Pedro Sánchez: el otro populismo

Para Lucía González Alonso, en el recuerdo

Siempre me ha interesado la figura de Zapatero. Tiende a olvidarse que fue muy importante internacionalmente y que jugó un papel fundamental en la socialdemocracia europea. Los acontecimientos pasan tan rápidos que no se tiene conciencia histórica y, desde luego, poco o nada se hace para recuperarla. A aquellos que le interese conocer el periodo de gobierno que él presidió deberían de leer, en primer lugar, la entrevista que le hicieron a Rafael Chirbes el 27 de mayo de 2010 en un conocido diario alemán y luego analizar las políticas que efectivamente hizo antes y después de la crisis.

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El rasgo más característico de Zapatero fue polarizarse (él le llamaba tensionar) con la derecha, abrir todos los temas y nunca tocar el poder de los que mandan y nunca se presentan a las elecciones. Ante cada tema, el mismo escenario: primero, confrontar, esperar la reacción de la derecha y, luego, modular la hondura del cambio. Zapatero, insisto, es la tesis de Chirbes, abrió todos los temas, los cerró medio bien o medio mal y cuando hubo que definirse, apostó por los poderes fundamentales. Un ejemplo para entenderlo con claridad; en aquella época cuestionar el modelo o patrón de crecimiento era casi un pecado; discutirlo, criticarlo era la vía previa para desaparecer de los medios de comunicación. Hablar de crisis venidera o de crisis existente, un ataque al país.

¿Cuál era el verdadero modelo sobre el que se montó el “otro populismo” de Zapatero? Corregir los efectos sociales y territoriales del modelo de acumulación y crecimiento sin cuestionarlo, sin intentar cambiarlo, ni siquiera reformarlo. Pero había algo más. El desarrollo de derechos y libertades de cuarta generación nunca fue una estrategia para construir una alianza duradera entre la cultura post material de unas capas medias orgullosas de sí y unas clases trabajadoras empeñadas en la trasformación del país, democratizar el poder económico y consolidar los derechos sociales y sindicales. Nunca es nunca. Cuando llegó la crisis se vio con toda claridad quien mandaba y hasta donde llegaba la firmeza política e ideológica del presidente socialista.

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Los tiempos son diferentes, pero hay similitudes entre Pedro Sánchez y Zapatero que conviene tener en cuenta. La primera es muy evidente: Pedro Sánchez ha abierto casi todos los frentes y los empieza a modular en función de la ruta electoral. Es un tanteo esperando la reacción de la derecha y buscando las mayorías suficientes en el Parlamento. La música suena bien, desconocemos la letra y apenas si nos llegan concreciones. Otra semejanza es que ha definido con mucha precisión las líneas rojas que el poder, los poderes, no van a permitir. Sánchez no se va a enfrentar a ellos, lo que va a intentar es pactar. Los poderes son conocidos: las instituciones europeas y sus políticas económicas obligatorias; el férreo alineamiento con la política exterior americana que tiene su centro en la OTAN y la defensa a ultranza de la monarquía. El territorio del pacto es éste; solo el PSOE está en condiciones de garantizar que la crisis larvada del régimen que vive el país no se convierta en una ruptura. Otra semejanza con Zapatero es la apuesta por las reivindicaciones post materiales que no modifiquen la estructura del poder económico real y que no amplíen y desarrollen nuestro débil Estado social.

El término populismo, sobre el que volveré en otro momento, da para mucho. En España se ha consolidado, por la derecha y los medios, la idea de que Podemos es la fuerza populista. Casi nunca un populista reconoce que lo es y casi siempre es una (des)calificación que le hacen los otros. Gentes de Podemos, en diversos momentos y circunstancias, no hemos tenido temor en usarlo como lo hacen Nancy Fraser o Chantal Mouffe distinguiendo entre “populismo de derechas” y “populismo progresista” o de izquierdas. Pedro Sánchez, siguiendo la estela de Zapatero, practica una forma específica de populismo que consiste en polarizarse con la derecha desde una autonomía de lo político sin adversarios, sin enemigos. Para Sánchez lo decisivo es buscar un territorio que no cuestione los resortes del poder realmente existente, por lo que su estrategia de confrontación es siempre un espacio temático, simbólico, populista, que poco o nada tenga que ver con las relaciones sociales, políticas y de poder dominantes.

Unidos Podemos se encuentra en una encrucijada difícil y, a la vez, interesante. Estaba obligado a hacer lo que hizo, es decir, poner a su principal competidor electoral en el gobierno a cambio de nada. Este “nada” es siempre complejo, dice y oculta muchas cosas. De hecho, la moción de Pedro Sánchez no fue constructiva. Si lo hubiese sido, si hubiese habido detrás de ella un programa, seguramente la derecha seguiría gobernando en el país. Nos estamos enterando del programa a retazos, por ministerios que no son, hoy por hoy, otra cosa que intenciones y puntos de vista. La parte sustancial, el llamado “techo de gasto”, nos dirá la dirección de su política económica, social y laboral. Insisto, Pedro Sánchez y su gobierno tiene el poder para ir concretando cada uno de los temas abiertos, gobernando el ciclo electoral, buscando una mayoría suficiente en las próximas elecciones generales; poseen la iniciativa política y está controlando la agenda en una campaña electoral permanente.

A Unidos Podemos no le queda otra que construir, reforzar y fortalecer un espacio electoral en disputa. En cierto sentido, deberíamos ser más populistas que nunca, desvelando lo que Pedro Sánchez oculta, los poderes fácticos que están detrás, la oligarquía financiera y empresarial que domina el país e impone sus reglas. Unidos Podemos debería ver la política de Pedro Sánchez en función de los de abajo, de los hombres y mujeres comunes, de los jóvenes; limitando, debilitando y controlando el poder de una trama todopoderosa que ha convertido la corrupción en sistema. El fundamento, hoy lo sabemos con mayor precisión, es que el problema partía de una Jefatura del Estado privatizadora de lo público, profundamente ligada a un capitalismo “de amiguetes” y sustentadora de un modo de gobernar incompatible con la democracia. Hace falta política a la grande. ¿Estaremos a la altura? Una cosa tengo clara: perder o ganar sigue dependiendo de nosotras, de nosotros; de nuestra capacidad de unir, ilusionar y soñar; de salir de las miserias cotidianas y de ponernos al servicio de la gente.