El patio de Susana ya no es particular

  • Los jornaleros abandonaron el campo y el mar para agarrar la pala y la bandeja. La gente humilde dejó de ser tan humilde. La izquierda mordió el anzuelo del neoliberalismo y abandonó la conciencia de clase
  • No sé qué ocurrirá el dos de diciembre. Pero sé que algo ya ha cambiado en la historia reciente de la política andaluza.

Antonio Manuel.

Al caer la tarde, mi abuela Rosario llenaba una cubeta de agua y la escanciaba con la mano por el patio para aliviar la insoportable flama del verano. Después se humedecía la nuca, la frente, el pelo, colmaba la regadera y la hacía llorar sobre las flores del arriate. Quizá una de las metáforas visuales que mejor describen el alma de Andalucía: mi abuela vestida de negro en el centro, como la aguja de un compás, repartiendo vida a su alrededor.

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Decidió guardar luto desde que asesinaron a su hermano en la represión genocida que los fascistas llevaron a cabo en mi pueblo, como en tantos otros pueblos y ciudades de Andalucía. Ese día tomó dos decisiones: no olvidar la tragedia y no abdicar de la alegría. En el patio pasaba las noches junto a mi abuelo, sentados a la altura del pasillo por donde corría el fresco, hablando y callando entre ellos, mirando las estrellas, oliendo a gitanillas, y contando anécdotas a su nieto para que nunca las olvide y sonría al recordarlas. Como aquélla travesura de sacar las sillas al patio de la corrala de vecinos en mitad del bombardeo, sin perder la calma ni la sonrisa, para desafiar a los aviones con la insolencia de la naturalidad y la rebeldía de quien teme más al miedo que a la muerte.

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Hace años que murieron mis abuelos. Y el patio. Y el arriate. Ya no están. Apenas ocupan un espacio simbólico en mi memoria. En nuestra memoria. Porque la mayoría de los andaluces y andaluzas no tiene más patio de luz que un agujero negro en el bloque donde tender los trapos. Ni más horizonte que llegar a fin de mes. La avaricia urbanística, además de provocar crisis en cadena (económica, social, institucional y territorial), asoló este modelo milenario de entender la vida para hacinarnos en pisos y abducirnos frente al televisor. Dichosos los que conservan patios y horizontes. Aunque sea en la memoria.

Como aquel 4 de diciembre de 1977 que hizo de Andalucía un inmenso patio de luz, inundado de hombres y mujeres con la mirada clavada en el horizonte de ser y sentirse como los que más. Se sabían pueblo. Sabían que la raíz de sus males se hallaba en el centralismo y en la dictadura. Y por eso sabían que la única solución pasaba por reivindicar autonomía y democracia. Lo consiguieron. Pero no arrancaron sus males de raíz. La dejaron enterrada como al dictador, confiados en qué jamás resucitaría. Y se fueron a sus cuartos creyendo haber alcanzado el horizonte, dejando el patio vacío.

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Ese momento histórico lo aprovechó el PSOE para ocupar el patio de la izquierda andaluza, hasta hoy. Capitalizaron la titánica labor del pueblo y la estrategia simbólica de Rafael Escudero, salvándose para la historia al dejar de ser un socialista andaluz para convertirse en el andaluz socialista con el que se alcanzó la autonomía. Y de esa manera, en el imaginario colectivo, el PSOE acaparó el espacio simbiótico e inescindible de la izquierda andaluza. Por acierto propio y por dejación de los demás. La derecha nunca creyó en Andalucía. El PSA le regaló la S del socialismo, se envolvió en la arbonaida, despreciando la izquierda. Por el contrario, IU enarboló los puños y la tricolor, despreciando la verde y blanca por la que apostó en aquella histórica “Convocatoria por Andalucía”. Ambos cometieron el error de aceptar el papel político que les había asignado el PSOE, conformándose con ser arriates que los socialistas no dudaron en parasitar, dejar de regar o pisotear cuando las flores amenazaron el patio.

La entrada de España en Europa supuso un enorme impacto en Andalucía. En contra de lo que se suele decir, el tratado de incorporación contenía cláusulas leoninas para desmantelar las fortalezas de nuestro sistema productivo. Cerraron fábricas y minas. Recortaron cuotas agrarias, pesqueras y ganaderas. A cambio, llovieron miles de millones de pesetas y de euros para mejorar las vías de comunicación y los servicios esenciales en los pueblos. Un hecho clave para entender por qué se perpetuaban las marcas políticas de la izquierda y del andalucismo en los núcleos rurales y ciudades medias, pero el PSOE seguía gobernando mayoritariamente en Andalucía como el principal hacedor del milagro que nos sacó de la migración y la miseria más absoluta. Lejos de llevarse a cabo una reforma agraria e industrial en Andalucía, nadie se preocupó de evitar que el ladrillo y el turismo fueran los recambios elegidos por los poderosos. Aznar liberalizó el suelo y las entidades financieras el dinero, con la complicidad de la UE y de todas administraciones, sin excepción.

Los jornaleros abandonaron el campo y el mar para agarrar la pala y la bandeja. La gente humilde dejó de ser tan humilde. La izquierda mordió el anzuelo del neoliberalismo y abandonó la conciencia de clase para vender electoralmente inauguraciones de infraestructuras y bajadas de impuestos. Y crack. Todo se fue a la mierda. Todo era mentira. Se descubrió la estafa. Demasiado tarde. Y aún así, a pesar de que el PSOE había convocado las elecciones andaluzas conjuntamente con las generales, a pesar de que volvía el fantasma del paro y la emigración, seguía ocupando el centro del patio, el espacio simbólico de la izquierda andaluza, consentido por sus arriates.

Hasta que llegó Susana, Podemos y Catalunya. Susana, para apagar el fuego de los ERE. Podemos, para rentabilizar las crisis económica y de representatividad que denunció el 15M. Y Catalunya, para tensar la goma elástica del equilibrio territorial y ver a quien le pegaba antes en la cara. Los tres se equivocaron. Catalunya, al señalar como enemigo a España y no al nacionalcatolicismo de derechas, con el que pactó cuando le convino a su propio nacionalcatolicismo de derechas. Podemos, al no percibir que Andalucía merecía electoralmente el mismo trato político que el resto de nacionalidades históricas. Y Susana, al abandonar el patio simbólico de la izquierda andaluza, permitiendo el gobierno de Rajoy, destrozando su partido, y pactando con Ciudadanos.

Para muchos andaluces y andaluzas, Susana había dilapidado la herencia estética de sus antecesores cosiendo su imagen al centralismo y a la derecha. Y es aquí cuando Podemos Andalucía e Izquierda Unida, con el respaldo de la solvencia intelectual de las pilares de la izquierda andalucista, deciden salir del arriate para ocupar el patio con “Adelante Andalucía”. En un entorno hostil y derechizado, con un aumento creciente del discurso fascista entre las clases más humildes que han perdido su conciencia de clase, no había más opción útil que trascender del techo de sus marcas electorales, y generar una nueva esperanza que rescate el patio de luz y el horizonte de la izquierda en Andalucía. Y lo han hecho.

No sé qué ocurrirá el dos de diciembre. Pero sé que algo ya ha cambiado en la historia reciente de la política andaluza. Mientras la derecha sigue al otro lado de la calle con su bandera de cara al sol, el patio de Andalucía ha dejado de ser particular, porque han sacado las sillas para sentarse y ocuparlo mientras arrecia el bombardeo, sin perder la calma ni la sonrisa.