Unidos en la adversidad: democracia para Europa desde el Sur

  • Lo que une a la extrema derecha europea es el euroescepticismo gatopardiano: que pierda Europa para que ganen las élites de siempre
  • Marco Candela

    Unidos en la diversidad” es el lema oficial de la Unión Europea, como diversos son los devenires de sus Estados miembros. En España tenemos cierta fe ciega en Europa. Asociamos nuestra pertenencia a la Unión Europea con la transición y con el progreso tras la dictadura. Hoy en día somos la cuarta economía del Euro y sin embargo no tenemos el papel correspondiente en Europa. Seguimos padeciendo un complejo de inferioridad política como país consumidor periférico. Pero también somos la cuna del 15-M, aquel resurgir democrático cuya traducción social y política aún desplaza a la extrema derecha en nuestro país. El impulso por relegitimar Europa con democracia y desde abajo tiene todas las de salir de los países del Sur, golpeados como los que más por la crisis y su gestión neoliberal y sin embargo cuna de todas las esperanzas para refundar la Unión.

    Publicidad

    Según el Eurobarómetro más reciente, un 71% de españoles elegiríamos permanecer en la Unión Europea si nos preguntaran como a los británicos. Crece además el número de españoles que consideran que pertenecer a Europa es algo beneficioso para nuestro país. Pero también ocurre que la mayoría de los españoles ve insuficientes las políticas de la Unión y se considera insatisfecho con su funcionamiento democrático. El 82% de los españoles esperan más de la Unión Europea. Quizá los españoles no tengamos una fe tan ciega en realidad. Más bien parece que queremos lo mismo en Europa, en España, en nuestra Comunidad Autónoma y en nuestro Municipio: que las instituciones sean democráticas y que estén al servicio de la gente. Como sociedad civil somos europeístas, pero europeístas acertadamente críticos.

    Publicidad

    Entonces quizá son nuestros gobernantes quienes han tenido y tienen ese complejo de inferioridad con Europa, interactuando en círculo vicioso con nuestro carácter de país consumidor periférico y con los intereses de la oligarquía colonizada que es la nuestra. Cuando nuestros gobiernos -rojos y azules- se dedicaron tras entrar España en la Unión a desmantelar el tejido industrial que tenía nuestro país y a convertirnos en la playa y el bar de copas de Europa, entregaron mucha soberanía económica e hipotecaron -literalmente- nuestra voz política como Estado miembro de la Unión. Treinta años más tarde, Angela Merkel, la encarnación de la Unión Europea dominada por el neoliberalismo, necesitó tan sólo dos llamadas para arrodillarnos: la primera a Zapatero en 2011 para que reformase el artículo 135 de la Constitución y la segunda a Rajoy en 2012 para que aceptase el rescate encubierto que debía evitar que los bancos españoles fallasen a sus acreedores, los bancos alemanes. Lo mismo ocurrió con Grecia y con Portugal.

    La reacción en España fue el 15-M y un episodio que no trascendió porque lo titánico de la gesta dificultó su éxito: las llamadas Euromarchas, que salieron de España y llegaron a Bruselas, donde se sabía que residía tanto el problema como la solución a lo que vivía todo el continente tras estallar la burbuja en 2008. La reacción en Grecia fue la victoria electoral de SYRIZA y una voz en el Consejo Europeo, la de Alexis Tsipras, que pronto fue aplastada por la bota de la mayoría neoliberal de los gobiernos más fuertes de la Unión, singularmente, de nuevo, la de su principal acreedor, la Alemania de Merkel. La reacción de Portugal fue elegir una mayoría de izquierdas que gobierna hoy con un programa superador de las lógicas de la austeridad imperante en la Unión Europea neoliberal. Hasta aquí los buenos ejemplos, al que cabría sumar la alternativa que representa Jeremy Corbyn en el Reino Unido, si no fuera porque, aunque llegue al poder, no podrá incidir en las políticas de un club del que se habrá quedado fuera.

    Por el contrario, ahí donde el descontento popular y la desafección ciudadana no ha sido canalizada democráticamente por actores de cambio, lo está siendo por la extrema derecha. En Italia, Salvini ha identificado a la Unión Europea, igual que a la inmigración, como enemigos externos idóneos para ser blancos del odio y del resentimiento generados por la devastación económica, política y social que la austeridad también ha causado en su país. Señala a la Unión Europea como el corsé que impide a Italia progresar y tener una fiscalidad expansiva, pero al mismo tiempo le baja los impuestos a los oligarcas del norte industrial que son su base política. Como siempre, la extrema derecha al servicio de los de arriba por encima de cualquier discurso.

    Lo mismo ocurre en Alemania. La formación neonazi Alternativa para Alemania recoge en votos el descontento y la desafección de todos los alemanes que a pesar de serlo no se benefician de que su país lidere en lo político y en lo económico la Europa neoliberal. Pero si rascamos la superficie, es más de lo mismo: resulta que ese partido lo fundaron economistas y empresarios que temían -y se movilizaron con éxito en contra de- una mayor integración fiscal europea (la sindicación de deuda, los eurobonos y una fiscalidad europea), que temían que debilitara a quien se beneficiaba de la asimetría vigente: Alemania. Los neonazis y Merkel, de la mano en cuanto al papel de la oligarquía alemana en Europa.

    Lo que une a la extrema derecha europea es el euroescepticismo gatopardiano: que pierda Europa para que ganen las élites de siempre. Por el contrario, lo que une en Europa a los movimientos democráticos de cambio y a sus traducciones políticas, en particular las del Sur, es entender que en la Unión Europea está ahora el problema, pero también debe estar la solución. El europeísmo democrático resurgió en las plazas desde Madrid a Atenas y quiere darle a la Unión Europea el mismo jarabe democrático que necesitan sus Estados miembros.

    Quien considere necesario un proceso constituyente para deshacer los nudos que tiene España, tiene que considerar igualmente necesario refundar Europa invocando el mecanismo democrático previsto a tal fin en los tratados de la Unión. Este es, la Convención europea, llamada así en honor a la Convención de Filadelfia de 1787 que dio lugar a la Constitución de los Estados Unidos, aquella cuyo preámbulo comienza con aquel famoso “We the People” (Nosotros, el Pueblo). Quienes están llamados hoy a ser protagonistas de un proceso así en Europa son quienes, unidos en la adversidad del neoliberalismo, desde la periferia del Sur, dan ejemplo de visión europeísta, democrática y progresista.

    Marco Candela, Diputado en la Asamblea de Madrid