Europa y sus enemigos

  • Hoy los discursos eurófobos son hegemonizados por movimientos reaccionarios y esa dirección no lleva a la soberanía popular sino a la autocracia y a la dependencia
  • Obviamente quien usa su gobierno para dejar morir en el Mediterráneo a hombres, mujeres y niños es enemigo de todo proyecto emancipador
  • Pensamos que el ideal europeo sí puede ser el gran discurso frente a los movimientos antidemocráticos de extrema derecha

Luis Alegre y Hugo Martínez Abarca*

La gran dificultad de los debates sobre Europa es que no suelen ser muy honestos. Es muy incómodo posicionarse contra Europa. Así que los ataques a Europa se hacen siempre en nombre de la defensa de Europa. Es absolutamente legítimo oponerse a la integración europea, defender que la soberanía de Estados nación independientes sigue siendo posible e incluso deseable, asumir que no hay más Europa posible que esta Europa subordinada a las élites centroeuropeas, fundamentalmente alemanas. Como es legítimo defender una Europa dominada por Alemania y que renuncie a integraciones fiscales, laborales y sobre todo políticas porque son imposibles, como si la unión monetaria, por ejemplo, hubiera resultado mucho más sencilla. Ambas posiciones son legítimas, lo que resulta poco honesto es disfrazarlas de europeísmo o de defensa de Europa porque son lo contrario.

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¿Por qué es tan complicado hacer un discurso explícitamente opuesto a (la integración de) Europa? Por la consciencia generalizada de que la unidad europea como horizonte político tiene muy sólidas raíces populares; y también de que los valores de modernidad, ilustración, democracia, defensa del medioambiente, de la paz y de las conquistas sociales son asociados (con razón) por nuestro pueblo a las raíces de Europa. El ya somos europeos de los años 80 significaba que la dictadura era ya un pasado irrecuperable, que éramos una democracia irreversible, que caminábamos hacia el futuro. Ese imaginario popular es extraordinariamente sólido y ningún proyecto político con voluntad de mayorías puede ningunear los anhelos de su pueblo.

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Parte de los debates sobre Europa que se tienen desde la izquierda son heredados de una fase en la que era un notable éxito político aglutinar a un 10% de nuestra población en defensa de postulados emancipadores. El eje discursivo necesariamente varía cuando nuestro pueblo ha conseguido poner en pie posibilidades de cambio que son gobierno en las principales ciudades de España y que contemplaría como un auténtico fracaso lo que hace 25 años fue el mayor de nuestros éxitos.

Pero no sólo se trata de una cuestión discursiva. No podemos hacer como si no hubiera pasado nada en estos últimos años. Dar siempre la misma respuesta a problemas distintos en escenarios cambiantes tiene más que ver con la religión que con la política. Y la Europa de 2018 y sus problemas son muy diferentes de lo que sucedía no hace tanto tiempo.

Hasta hace apenas un lustro el principal conflicto que vivía Europa enfrentaba al centro de Europa (Alemania) con la periferia (básicamente los países mediterráneos más Irlanda). Y el eje de ese conflicto era la imposición de recortes sociales y democráticos a los países periféricos. Hoy el principal conflicto europeo es exterior (la guerra comercial China-EEUU-UE-Rusia) y el conflicto interno no tiene como eje la destrucción del Estado social: no es baladí la comodidad con la que los gobiernos ibéricos (de Portugal y España) están presentando presupuestos de reversión de las políticas de recortes mientras son gobiernos total o parcialmente de derechas (Reino Unido, Italia) los que mantienen conflictos con Bruselas. Los presupuestos más avanzados que recordamos los españoles no han encontrado el bloqueo europeo que hubiéramos esperado hace un lustro ni que buscaban Casado y Rivera. Es un hecho que no podemos ningunear.

Hace no muchos años el conflicto central en Europa sí situaba frente a Bruselas a la Grecia de Syriza. Ocurre que Grecia perdió (y qué poca solidaridad obtuvo en su derrota, por cierto) y con la derrota de Alexis Tsipras y la incomparecencia de la izquierda europea necesariamente cambia la relación con Europa de cualquier proyecto político emancipador. Después de la derrota de Grecia, cualquier huida hacia la soberanía de los Estados nación en nombre de la democracia y la recuperación de derechos sociales tiene mucho más que ver con la melancolía que con un principio de realidad.

Nuestros pueblos necesitan un proyecto emancipador radical posible, y la recuperación de la soberanía nacional de los Estados frente a la Unión Europea en ningún caso lo es ya, como desarrollábamos en nuestro artículo de hace unos días titulado Make Europe Great Again. Es sencillamente imposible un repliegue hacia el viejo Estado nación que conlleve avances en democracia y en justicia social. Frente a alguna interpretación, no hablábamos en tal artículo de retórica nacional alguna sino de que hoy los discursos eurófobos son hegemonizados nítidamente por movimientos reaccionarios y que esa dirección no lleva a la soberanía popular sino a la autocracia y a la dependencia. Y los países que tomen ese rumbo lo harán en condiciones de máxima debilidad ante alguno de los polos en conflicto comercial (ninguno de los cuales tiene como vocación la expansión de la democracia y los Derechos Humanos).

Cuando comenzó la crisis económica, Europa no había vivido el Brexit ni tenía como principal conflicto interno a la Liga Norte. Sin entrar en debates bizantinos, es evidente que la Lega no tiene un proyecto emancipador sino todo lo contrario: su nacionalismo puede confrontar en parte con las políticas neoliberales de Bruselas, pero obviamente quien usa su gobierno para dejar morir en el Mediterráneo a hombres, mujeres y niños es enemigo de todo proyecto emancipador. Del mismo modo que Angela Merkel no pasa a ser de las nuestras por tener políticas de asilo mucho más decentes que otros muchos gobiernos europeos, un proyecto xenófobo y reaccionario no se compensa con aspectos presupuestarios defendibles.

Pero igualmente absurdo sería interpretar que estamos defendiendo un europeísmo conformista con las carencias de la actual Unión Europea. Escribía hace unos días Josep Borrell un alegato europeísta en El País que acertaba a describir cómo la última década de políticas europeas ha amplificado la brecha Norte-Sur en Europa y proponía: “¿Y si para luchar contra los populismos tuviéramos que hacer que Europa fuese popular? Es decir, percibida como el más poderoso instrumento de protección frente a la inquietud creada por la globalización y el resurgir de los fantasmas del nacionalismo. Para ello los dirigentes políticos europeístas de cada país tienen que convencer a sus ciudadanos de que su futuro pasa por reforzar su unidad”. ¿Para luchar contra los populismos? ¿Qué tendría de ajeno a los populismos convencer de un ideal europeo genéricamente “más unido”? La apelación retórica a Europa sin la exigencia de los cambios ambiciosos que nos han venido negando los gobiernos nacionales (incluidos los del partido de Borrell) imposibilita que Europa se convierta en un instrumento real, no meramente retórico, para la conquista de derechos y democracia. No hace falta mucho esfuerzo para “hacer que Europa sea popular: para lo que ha hecho falta un esfuerzo titánico es para que Europa aparezca como una amenaza a la igualdad y a los derechos de los europeos.

Que no sean posibles hoy la democracia y los Derechos Humanos en un viejo Estado nación independiente no implica que sean seguros en la Unión Europea. Los gobiernos de los estados de Europa, de forma directa y mediante sus designados en los órganos europeos, son los responsables de una respuesta a la crisis que deterioró la vida de los europeos y especialmente de los europeos que peor vivían.

Pensamos que el ideal europeo sí puede ser el gran discurso frente a los movimientos antidemocráticos de extrema derecha, que puede ser el gran discurso emancipador de nuestro tiempo… pero ello no puede ser mera retórica afable sino que tiene que ir acompañado de un pequeño pero importante catálogo de propuestas que permitan la construcción de una Europa que los ciudadanos europeos sientan como fuerte porque es la que garantiza, nunca la que amenaza, sus derechos sociales, civiles y políticos.

Europa puede ser el ideal social si, del mismo modo que hemos convergido en inflación, déficit, deuda, moneda… se alcanza cierta unidad fiscal que ponga fin a la competencia a la baja de los Estados y que les impide dotarse de los recursos necesarios para tener políticas sociales dignas. Europa puede ser un espacio de seguridad laboral si se armonizan ciertos mínimos comunes para todo trabajador en Europa. La autonomía de la defensa, por ejemplo, es posible si jubilamos a la decrépita OTAN y lanzamos un verdadero espacio europeo de defensa. Y todo ello puede ser fuerte y legítimo con una nítida apuesta por una democracia Europea, que supere la lógica del Derecho Internacional (el mero sumatorio de Estados que políticamente sigue siendo la UE) y tenga un verdadero poder legislativo fuerte y eficaz con legitimidad democrática.

No se nos ocurre un proyecto político más ambicioso. Pensamos, además, que es un proyecto político seductor porque parte de ese europeísmo popular que hace que nadie, al menos en España, se atreva a mostrarse eurófobo. Pero sobre todo pensamos que es el único proyecto en defensa de la democracia y los Derechos Humanos que es realista y posible en el mundo actual, que es sobre el que tenemos que actuar.

Pero eso pasa por poner a Europa en el centro de nuestros horizontes políticos sin trampas: combatir la eurofobia y su correlato, un europapanatismo conformista que ha dado pie a la decadencia actual de Europa, y erigir una propuesta nítidamente europea como soporte indispensable de los derechos y las conquistas materiales que tantas luchas han costado.

*Luis Alegre es profesor de Filosofía en la Universidad Complutense y Hugo Martínez Abarca es diputado de Podemos en la Asamblea de Madrid.