Marx, los ratones y Alberto Garzón (II): Las tendencias históricas

  • Las ideas de Marx y Engels son mil veces más relevantes y correctas hoy que cuando aparecieron por primera vez. El Manifiesto Comunista es el documento más contemporáneo que uno puede leer
  • Durante décadas, los economistas burgueses nos aseguraron que Marx estaba equivocado cuando predijo una creciente polarización entre ricos y pobres

El problema es que los detractores del marxismo, hasta el día de hoy, nunca han sido capaces de ofrecer nada remotamente similar ni explicar en qué consisten las ideas nuevas de las cuales tanto hablan, sin decir lo que son. Las ideas de Marx y Engels son mil veces más relevantes y correctas hoy que cuando aparecieron por primera vez. El Manifiesto Comunista es el documento más contemporáneo que uno puede leer. Vamos a citar solo dos ejemplos para ilustrar la cuestión.

Marx, los ratones y Alberto Garzón (I)

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Hoy en día, la globalización se considera un fenómeno reciente. Sin embargo, fue explicado y predicho en las páginas del Manifiesto Comunista, 150 años antes de que existiera. Marx y Engels explicaron que el capitalismo primero crea el Estado nacional como un medio para desarrollar las fuerzas productivas, pero el desarrollo de estas últimas sobrepasa los estrechos límites del Estado nacional, creando un mercado mundial. Hoy, la dominación aplastante del mercado mundial es la característica más importante del mundo en el que vivimos.

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Durante décadas, los economistas burgueses nos aseguraron que Marx estaba equivocado cuando predijo una creciente polarización entre ricos y pobres, y una enorme concentración de riqueza y poder en pocas manos. En los días de Marx no había ninguna evidencia empírica para demostrar esto. El capitalismo solo existía en Inglaterra en algún grado, e incluso allí la industria a gran escala aún no se había desarrollado. ¿Cuál es la situación hoy?

El argumento de los economistas burgueses de que «lo pequeño es bello» ha sido totalmente refutado por la historia. Es una predicción que está en flagrante contradicción con la realidad actual. Hoy, toda la economía mundial está en manos de no más de 200 gigantescas compañías multinacionales, la mayoría de ellas con sede en los Estados Unidos de América.

Tan solo 147 corporaciones que forman una «super entidad» tienen el control del 40% de la riqueza mundial. Estas megacorporaciones son las auténticas dueñas de la economía global. Las 10 multinacionales más grandes, incluidas Walmart, Apple y Shell, ganan más dinero que la mayoría de los países del mundo combinados. El valor de las 10 principales empresas es de 285 billones de dólares, que es mayor que el valor de 280 billones de dólares de los últimos 180 países, incluidos Irlanda, Indonesia, Israel, Colombia, Grecia, Sudáfrica, Irak y Vietnam.

Si uno de los requisitos de una teoría correcta, de su carácter científico, es su capacidad para hacer predicciones, he aquí predicciones de lo más audaces y brillantes, que han sido completamente confirmadas por la marcha de la historia.

Nos dice Alberto Garzón, aunque es imposible saber a qué fuente ha recurrido para ello, refiriéndose a los fundadores del socialismo científico que «ambos autores pensaban que el futuro de la sociedad estaba escrito de antemano». Con cierta displicencia, el dirigente de IU añade que «afirmaban que el capitalismo estaba embarazado de socialismo». Esta afirmación, en sí misma, es una confesión del rechazo del pensamiento dialéctico, al no comprender que el socialismo es una necesidad histórica.

La única manera de superar el capitalismo de manera positiva es el socialismo, pero no es la única tendencia que late en su interior. Las contradicciones internas no tienen un desarrollo predeterminado, también existe una tendencia interna a la reproducción del sistema ampliado, tal como Karl y Friedrich explicaron. Quizá sea más sencillo para el coordinador general entender que un embarazo es una tendencia, el desarrollo superador será el crecimiento del feto y su alumbramiento, pero caben otras posibilidades, pues existen otras fuerzas que operan en la naturaleza y en el cuerpo humano, incluso los que llamamos factores accidentales, que pueden llevar a un aborto, por ejemplo. Si presta atención a Marx y Engels, sabría que incluso ellos valoraban la posibilidad de «la destrucción mutua de los contendientes». En un ejemplo sencillo: una bellota está «embarazada» de encina, pero existen muchas posibilidades de que nunca llegue a ser un magnífico árbol, algún animal puede incluso deglutirla, sin comprender por ello que ha interrumpido un proceso dialéctico…

La historia conoce una línea descendente además de una línea ascendente. Esto se ve claramente con lo que sucedió después del colapso del Imperio romano. Marx y Engels explicaron que existen dos alternativas para la humanidad: el socialismo o la barbarie. En las condiciones actuales, quizás deberíamos de modificar esta célebre frase. La alternativa ante la humanidad es el socialismo o la destrucción de la vida en la Tierra. Y el resultado, como siempre, dependerá de la lucha de clases.

¿Es el marxismo un método científico?

El camarada Garzón, siguiendo ciegamente los pasos de Karl Popper, quiere excluir el marxismo como método científico. Pero el intento de Popper de establecer una definición arbitraria de lo que es la ciencia simplemente no guarda correspondencia con el mundo real. Ningún científico siente la necesidad de recibir un certificado de nacimiento firmado por el señor Popper para poder seguir haciendo trabajo científico. Tampoco los marxistas necesitamos un certificado de ningún autor «vivo» para seguir practicando socialismo científico.

Bien es verdad que hay ciencias y ciencias. Algunas son más exactas que otras. Un astrónomo puede predecir la situación exacta de una estrella o una galaxia a millones de años luz con la más absoluta certeza. En cambio, un geólogo puede tener la más absoluta certeza de que va a haber un terremoto en un sitio determinado, pero hasta el día de hoy resulta imposible predecir cuándo va a producirse ese terremoto, lo que no impide que la mayoría de la gente reconozca sin rechistar a la geología como ciencia.

También se puede incluir la medicina como ciencia, aunque las predicciones de un médico no puedan tener el mismo carácter que las de un astrónomo. Un médico hace un diagnóstico basándose, por un lado, en su conocimiento de la patología y estudios de casos parecidos y, por otro, en los síntomas observables en un caso concreto. Un paciente puede quejarse de problemas estomacales. El médico (suponemos que es cualificado y eficiente) tiene que decidir si se trata de un cólico, una úlcera, un cáncer… Incluso el médico más competente puede dar un diagnóstico equivocado. Pero estos errores no pueden utilizarse como una excusa para negar el carácter científico de la medicina.

Tratándose de la psicología, la situación es todavía más complicada porque aún es una ciencia en su infancia. Y cuando llegamos a las ciencias sociales, la cosa se complica más todavía, no solo porque se trata de una inmensa cantidad de factores cambiantes, sino también porque entran en juego intereses de clases antagónicas.

No es difícil de entender que detrás de la máscara de falsa objetividad académica de los autores burgueses se esconde la cruda realidad de la defensa de los intereses de su clase social. En contraste con la pseudo objetividad hipócrita de los historiadores académicos, los marxistas defendemos abiertamente la causa de la clase obrera y la revolución socialista.

¿Pero esto quiere decir que los marxistas no pueden abordar cuestiones de una manera objetiva? ¿Existe una contradicción entre tener un interés apasionado en cambiar la sociedad y, al mismo tiempo, ser capaces de hacer una evaluación objetiva de los acontecimientos históricos y el papel de los individuos en el proceso histórico? La respuesta la dio el gran marxista ruso León Trotsky:

«A los ojos de un filisteo el punto de vista revolucionario equivale a la ausencia de objetividad científica. Nosotros pensamos exactamente lo contrario: sólo un revolucionario –siempre y cuando, desde luego, esté equipado con un método científico– es capaz de mostrar la dinámica objetiva de la revolución. La aprehensión del pensamiento en general no es un acto contemplativo, sino una actividad. La voluntad es indispensable para penetrar en los secretos de la naturaleza y la sociedad. Así como un cirujano, de cuyo bisturí depende una vida humana, distingue con todo cuidado los distintos tejidos de un órgano, un revolucionario que encare seriamente su tarea debe analizar con toda conciencia la estructura de la sociedad, sus funciones y reflejos». (Trotsky, La Revolución china, 1938).

Engels como científico

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El camarada Garzón sin duda nos recordará que el contenido del célebre libro de Engels, La dialéctica de la naturaleza, es un reflejo de la ciencia del siglo XIX. Pero, de hecho, Engels estaba muy por delante de la ciencia de su tiempo. Era extremadamente crítico con las teorías mecánicas que dominaban la física newtoniana. Sus críticas fueron corroboradas completamente por los descubrimientos de la mecánica cuántica y la teoría de la relatividad a principios del siglo XX.

Engels no era un científico profesional, pero tenía un conocimiento bastante extenso de las ciencias naturales de su tiempo. Sin embargo, basado en un profundo conocimiento del método dialéctico de análisis, Engels hizo una serie de contribuciones a la interpretación filosófica de la ciencia que siguen siendo muy importantes, a pesar de que han permanecido en el desconocimiento para la abrumadora mayoría de los científicos hasta el día de hoy.

La ciencia moderna nos proporciona muchas más pruebas de lo correcto de la dialéctica que los ejemplos que estaban disponibles para Engels. En particular, el nuevo campo de la teoría del caos y sus derivados proporciona una prueba muy importante de la afirmación de Engels de que, en última instancia, la naturaleza funciona dialécticamente. La ley dialéctica de la transformación de cantidad en calidad constituye la piedra angular de la teoría del caos, y es absolutamente fundamental para el estudio de las transiciones de fase, un área muy importante de la física moderna.

En su libro Ubiquity, el científico estadounidense Mark Buchanan señala que fenómenos tan diferentes como infartos, avalanchas, incendios forestales, el aumento y la caída de las poblaciones de animales, las crisis bursátiles, el movimiento del tráfico e, incluso, las revoluciones en el arte y la moda están todos gobernados por la misma ley, que se puede expresar como una ecuación matemática conocida como ley potencial (power law). Esta es ni más ni menos que la ley dialéctica de la transformación de la cantidad en calidad.

Y el materialismo ¿qué?… El método materialista es fundamental para toda la ciencia. Todo intento de sustituir el materialismo por el idealismo en el campo de la ciencia ha llevado a un error tras otro. Este es particularmente el caso en el estudio de los orígenes humanos, que durante más de un siglo se vio obstaculizado por los prejuicios idealistas de los paleontólogos que buscaban un fósil con un cerebro grande.

Nunca lo encontraron, pero fueron engañados por un estafador que inventó al llamado hombre de Piltdown, que resultó ser un cráneo humano al que había unido la mandíbula de un simio. Los científicos creyeron en este fraude porque coincidía con sus prejuicios idealistas. Pero Engels había explicado de antemano que no fue el cerebro quien creó la mano, sino la mano (trabajo) la que creó el cerebro.

He aquí lo que el ilustre científico estadounidense Stephen Jay Gould escribió sobre Engels:

«El siglo diecinueve produjo una brillante exposé [revelación] procedente de una fuente que sin duda sorprenderá a la mayor parte de los lectores –Friedrich Engels–. (…)

«En 1876, Engels escribió un ensayo titulado The Part Played by Labor in the Transition from Ape to Man (El papel del trabajo en la transición del simio al hombre). Fue publicado, póstumamente, en 1896 y, desafortunadamente, no tuvo impacto alguno en la ciencia Occidental. (…)

«La importancia del ensayo de Engels no yace en sus conclusiones sustantivas, sino en su lacerante análisis político acerca de por qué la ciencia occidental estaba tan colgada de la afirmación apriorística de la supremacía del cerebro. (…) La importancia del ensayo de Engels no yace en el feliz resultado de que el Australopithecus confirmara una teoría por él propuesta –vía Haeckel– sino más bien en su perspicaz análisis del papel político de la ciencia y de los prejuicios sociales que afectan necesariamente todo pensamiento.

«De hecho, el tema de Engels acerca de la separación de la cabeza y la mano ha hecho mucho por establecer un límite y fijar el curso de la ciencia a través de la historia». (Stephen Jay Gould, Desde Darwin, pp.148-150. Ediciones Hermann Blume, Madrid).

El generoso tributo de Gould a Engels es una respuesta suficiente a las tonterías de Karl Popper y de todos los que intentan desacreditar al marxismo atacando su base filosófica, el materialismo dialéctico.

El capitalismo en un callejón sin salida

En la coyuntura actual, el capitalismo se encuentra en una profunda crisis. Como sistema socioeconómico, hace tiempo que agotó cualquier posibilidad de ofrecer un futuro a la humanidad.

Cuando un sistema social entra en crisis terminal, encuentra su reflejo no solo en la incapacidad de desarrollar las fuerzas productivas, sino también en otros campos: la cultura, el arte, la filosofía, la moralidad…

En el pasado, cuando la burguesía todavía era capaz de desempeñar un papel progresista, tenía una ideología y una filosofía coherentes. El liberalismo concebía el sistema capitalista («la economía de libre mercado») como el único sistema posible, un sistema que garantizaba progreso y avance constante. Hoy es mejor que ayer, y mañana será mejor que hoy.

Después de la caída de la Unión Soviética, esta hermosa visión recibió un poderoso y nuevo impulso. Francis Fukuyama proclamó el fin de la historia. El socialismo, supuestamente, había fracasado, el capitalismo era el único sistema posible. El futuro sería de paz y prosperidad para todos.

Veinticinco años después no queda piedra sobre piedra de estas consoladoras ilusiones. Durante los últimos diez años, los gobiernos y los economistas han estado luchando para salir de la crisis, sin ningún signo de éxito. La burguesía y sus defensores ideológicos rebosan pesimismo sobre el futuro. No tienen respuestas a la crisis de su sistema.

Este pesimismo encuentra un reflejo en la filosofía. En lugar de admitir honestamente que sobre la base del sistema actual no es posible el progreso, la llamada filosofía posmoderna afirma que el progreso en general no existe. La historia no se puede entender, excepto como una serie de accidentes. De manera similar, la ideología no puede existir, por la simple razón de que la propia burguesía se ha quedado sin ideas.

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