Pensar Italia

Alberto Tena y Giuseppe Quaresma

La discusión abierta en este diario en torno al Gobierno italiano y las acciones que está tomando no es de segundo orden de cara a las próximas elecciones Europeas. A grandes rasgos, la discusión podría resumirse en si es posible ver en el “Decreto Dignidad”, que aprobó en agosto el Parlamento italiano, una medida positiva para la clase trabajadora. Para Illueca, Anguita y Monereo, este decreto marcaría un claro cambio de tendencia respecto a la inercia de las reformas laborales neoliberales en Europa y sería una señal claramente positiva del nuevo Gobierno.

Al contrario, para Urbán y Fernández esto sería impensable porque la política migratoria es la otra cara de la moneda de este decreto. Viendo en conjunto la práctica del Gobierno italiano es imposible pensar que se estuviera legislando a favor de una clase obrera con una grandísima composición de migrantes. Por un lado, por lo tanto, parecería decirse que gobiernos anti-UE, aunque beligerantes con la inmigración, pueden tener impactos positivos para los trabajadores debido a la capacidad de recuperar parte de la soberanía para regular los mercados de trabajo. Por el otro, esa misma soberanía es vista como un engaño en una guerra de élites y habría fijar la vista en las manifestaciones concretas de la lucha de clases para encontrar una salida a estas contradicciones.

Lo que no parecen contemplar ninguno de los dos artículos es que el dato relevante es que no solo es posible combinar reformas fiscales completamente regresivas con mercados laborales más proteccionistas, sino que esto es precisamente el cambio de cromos que ha pactado la Lega y la burguesía del norte de Italia con el M5S. El Trumpismo también está demostrando en EEUU que es perfectamente posible tener el apoyo de las élites económicas y al mismo tiempo atraer las simpatías de un voto obrerista y de sus supuestos intereses.

La cuestión, a nuestro parecer, es que en esta discusión se está perdiendo de vista el bosque y se utilizan nuevas palabras y nuevos contextos para volver a repetir viejos debates de la izquierda. Una visión más estatista que primaría la capacidad de recuperación de la autonomía del Estado respecto a Europa mirando la brújula de unos ”intereses objetivos de la clase” y una visión que daría importancia a los procesos de lucha ”inmanentes” de la sociedad y su capacidad para guiarnos en sus conflictos.

Poco o nada se observa del proceso que nos ha llevado hasta aquí, desde que en 2009 el M5S se instaurara como partido, articulando toda una serie de luchas concretas “antagonistas” en clave populista. Tampoco del proceso de reconversión de la Lega, desde un partido regionalista anti-establishment centralista a uno nacionalista anti-europeo. El “soberanismo” en Italia no es ni un invento de las élites ni una nueva forma de hablar de la lucha de clases de los proyectos estatalistas. La cuestión es precisamente que han cambiado las coordenadas de la geografía política a la que estábamos acostumbrados a la hora de analizar y posicionarnos ante la realidad política. Si esto es así, es fundamental ante todo cambiar las preguntas si no queremos repetir los mismos resultados. Y si como se solía decir “No hay mapa del tesoro, el mapa es el tesoro”, ante lo que está sucediendo en Italia nos encontramos frente a una pregunta de índole mucho más filosófica: ¿Cómo pensamos Italia? Un posicionamiento coherente y sólido solo puede venir de la respuesta a esta pregunta.

Si en España podemos decir que en torno a Podemos se abrió una perspectiva de análisis propiamente populista o nacional-popular, no es solo porque nos permitió generar estrategias comunicativas nuevas, es también porque permitió observar dimensiones de la realidad con unas herramientas teóricas que antes se dejaban sistemáticamente fuera. Creemos que una línea útil de análisis es empezar a pensar lo que pasa en Italia como un nuevo “Bloque Histórico” en el sentido ‘gramsciano’. Lo que debe interesarnos (y preocuparnos) en Italia no es sólo el gobierno, es, al menos, el 60% de los italianos que lo sostienen directamente y no precisamente de forma pasiva.

El pasado mes de marzo en Italia presenciamos la plasmación en un pacto de gobierno de un nuevo “Bloque Histórico” que ha reorganizado las posiciones de todos los actores, económicos, políticos y sociales en torno a un eje que venía construyéndose desde hacía tiempo: el soberanismo. Pero un soberanismo entendido como la apelación a la seguridad material y simbólica de los ciudadanos en confrontación con las élites políticas nacionales y europeas. Esta idea permite asumir sin volvernos cínicos y corto-placistas que dentro de ese bloque hay un arco ideológico complejo y abierto que permite encontrar matices muy diferentes entra las personas que lo están apoyando. En la sociedad Italiana se siguen articulando, dentro de este eje soberanista, ideas progresistas e incluso anti-capitalistas junto con las peores pulsiones racistas y xenófobas. Es por esta razón que no tiene sentido magnificar una medida concreta perdiendo de vista las contradicciones constitutivas que existen en este mismo bloque.

Añadir complejidad a la visión que tenemos de lo que está sucediendo en ese país no proviene solo de algún tipo de honestidad intelectual, se trata de proporcionarnos herramientas de análisis que nos permitan combatir eficazmente las peores pulsiones etnicistas y directamente racistas que habitan en este bloque. Un pensamiento que debería permitirnos también no regalarle la pelea por dar una respuesta al miedo y la inseguridad a los xenófobos y rescatar en este bloque los espacios progresistas que precisamente pueden combatirlo. Se trata, en definitiva, de asumir que es posible poner en el centro un proyecto de futuro que incluya también una perspectiva de estabilidad y de seguridad, pero en clave inclusiva. Responder al miedo de la precariedad y de la incertidumbre reforzando, como diría Jorge Moruno, nuevos y más profundos derechos existenciales.

Si asumimos que el espacio de lo político nunca fija definitivamente una serie de posiciones, es fundamental pelear por mantener abiertas las brechas dentro de este nuevo sentido común de época. El M5S, ubicado desde su nacimiento como un espacio en gris por los politólogos, ha sido el dispositivo fundamental en torno al que se ha articulado este nuevo bloque. Aunque nos resulte más intuitivo ver y analizar qué hace Salvini, y los medios nos ofrezcan con más claridad sus alaridos, no olvidemos que los italianos que votaron al M5S fueron más del doble de los que votaron a la Lega y que éste tiene por tanto el doble de representación parlamentaria. Entender qué es lo que ha representado para una gran parte de los italianos (especialmente del sur, los tradicionalmente denostados por la Lega) el M5S, puede permitirnos agrandar y re-articular las contradicciones insertas en este nuevo bloque. Si este es “el nuevo campo de batalla” no tiene sentido ni es deseable ridiculizar las expresiones genuinas de renovación política que existen entra la población, al mismo tiempo que no es necesario asumir los axiomas esencialistas étnicos y su relato sobre migración y seguridad. Podemos contestar a esas mismas preguntas con un proyecto de comunidad inclusivo y diverso.

No es un error mirar con atención qué sucede en el histórico laboratorio político europeo, pero sí lo es buscar las mismas respuestas ante preguntas distintas.

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