El municipalismo y la advertencia de Ícaro

    El empeño a replicar proyectos municipalistas a escalas más grandes es seductor, pero al fin y al cabo peligroso
  • El debate supra-municipalista está profundamente entrelazado con el de la feminización de la política

Kate Shea Baird, de Barcelona En Comú

En la vida de toda municipalista llegará el momento en el que se verá obligada a lidiar con la demanda de dar un salto más allá de la acción local. Surja a los pocos meses o después de muchos años, inevitablemente, un día, la gente a su alrededor le comenzará a decir: “No basta con lo municipal. Nos encontramos con demasiados techos de cristal; el ayuntamiento no tiene ni las competencias ni los recursos suficientes. Tenemos que entrar en la política regional o nacional para lograr todo lo que queremos”.

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Me gustaría compartir algunas reflexiones alrededor de este debate, basadas en mi experiencia como activista de Barcelona En Comú y en mis observaciones de las estrategias empleadas por otros movimientos municipalistas durante los últimos años. A mi parecer el empeño a replicar proyectos municipalistas a escalas más grandes es seductor, pero al fin y al cabo peligroso​. A menudo, los argumentos a favor engañan con respecto a la posibilidad de hacer política transformadora en otros niveles. Peor aún, pasan por alto los riesgos que suponen las estrategias expansionistas para la supervivencia de las organizaciones de las que emergen. En este sentido, hay que hacerle caso a la advertencia del mito de Ícaro, quien intentó volar demasiado alto y acabó cayendo del cielo por completo.

El argumento supra-municipalista

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En su forma más pura, lo que llamaré el “argumento supra-municipalista” se basa en dos premisas: primero, que el nivel municipal tiene una potencia transformadora finita debido a los poderes y recursos limitados que tienen los ayuntamientos y, segundo, que es posible replicar un proyecto municipalista rupturista a escalas más grandes. La inferencia es que los municipalistas estamos obligados a crear partidos regionales o nacionales para conseguir nuestros objetivos. A menudo este argumento se suplementa con apelaciones a la solidaridad hacia las personas de otros municipios o regiones que tienen ganas de formar parte de un movimiento común.

Los límites de la política institucional a nivel local​ son indiscutibles ​y vale la pena tomarlos en serio. Incluso en Barcelona, una ciudad con carta de autonomía y un presupuesto anual de más de 2,5 mil millones de euros, el Gobierno de Barcelona En Comú ha visto políticas clave frustradas por las administraciones catalanas y españolas. Por ejemplo, la liberalización del mercado de alquiler por el Gobierno español y la negativa del Gobierno catalán a regular el alquiler han dado lugar a una subida de precios en la ciudad, fenómeno que no se puede solucionar solo con los instrumentos de los que dispone el Ayuntamiento. Del mismo modo, la ciudad no ha logrado cerrar el CIE que se encuentra en su territorio ni acoger a tantos refugiados como quisiera por culpa de la Ley de Extranjería.

En este sentido, la demanda de ‘ir más allá’ del municipalismo es especialmente seductora para los movimientos que han tenido éxito a nivel local; después de todo, son ellos los que viven los límites de la política municipal de primera mano, incluso en el ‘mejor de los casos’ de estar en el gobierno y contar con un apoyo para su agenda en las calles. En estos casos, ¿qué reparos tendría un movimiento municipalista a la hora de poner sus miras en el siguiente peldaño de la escalera institucional?

Municipal vs municipalista

Para contestar esta pregunta, conviene cuestionar la segunda premisa del supra-municipalismo: que es posible replicar proyectos municipalistas a escalas más grandes. Vale la pena recordar cuál es la hipótesis municipalista; el municipalismo no consiste solo en ‘hacer política municipal’​, como tampoco el feminismo se limita a lo femenino. El municipalismo entiende que la escala local tiene características que la convierten en un espacio de transformación y de emancipación humana único. Como explica tan bien Murray Bookchin, el municipalismo “es estructural y moralmente distinto de otros procesos de base, no sólo retóricamente distinto. Busca recuperar el espacio público para el ejercicio de una ciudadanía auténtica y a la vez romper con el bucle sombrío deL parlamentarismo y la mistificación del ‘partido’ como medio para la representación pública…. Se trata de una redefinición de la política, un retorno al sentido original griego de la palabra, que se refería a la gestión de la comunidad, o polis, a través de asambleas de cara a cara donde las personas definan las políticas públicas.”

El municipalismo busca aprovechar la proximidad entre las instituciones locales y la comunidad para fomentar la radicalidad democrática ​y la ‘coproducción’ de las políticas, a diferencia de la delegación de la toma de decisiones a los cargos electos o expertos. El municipalismo reconoce que la permeabilidad entre la esfera pública y privada a nivel local facilita la feminización de la política​ y permite poner el trabajo reproductivo en el centro de la vida comunitaria. Asimismo, el municipalismo valora el ámbito local como espacio donde crear identidades colectivas que se basen en la participación de la vida comunitaria en lugar de en las apelaciones a los orígenes nacionales o étnicos, algo imprescindible si queremos avanzar hacia un mundo radicalmente antirracista y anti-colonial.

Cualquiera que entienda el municipalismo de esta manera, como un proceso arraigado en unas circunstancias físicas específicas y con el objetivo de remodelar la sociedad y desafiar al poder del Estado, tratará a la afirmación de que se puede agrandar y replicar un proyecto político municipalista en otros niveles con al menos una gran dosis de escepticismo.

Mirar antes de lanzarse

Sin embargo, la pregunta de si un ‘salto’ municipalista a otros niveles es posible, ni mucho menos deseable, no es solo teórica. De hecho, la experiencia reciente ha demostrado que agrandar una organización es, en el mejor de los casos, difícil, y en el peor de ellos, imposible o incluso autodestructivo. Quería destacar algunas de las cuestiones y preguntas prácticas que los municipalistas debemos tener en cuenta en este tipo de debate.

Una de las lecciones más importantes que hemos aprendido en Barcelona es el reto individual y colectivo que supone hacer política en múltiples niveles​. Aunque parezca prosaico, cada movimiento tiene un número finito de activistas con una cantidad limitada de energía y horas en la semana. Lo que es más, es probable que cualquier movimiento que acabe de entrar en la política institucional a nivel local ya haya exprimido sus recursos humanos al límite, incluso antes de plantearse ninguna aventura multinivel. Muchos movimientos y gobiernos municipalistas, al menos en las primeras etapas, sobreviven a costa de noches sin dormir, relaciones rotas, el trabajo no remunerado y una devoción política casi religiosa, todas ellas prácticas patriarcales que deberíamos intentar mejorar en lugar de reforzar. Antes de que una organización municipalista contemple la creación de cualquier proyecto a mayor escala, por lo menos debe considerar cómo los activistas individuales, y la organización en su conjunto, van a gestionar esta ‘duplicación’ de la participación. ¿Implicará asistir al doble de reuniones cada mes? ¿O se dedicará la mitad del tiempo de las reuniones actuales a las preocupaciones regionales o nacionales?

Actualmente la Coordinadora de Barcelona En Comú dedica más del 20% del tiempo a temas relacionados con los proyectos supramunicipales en los que participa, mientras que algunas asambleas de barrio han tomado la decisión de celebrar reuniones por separado para tratar asuntos no municipales. ¿Cuál es el costo de oportunidad de estas decisiones para proyecto municipal?

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Además de generar presión en cuanto a los recursos los proyectos supra-municipalistas pueden causar tensiones políticas​ a nivel local. Uno de los grandes éxitos de las plataformas municipalistas es su capacidad de construir amplias alianzas locales. Procesos locales basadas en objetivos son a menudo capaces de movilizar y implicar a gente de diversos orígenes políticos y organizaciones aun cuando los proyectos de unidad nacional fallan. Esto es gracias, en parte, a la flexibilidad que ofrece la autonomía local: ésta significa que las alianzas y coaliciones pueden variar de una ciudad a otra en base a las circunstancias locales. En otras palabras, el hecho de que un partido o tradición política dado no se une la plataforma municipalista local en un municipio no impide que sus homólogos se unan a su plataforma local en otro. Cualquier alianza a escala mayor corre el riesgo de tensionar o romper las confluencias municipalistas que respondan a prioridades, simpatías o lógicas locales distintas.

El nivel municipal también permite que personas con diferentes puntos de vista sobre la política nacional se junten en torno a temas locales. Por ejemplo, en Barcelona En Comú, activistas a favor de, en contra de y ambivalente sobre la independencia de Cataluña han sido capaces de trabajar codo a codo gracias a tener prioridades locales compartidas, como por ejemplo la ampliación del parque de vivienda pública o la remunicipalización del agua. Los municipalistas deberíamos preguntarnos si hay temas nacionales que son susceptibles de generar desacuerdos o malestar entre los activistas a nivel local y evaluar si vale la pena pagar este ‘precio’ por la participación multinivel.

La tercera cuestión a tener en cuenta es la capacidad organizativa y electoral que se tiene a otros niveles​. Muchas veces, las plataformas municipalistas que acaban presentándose a las elecciones lo hacen después de años o incluso décadas de organización, activismo, aprendizaje y capacitación vecinales. Es gracias a esta masa crítica social que pueden ganar elecciones y contar con los ‘mil pies fuera’ de la institución que son esenciales para cambiar las maneras de hacer la política. Teniendo en cuenta los
costes humanos y políticos que supone crear un proyecto regional o nacional citados anteriormente, hay que medir muy bien la probabilidad de que una organización a escala regional o nacional sea capaz de formar un gobierno o ser decisiva en la toma de decisiones. Por ejemplo, mientras que Barcelona En Comú ganó las municipales del 2015, su expresión catalana, Catalunya En Comú, solo sacó 8 escaños en el Parlament, una cifra lejos de bastar para transformar la política autonómica de manera que reduzca los límites a los que se enfrenta el Ayuntamiento. Al mismo tiempo hay que valorar la capacidad del espacio de dotarse de una estructura orgánica que sea tan porosa, transparente y participativa como las de sus homólogos municipalistas. Solo así será posible evitar convertirse en un partido progresista al uso.

Por último, y no por ello menos importante, los proyectos supra-municipalistas pueden llegar a amenazar la autonomía política y financiera de los movimientos municipalistas que los crean​. La concepción tradicional de la jerarquía territorial casi siempre implica que las políticas adoptadas por el espacio ‘superior’ se imponen a las organizaciones pequeñas componentes, y que los recursos financieros se centralizan para ponerlos al servicio de los intereses del espacio nacional. Estas dinámicas son especialmente problemáticas teniendo en cuenta que las formas de participación posibles a escalas más grandes son más limitadas e indirectos. En otras palabras, es probable que un partido nacional menos democrático acabe ejerciendo poder político y económico sobre organizaciones municipalistas más democráticas, ahogando así su capacidad de mantener su agenda local transformadora.

Para resumir estas objeciones teóricas y prácticas: hay un riesgo significativo de que los proyectos supra-municipalistas, en lugar de permitir que el municipalismo ‘vuele más alto’, no lograrán contribuir a los objetivos emancipatorios de municipalismo, robarán recursos humanos y políticos, tiempo y energía de los proyectos municipalistas, pondrán el peligro las alianzas locales, tendrán un éxito organizativo y electoral limitado y que subsumirán a sus organizaciones municipalistas de origen por completo.

Alternativas a la desmunicipalización soberbia

Dicho esto, las objeciones al supra-municipalismo no tienen que implicar que nos refugiemos en la complacencia ni el provincianismo. Después de todo, el valor del municipalismo se encuentra precisamente en su capacidad de desafiar las dinámicas políticas y económicas nacionales y globales y, del mismo modo, el padre de Ícaro también le advirtió que no volara demasiado bajo, a no ser que el mar atascara sus alas.

Llegamos a la conclusión del argumento supra-municipalista: que estamos obligados a crear partidos regionales o nacionales para poder realizar el potencial transformador del municipalismo. De hecho, hay varias alternativas a este camino. Los principales pensadores municipalistas, como Bookchin o Ocalan, han defendido el confederalismo democrático​, o municipalismo en red, como una manera de extender la influencia territorial de los valores y prácticas municipalistas. Bookchin describe el confederalismo como: “una forma de mantener la independencia que deben tener las comunidades y regiones; de hecho, es unaforma de democratizar la interdependencia sin renunciar al principio de control local”.

De acuerdo con esta filosofía, los municipalistas haríamos mejor si trataramos de hacer crecer el movimiento de manera horizontal mediante el intercambio y la reproducción de experiencias en otros pueblos y ciudades y el fomento de la cooperación y el intercambio a nivel municipal. La más versión desarrollada de este modelo se puede encontrar en el Kurdistán, pero también está siendo impulsado por el movimiento Ciudad Futura (Rosario) en toda la provincia de Santa Fe, así como por los movimientos urbanos en Polonia e Italia.

Desde luego, la construcción de redes de abajo hacia arriba es un proceso lento y laborioso, y las instituciones regionales, nacionales y europeas no se van a ir a ningún sitio en el mientras. Por eso considero que sí que hay margen para la acción estratégica en otros niveles de gobierno por parte del municipalismo​, siempre y cuando se haga con objetivos muy específicos en mente. Cuando está bien planeada y implementada, tal acción puede tener beneficios importantes para las organizaciones municipalistas, a la vez que los protege de los riesgos mencionados anteriormente.

Hay dos modelos que no llegan a la creación de una organización supramunicipal que, en ciertas circunstancias, pueden ser útil. La primera consiste en establecer alianzas estratégicas con actores políticos regionales o nacionales que ya existen​. Si hay partidos con objetivos afines a nivel nacional, puede tener sentido apoyar sus campañas electorales, colaborar con ellos en proyectos comunes, o llevarles demandas a su puerta.

Por supuesto, esta estrategia no va a dar a las organizaciones municipalistas mecanismos de control ni de rendición de cuentas directos en relación con estos partidos, pero permite que los apoyen o presionen desde fuera con una inversión relativamente pequeña de la organización y manteniendo al mismo tiempo su autonomía .

Una segunda opción para los espacios municipalistas es la de presentar a candidatos a otros niveles de gobierno a través de coaliciones regionales o nacionales​. Por ejemplo, tanto Barcelona En Comú como Cidadãos por Lisboa se han presentado como parte de coaliciones con partidos nacionales en las elecciones generales de España y Portugal, respectivamente. Aunque las coaliciones también sufren de un déficit democrático (cada diputada responde a su organización de origen propia en lugar de a un ‘demos’ común), este modelo, al menos, da a las organizaciones municipalistas un ‘pie en la puerta’ y el control directo sobre sus propios parlamentarios, quienes pueden utilizar su posición para poner preocupaciones municipalistas en la agenda nacional.

La hermana de Ícaro

Como ya he sugerido, el debate supra-municipalista está profundamente entrelazado con el de la feminización de la política. La respuesta de un municipalista a la demanda de entrar en la política nacional dependerá, en gran parte, de su voluntad y capacidad de cuestionar los valores patriarcales de la velocidad, la talla, la jerarquía y la dominación​.La protección y el cuidado de nuestros movimientos municipalistas nos obliga a rechazar la idea de que cuanto más grande y más rápido, mejor. En su lugar, tenemos que aceptar nuestras limitaciones (institucionales, organizativas y personales) y tenerlas en cuenta en vez de negarlas. También debemos resistir la tentación de buscar más poder institucional si
eso implica sacrificar nuestra capacidad de transformación real. Por último, hay que entender el crecimiento del movimiento en términos de la colaboración horizontal en lugar del control vertical.

El conocimiento sano que nadie es, o debería ser, omnipotente, y la capacidad de priorizar en consecuencia, son los ingredientes esenciales de la feminización de la política y su conciliación con la vida humana. ¿Qué haría la hermana de Ícaro, si le dieran alas de cera y plumas?

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