Madrid, capital europea de la innovación democrática

  • No es una coincidencia que el encuentro tenga lugar en Madrid, ya que el Ayuntamiento de esta ciudad es uno de los más destacados a nivel mundial en la batalla por fortalecer la democracia
  • El eurobarómetro indica que más de dos tercios de europeos no confían en sus gobiernos y la cifra no para de crecer. No podemos quedarnos quietos mientras el barco que tanto costó construir –un orden mundial mayormente tolerante y democrático– se hunde

Algo muy especial está ocurriendo en Madrid, donde en esta semana, expertos de todo el mundo se reunirán para redefinir la democracia en el evento anual Consulcon. De Corea del Sur a Argentina, de la India a los Estados Unidos, los participantes son investigadores de renombre, alcaldes de ayuntamientos y líderes de la sociedad civil.

No es una coincidencia que el encuentro tenga lugar en Madrid, ya que el Ayuntamiento de esta ciudad es uno de los más destacados a nivel mundial en la batalla por fortalecer la democracia. Su software libre y gratuito de participación ciudadana, Consul, ha sido premiado por las Naciones Unidas, y actualmente es utilizado por más de 100 gobiernos en todo el mundo, contribuyendo a mejorar la vida de más de 70 millones de personas.

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Consulcon es una red de ciudades que comparte la herramienta Consul para desplegar procesos de participación ciudadana en Internet y que tiene un software libre que permite ser usado y mejorado colaborativamente. Es una red muy ambiciosa que quiere ayudar a las ciudades a poner a los ciudadanos en el centro de la toma de decisiones sobre presupuestos, prioridades de gestión, espacios urbanos.

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A lo largo del mundo, la gente está votando a líderes autoritarios. El eurobarómetro indica que más de dos tercios de europeos no confían en sus gobiernos y la cifra no para de crecer. No podemos quedarnos quietos mientras el barco que tanto costó construir –un orden mundial mayormente tolerante y democrático– se hunde.

Adaptar la democracia a las nuevas tecnologías y al siglo XXI es fundamental en este momento histórico. Poca gente compra ya por internet o va a un restaurante sin mirar las opiniones de otros consumidores. Cada vez más viajeros se libran de comisiones bancarias intercambiando monedas con otros usuarios. Aplicaciones colaborativas nos permiten conocer accidentes de tráfico de primera mano y escoger la ruta más rápida. Sin embargo, seguimos gobernando con instituciones políticas del siglo XIX.

No debemos amedrentarnos ya que el mundo está repleto de historias esperanzadoras, donde los ciudadanos son capaces de participar en la toma de decisiones, mejorando la calidad de las políticas públicas y recuperando la confianza en el sistema político. Por ejemplo, el proyecto Controladoria na Escola de Brasil utilizaba una aplicación para que los estudiantes evaluasen sus centros. En una escuela se identificaron 115 problemas, un 45% de los cuales se resolvieron en menos de 3 meses.

También, cuando hace un año, el huracán Irma destrozó Florida, investigadores estadounidenses del M.I.T desarrollaron un mapa público colaborativo para que los afectados por las inundaciones añadiesen sus experiencias sobre el terreno en el mapa. El llamado Riskmap permitió a las autoridades identificar y mitigar los daños de forma más rápida y eficaz que como tradicionalmente se hace sin participación ciudadana.

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En Islandia, más de un millón y medio de personas han utilizado la herramienta Better Reykjavik desde la crisis de 2008 para proponer ideas sobre todo tipo de temas como educación, transporte o turismo. Cada mes las 5 propuestas más apoyadas se incorporan en la cámara legislativa como iniciativas populares. Cientos de propuestas ciudadanas han sido implementadas.

Estas tres experiencias tienen una cosa en común: se inscriben dentro del paraguas del Crowdlaw, una nueva manera de entender y enmarcar las políticas de innovación democrática, creado por la directora del The GovLab de la Universidad de Nueva York, Beth Simone Noveck. El Crowdlaw surge de la hipótesis de que las instituciones públicas funcionan mejor cuando estimulan la participación ciudadana a través de las nuevas tecnologías. Esto es posible gracias a las nuevas tecnologías, que ya han demostrado resultados positivos y la promesa de una democracia capaz de producir leyes y políticas más legítimas, efectivas y de mayor calidad. Se trata de abrir de par en par a las instituciones a la inteligencia colectiva, que no es solo recabar opiniones sino obtener datos, experiencias y conocimientos de los ciudadanos que permitan identificar problemas complejos, proponer soluciones innovadoras y evaluarlas de forma robusta.

La regeneración democrática del Crowdlaw invierte las relaciones de poder al cambiar nuestra concepción sobre los expertos. Los estudiantes de la escuela en Brasil son también expertos de su colegio, ellos conocen los problemas con los que viven en el día a día. Los afectados por la inundación en Florida son también expertos sobre los daños ocasionados, ellos están en el terreno sufriendo los destrozos. Entre la ciudadanía islandesa hay todo tipo de expertos sobre distintos temas, cuyas brillantes ideas no deberían desaprovecharse, sería una pérdida de capital humano para la democracia.

El Ayuntamiento de Madrid está promoviendo con éxito una cultura de participación a todos los niveles. El proyecto de la biblioteca de San Fermín y el plan estratégico de los mercados municipales ejemplifican este espíritu. La plataforma Decide Madrid ha ejecutado presupuestos participativos. Estos ejemplos son la excepción y no la norma, y eso tiene que cambiar. La democracia verdadera y moderna pide aplicaciones más institucionalizadas de CrowdLaw, y debemos hacer que funcione mejor donde ya existe. Por ejemplo, pocas propuestas ciudadanas publicadas en Decide Madrid han sido adoptadas. Esto es así por muchos motivos, que van desde las limitaciones competenciales de los municipios hasta la dificultad de digerir una avalancha de propuestas. Cualquier nueva reforma fundamental requiere paciencia y un proceso de ensayo y error para hacerlo “bien”.

Las dificultades que nos encontramos al desarrollar democracias representativas de calidad no deberían desanimarnos. Al fin y al cabo, Roma no se construyó en un día. Afortunadamente, ya hay progresos tangibles, en Madrid y en todo el mundo, y el método Crowdlaw está ganando terreno. Está desafiando al autoritarismo, demostrando que la democracia moderna puede funcionar mejor utilizando las tecnologías del siglo XXI para comprometer a los ciudadanos y devolverles la confianza en lo público.

Madrid está entre los líderes de este proceso de regeneración democrática, y eso nos debería llenar de orgullo. Gobiernos en Europa y por todo el mundo barajan muchas opciones para reformar la gobernanza, y es esperanzador saber que nuestros visitantes saldrán de Madrid la próxima semana con inspiración y conocimiento para hacer que la democracia funcione en el siglo XXI.

Eduardo González de Molina es investigador asociado en el Governance Lab de la New York University.
Máximo Plo es estudiante Fulbright en el Máster de Desarrollo Humano y Psicología de Harvard Graduate School of Education