasta las rodillas o incluso hasta un poco más arriba, hasta sus mismísimos e intelectuales atributos, inmovilizados en sus arenas dialécticas arreándose garrotazos en espera de un juicio divino que nunca ha de llegar, otorgándole el triunfo a uno u a otro si es que uno de los dos contendientes en liza consigue llegar vivo al final de su estremecedor encuentro demostrando así la divina preferencia.

Y mientras, de nuevo mientras, en toda España las gentes sacando sus banderas a flamear y sus trapos sucios a ser aireados, también de nuevo, para ver si de una vez una lluvia torrencial los deja lavados y limpios al menos durante un par de siglos, que ya nos lo vamos mereciendo.

Ante el pasmo y la incomprensión de los otros cuatro contendientes, unos por fas, por nefas otros, por exceso de bondad la más arrimada al toril y por abundante cerrazón el sentado en el extremo opuesto al del corto y largo, ante el pasmo de los que ocupaban las posiciones centrales a izquierda y derecha… de la presentadora, los dos se(nti)mentales se sabían parapetados detrás de los escudos de la policía, uno, detrás de los niños usados como tales en los centros de enseñanza, otro, ambos parapetados en sus sentimientos, desangelados los demás, incluso la directora de la lidia.

No importa cómo se llegó hasta lo de ayer, o de lo de anteayer, incluso de lo del día de antes de anteayer, o del día muy anterior al de cuando ustedes estén leyendo esto, qué más da. La culpa es de las distintas ganaderías. Una porque envió a su toro enamorado de la luna; otra porque envió a un astado que abandona por las noches la manada e incluso algunas otras que lo enviaron  mansurrón, en un caso, cojo en otro, ciego el quinto y viejo y sin embestida el último, siempre los mismos y alternándose los papeles y los defectos en las distintas lidias celebradas, el caso es que urge empezar a cambiar los toros e ir sustituyéndolos por bueyes de paso corto y vista larga que, no tan mansa como calmadamente, aren el terreno del entendimiento.

Es insostenible que dos derechas tan claramente amparadas en los mismos parámetros ideológicos, afectadas las dos de idénticos males y conductas sigan flameando sus banderas para ocultar tras de ellas sus miserias. Más insostenible aún si, como consecuencia de los otros cuarenta años que precedieron a estos que mal que bien llevamos  de democracia, la bandera, en vez de ser un patrimonio de todos y un privilegio común, ha devenido en identificación de una parte de la sociedad y no de todo el conjunto que la forma. Y esto vale en los dos casos.

Si la bandera española, no siéndolo, ha devenido en patrimonio de un franquismo nunca enteramente superado, la bandera del nacionalcatolicismo y anexos, la senyera se ha estrellado haciéndolo de modo que ya representa más una parte que a un conjunto, a una parte que le impone o que intenta imponerle al resto su propio modo de entender la convivencia. Es así como, en vez de garrotes, estamos empezando a blandir flameantes banderas que nos impiden contemplar debidamente ver el camino que se está abriendo ante nuestros ojos ciegos por el sentimiento y los afectos. Todo con independencia de lo que esté pasando mientras  escribo, haya pasado hoy día uno, esté pasando mañana, día dos, o nos quede por pasar en adelante porque solo quedan dos caminos: uno el del dialogo sereno y racional, otro el de los sentimientos encontrados.