¿Podrá Pedro Sánchez derrotar a las derechas?

  • El programa que Sánchez ha presentado no es otra cosa que social liberalismo o, como dice Nancy Fraser, "neoliberalismo progresista”
  • El “estilo Sánchez" será la búsqueda de la centralidad situando a Unidos Podemos ante dificultades crecientes

Para Fidel

Me viene persiguiendo desde hace más de 40 años. Cada vez que en el horizonte aparece una crisis política siempre hay quien amenaza, o bien con el ruido de sables, o con la dura reacción de los mercados, o con la llegada de una derecha siempre peor que la anterior. Este fin de semana me ha recordado viejos tiempos: de un lado, las enésimas revelaciones de la “amiga entrañable” del rey; de otro, el congreso del PDeCAT que ha demostrado la fuerza de Carles Puigdemont; y por último, la entronización de Pablo Casado como presidente del PP. El cielo se nubló y la política española da un nuevo salto hacia adelante.

Lo del chantaje al Estado me impresiona. Es una palabra fuerte; parecería que el concepto de Estado habría pasado al museo de la Historia junto con la independencia nacional y la soberanía popular. Sin duda, chantaje al Estado hecho desde el propio Estado, desde su interior, por funcionarios del Estado que durante decenios han vivido en él y de él. Una vez más, todos lo sabíamos, conocíamos la existencia de grupos organizados, de mafias que conectaban a parte del aparato policial con parte del aparato judicial y con destacados grupos empresariales, con conexiones evidentes con algunos medios de comunicación. Hasta aquí, algo sabido por todos los que, de una u otra manera, analizaban la vida pública española. Insisto, sabido.

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El congreso del PDeCAT ha sorprendido, quizás no tanto como se está diciendo ahora, pero nos dice claramente que el antiguo presidente de la Generalitat manda y mucho y que no está dispuesto, bajo ningún concepto, a perder el control. Seguramente sea cierto que no estaba de acuerdo con votar a favor de Pedro Sánchez, pero todo apunta a que una parte del independentismo va a empezar a jugar duro y que las palabras amables y las propuestas políticas difusas no le harán mella, más bien al contrario.

Hay que contextualizar bien el triunfo de Pablo Casado. En primer lugar, un partido que acaba de ser expulsado del gobierno al que, a su vez, le disputa la hegemonía Ciudadanos y en un momento en el que toda la derecha europea está viviendo una recomposición política de grandes dimensiones. En muchos países de la UE la elección está siendo entre la derecha y la extrema derecha. La consecuencia más evidente es que la derecha de siempre está asumiendo el programa de la extrema derecha y, en diversos lugares, forjando alianzas gubernamentales con ella. Lo nuevo, lo radicalmente nuevo, es la ruptura generacional tan común en el sistema de partidos español: llega una nueva generación que no tiene ningún miedo en hablar de ideología, de recuperar a viejos líderes como Aznar y, sobre todo, poner en pie un partido que hoy sabemos que es extremadamente débil y que ha perdido a miles de electores, simpatizantes y afiliados.

Sánchez nunca pensó, seguramente, que las cosas irían tan rápidas pero la situación está cambiando y mucho. La tentación del PSOE es la de siempre, unidad frente a la derecha, agruparse frente al aznarismo y exigir el máximo apoyo a un gobierno autocalificado de progresista. La memoria en política no existe y estas tácticas siempre funcionan. El concepto clave es la palabra cuidado; estamos ante un chantaje al Estado, cuidado que puede terminar beneficiando a la derecha; que Puigdemont retoma su liderazgo, cuidado porque se pone en peligro el talante negociador del Gobierno y lo único que provocará es beneficio para las derechas; que el PP se rearma ideológicamente mostrando su cara más derechista, de nuevo, cuidado.

La paradoja es muy evidente, ¿quién debe de tener cuidado? Es de imaginar que no es el Gobierno, el PP o el comisario Villarejo. Deben de tener cuidado aquellas fuerzas como Unidos Podemos que están sosteniendo a este Gobierno y que están proponiendo y tomando iniciativas que Pedro Sánchez rechaza. Lo que Corinna le cuenta al comisario Villarejo lo sabíamos todas y todos y aún conocemos mucho más. En el centro, una trama corrupta organizada y dirigida por el rey emérito. ¿Qué hacer? ¿Mirar a otro lado? ¿Callar y asumirlo como un coste más de nuestra modélica transición? Claro que hay que tener cuidado, pero es para impedir que la corrupción se convierta en algo permanente en una democracia cada vez más débil e incapaz de resolver los problemas de las mayorías sociales.

Los peligros claro que existen. El problema real es otro. El programa que Pedro Sánchez ha presentado ¿es capaz de derrotar a las derechas? Lo que ha presentado el Gobierno no es otra cosa que social liberalismo o, como dice Nancy Fraser, "neoliberalismo progresista”. La presencia de la ministra Nadia Calviño en el Gobierno no es casualidad, le dice a la Unión Europea que se va a seguir en la senda de la ortodoxia y que las reformas que se hagan será partiendo de ella. Las grandes reformas pendientes como pensiones, relaciones laborales y el empleo digno y con derechos quedarán a medio camino entre las propuestas de la sociedad civil y las presiones de los poderes económicos para impedir cambios sustanciales. La discusión sobre el techo de gasto demuestra hasta qué punto la sujeción estricta al “consenso de Bruselas” impide reformas que promuevan un nuevo modelo productivo, fortalecer nuestro débil Estado del bienestar y asegurar un futuro viable para nuestros jóvenes.

La propaganda y los gestos funcionan pero tienen fecha de caducidad. Cualquier alternativa hay que medirla por su capacidad de resolver los tres problemas centrales de una crisis larvada del régimen: la corrupción, la llamada cuestión social y el tema territorial. El Gobierno se va a polarizar con las derechas en el plano simbólico y en el de los derechos post materiales; en todo lo demás, va a pretender gobernar con un acuerdo implícito con los poderes económicos. Está todavía por ver los cambios fiscales y los nuevos tributos. Lo que queda claro, después de su comparecencia en el Congreso, es que temas como la corrupción han quedado a un lado, que los derechos sociales no van a ser blindados constitucionalmente y que las reformas del marco constitucional quedan en el aire.

Los próximos meses no serán fáciles para el Gobierno. Todo indica que habrá negociaciones muy complejas, en un escenario electoral intenso y con unas derechas a la ofensiva. El “estilo Sánchez" será la búsqueda de la centralidad situando a Unidos Podemos ante dificultades crecientes. Cada vez que el Gobierno lo considere oportuno, colocará a Unidos Podemos ante la tesitura de dejar en minoría al Ejecutivo o ceder a políticas con las que ha estado y está profundamente en desacuerdo. Algo parece claro, la estrategia de Sánchez difícilmente llevará a una derrota de las derechas y lo único que puede conseguir es debilitar a Unidos Podemos y, más allá, al espacio social y cultural que desde el 15M está propiciando la regeneración de la democracia, la defensa de los derechos sociales y el desarrollo de las libertades.