Jerusalén, Jerusalén…

benjamin Netanyahu y Donald Trump en rueda de prensa el 15 de febrero de 2017.
El primer ministro israelí Benjamin Netanyahu escucha las explicaciones del presidente de EE.UU., Donald Trump, durante la rueda de prensa que ambos ofrecieron en la Casa Blanca el 15 de febrero pasado. / Michael Reynolds (Efe)

La decisión del presidente Donald Trump de trasladar la embajada norteamericana en Israel de Tel Aviv a Jerusalén, es una provocación frente a todo el mundo islámico, particularmente los palestinos; un gesto más, ante aliados y enemigos, del dirigente necio y alocado que demuestra ser una y otra vez, al que no le importa jugar con la paz mundial. Reconociendo así la capitalidad del Estado de Israel –cosa que ningún otro Estado se ha atrevido a hacer, aparte del propio interesado, Israel– se desentiende, con oprobio, del proceso de paz palestino-israelí que, aunque estancado y siempre moribundo desde los Acuerdos de Oslo en 1993, continúa siendo una obligación para las grandes potencias, y en primer lugar Estados Unidos; y da un paso cualitativo y agravado en el sistemático alineamiento de Estados Unidos con las políticas y los intereses del Estado hebreo. Es verdad que Trump ya anunció esta medida en su campaña electoral, en parte para compensar las medidas de Obama que, según él, perjudicaban seriamente a los israelíes, pero nadie podía esperar que la llevaría a cabo por las consecuencias que eran de temer y que parece imposible que sus asesores no hayan sabido explicárselas.

Publicidad

Actuando así, el presidente norteamericano –que es ignorante y obsesivo– se deja llevar por el influjo de los potentes mitos históricos y fundacionales del Estado sionista, pero no sólo esto ha debido pesar en su arriesgada decisión. Trump puede estar ya calculando el valor del estratégico apoyo judío en el momento de su reelección, que él mismo estará juzgando problemática; no debe extrañar que, en sus cálculos, esta reelección la haga depender de la ayuda masiva de las organizaciones judías del lobby proisraelí, cuya fuerza para decidir la elección presidencial no admite dudas. Esto si la justicia norteamericana, u otras causas, no trastocan su carrera política por el feo asunto, u otros por surgir, de sus relaciones con los rusos y el corolario de la guerra cibernética desatada contra la candidata Hillary Clinton en favor suyo.

«Jared Kushner, yerno del presidente, es un miembro destacado de la aristocracia judío-financiera neoyorkina y amigo personal de Benjamin Netanyahu»

A diferencia de otros presidentes norteamericanos –todos sin excepción volcados en favorecer a Israel y en llevarse bien con sus engranajes financieros en los Estados Unidos– Donald Trump ha hecho de su relación con Israel mucho más que la pieza de una tradición, asumiéndola como asunto personal y de familia: la creciente influencia en su política de su hija Ivanka y su yerno Jared contribuyen notablemente a una simbiosis, quizás sin precedentes, con los intereses israelíes, debido sobre todo a que su yerno es un miembro destacado de la aristocracia judío-financiera neoyorkina, además de contar entre sus amistades personales con el primer ministro israelí Netanyahu.

Desde junio pasado, cuando Trump renunció expresamente al traslado de la embajada de Tel Aviv a Jerusalén, varios factores han debido de inducirle a cambiar una vez más de idea, y no debe descartarse entre ellos la feroz ofensiva de los dirigentes israelíes por recuperar el terreno perdido durante el segundo mandato de Obama en relación con la condena del Consejo de Seguridad sobre los asentamientos ilegales, de diciembre de 2016, y con el pacto nuclear con Irán, firmado por varias potencias en abril de 2015; este segundo asunto parece que va a ser objeto de futuras decisiones revocatorias de la parte norteamericana, por lo que hay que temer nuevas tensiones y alarmas en el Próximo Oriente.

En esta misma racha de gestos proisraelíes se inscribe la reciente salida de Estados Unidos de la UNESCO, una institución a la que, debido a anteriores medidas de retorsión atribuidas, entre otros presidentes, a Obama, Washington debe más de 500 millones de dólares; la decisión se ha adoptado por expresa solidaridad con Israel, que no encuentra en esta agencia de Naciones Unidas la comodidad que quisiera, ya que se trata de un ambiente de calidad cultural en el que los mitos bíblico-sionistas (que Israel los traduce en “derechos históricos”) no tienen la acogida deseada.

En relación con el poder, ubicuo y organizado, del lobby judío en Estados Unidos ya hemos destacado en estas páginas (Pandemonium israelo-estadounidense en Oriente Medio”, 18-07-2014) el análisis que muchos intelectuales –con alta proporción de judíos– realizan con respecto al sorprendente y frecuente resultado de que los éxitos de estas organizaciones, fieles al Estado de Israel por encima de todas las cosas, resultan perjudiciales a los intereses de Estados Unidos, singularmente los relacionados con su política exterior; Trump parece que va a contribuir en grado máximo a la confirmación de esta tesis, hasta el punto que podrá llevar a su país a crisis desconocidas, especialmente agudas.

«En su guerra abierta la gran prensa está decidida a probar la colusión de Trump con Putin y la ventaja electoral que Rusia le ayudó a obtener»

Una de las dificultades –aparte de la interposición de la Justicia– con que ha de bregar tan fogoso e irresponsable líder reside en la animadversión que le ha declarado la gran prensa que, aun cuajada de nombres judíos y que histórica y sistemáticamente se comporta del lado de Israel, no parece dispuesta, sin embargo, a dejar que Trump campe a sus anchas sin privarse, además, de hostigarla y amenazarla. En esta guerra abierta con el presidente, al que persigue en paralelo y sintonía con la propia justicia, esta prensa (más próxima a los demócratas que a los republicanos) está decidida a evidenciar su colusión con Putin, la ventaja electoral lograda por la intervención cibernética rusa y sus maniobras y mentiras acerca de estos dos asuntos; y este poder mediático, ducho y prestigioso, no va soltar su presa, que es excelente.

La “cuestión de Jerusalén” difícilmente va a salirle gratis a Trump y a los Estados Unidos. Aparte de la idealización que de ella hace el Estado sionista, también es referencia sagrada para cristianos y musulmanes, que disponen de argumentos religiosos, históricos y culturales más que suficientes como para que nadie se atreva a obstaculizar o desnaturalizar el poderoso significado de esta ciudad. Jerusalén está amparada además por la misma decisión internacional (Asamblea General de las Naciones Unidas, resolución 181 de 29 de noviembre de 1947) que dio paso a la creación del Estado de Israel, y que preveía para esta ciudad tan relevante un estatuto autónomo especial, a establecer y gestionar por una autoridad internacional, y nada ha sucedido en la legalidad internacional para que esto haya cambiado ya que no son asumibles las medidas de fuerza israelíes, invadiendo, ocupando y administrando a su capricho lo que nadie le ha atribuido. Hay que recordar que el parlamento israelí declaró en 1980 a Jerusalén capital “eterna e indivisible” del Estado de Israel, pese a no tener derechos más que a la parte occidental quedando fuera, en la Jerusalén Este, la llamada Ciudad Vieja con los Santos Lugares de las tres religiones. Con motivo de la Guerra de los Seis Días la ciudad quedó de hecho unificada por la fuerza de las armas, iniciándose una persistente política israelí de exacciones, abusos y humillaciones que, pese a las frecuentes condenas de la comunidad internacional, no ha cesado desde entones.

Así, el indescriptible Trump y los Estados Unidos se coaligan con el Estado de Israel (cuyos dirigentes, claro, han saludado con entusiasmo tan peligrosa decisión, dejándose oír una vez más la voz de los ministros ultras en favor de la anexión, de una vez, de Cisjordania) en la burla de la legalidad internacional, añadiendo a su  corto, pero ya temible historial perturbador, una crisis nada menor.