Bolsonaro, la Iglesia evangélica y los ecos de la Guerra Fría

  • El aumento de peso del evangelismo en América Latina ha sido más que significativo: según el informe del Pew Research Center, en los ochenta, el porcentaje de evangelistas era del 6,6%, mientras que a día de hoy ronda el 22%
  • Mientras la Iglesia católica ha ido retrocediendo posiciones, limitada cada vez más a la población envejecida, sobre todo en el ámbito rural, el evangelismo avanza, controlando más dispositivos de hegemonía cultural

“Yo nunca estuve sólo, siempre sentí la fuerza de Dios”. Estas fueron palabras del discurso de Jair Bolsonaro tras su victoria en las elecciones presidenciales del día 29 del pasado mes de septiembre, pronunciando las mismas ante la presencia de un pastor evangelista. Este momento no puede entenderse de manera aislada y casual. Se trata simplemente de un hecho, que hasta la fecha significa el culmen de un proceso, de una estrategia, puesta en marcha en plena Guerra Fría, con unos fines políticos concretos, que ha tenido como consecuencia el crecimiento y asentamiento de un nuevo agente clave para entender toda la escena política de América Latina y los posibles cambios que puedan acontecer debidos a la emergencia con fuerza de este. Se trata de la Iglesia Evangelista.

Para entender este panorama, retrocedamos a los años sesenta. Por un lado, tras la conferencia de San Francisco en 1945, se configuraron dentro de la ONU toda una serie de debates acerca de qué caminos se tenían que seguir, en el denominado Tercer Mundo o mundo subdesarrollado, de cara a superar su subalternidad económica para así conseguir aumentos en los niveles de renta y redistribución, teniendo como fin último el alcanzar una mayor estabilidad política y social, ausente tras las alteraciones generadas durante la Segunda Guerra Mundial. No obstante, hacia las recetas de este organismo, surgieron múltiples posturas críticas, por parte de algunos gobiernos latinoamericanos, y también por parte de intelectuales y académicos, configurándose así una nueva visión que adquirió un relevante calado: la conocida como teoría de la dependencia, que entendió que el continente latinoamericano no podría generar por sí sólo las condiciones para dejar atrás su desfavorable situación material, ya que esta era inherente al modo de producción y cómo este condicionaba a nivel global la división internacional del trabajo y la acumulación capitalista en el Norte.

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Por otro lado, hay que sumarle el desarrollo del trascendental Concilio Vaticano II, durante esta década a través de los papados de Juan XXIII y Pablo VI, sobre los nuevos planteamientos del papel de la Iglesia Católica en el mundo y las distintas reformas que debía de abordar. Como bien es sabido, de aquí saldrá un nuevo enfoque dentro de la Iglesia: la Teología de la Liberación. Esta marcó un antes y un después, sobre todo en América Latina, donde más arraigó tras la Conferencia de Medellín en 1968. La trascendentalidad, la liberación del ser humano y el acercamiento a Dios no se limitaba sólo a la esfera espiritual, había que conjugarlo con una praxis, con un compromiso en la esfera material, una intervención en lo socioeconómico en favor de los pobres. El fuerte anclaje que experimentó, y las importantes bases sociales que construyó en tampoco tiempo, como era de esperar, no generaron ningún tipo de indiferencia en Washington. Por si la doctrina Monroe no tenía ya el suficiente peso dentro de los códigos de política exterior de Estados Unidos, había que sumarle la preocupación sobre cómo la extensión de este nuevo movimiento religioso podría suponer un fortalecimiento del bloque soviético, dificultando la estrategia de contención, y teniendo así a las puertas de casa, dentro del “patio trasero” como lo denominó en su día John Kerry, nada más y nada menos que al fantasma del comunismo.

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Para Estados Unidos, estaba claro que había que intervenir para intentar revertir este posible escenario, y así lo hizo plasmar en el llamado Informe Rockefeller de 1969 encargado por el propio Nixon, donde se llega a afirmar que la Iglesia Católica en América Latina, si fuera posible, podría convertirse en “una fuerza dedicada al cambio revolucionario”. Desde ese momento, se va a convertir en un actor a contrarrestar para evitar el avance de futuros gobiernos de izquierdas; pero no de manera explícita y ruidosa, con apoyo hacia golpes militares como en los casos de Chile, Cuba o Nicaragua, sino más en el largo plazo, de manera contracultural, a través del impulso de la Iglesia evangélica, un agente hasta entonces prácticamente inexistente en el sur de América.

A partir de esta decisión, se seguirán dos líneas para hacerla exitosa. Una de ellas será la de la financiación del evangelismo más allá de Estados Unidos mediante la creación en 1981 del Instituto para la Religión y la Democracia; la otra será el romper las relaciones diplomáticas con el Vaticano hasta la llegada de un acérrimo opositor a la Teología de la Liberación, como Juan Pablo II; tras lo cual se retomaron, llegando a crearse la embajada de Estados Unidos en el Vaticano durante la presidencia de Reagan, quien precisamente era protestante.

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Desde aquel entonces, el aumento de peso del evangelismo en América Latina ha sido más que significativo: según el informe del Pew Research Center, en los ochenta, el porcentaje de evangelistas era del 6,6%, mientras que a día de hoy ronda el 22%. En el caso concreto de Brasil, desde un 6% inicial, se dobló la cantidad durante los años 2000 y en este momento uno de cada cuatro brasileños son fieles a este credo, de los cuales la mayoría pertenecen a Iglesia Renacer de Cristo y la Iglesia Evangélica Cristo Vive, que apoyaron durante la campaña electoral a Bolsonaro.

Pero el caso de este no es más que la punta del iceberg de la relevancia política del evangelismo a día de hoy en América Latina: también está el caso de Jimmy Morales, actual presidente de Guatemala, Fabricio Alvarado, que llegó alcanzar la segunda vuelta de las elecciones en Costa Rica, los de Trujillo en Colombia y Bertucci en Venezuela, pastores evangélicos que se presentaron a las presidenciales o incluso, en el caso de la izquierda, el Partido Encuentro Social, de base evangélica, llegó a sumarse a la coalición MORENA, sirviendo como paraguas para el triunfo de López Obrador de manera reciente.

No obstante, quizás lo más preocupante sea su influencia en las movilizaciones sociales y en el combate de valores progresistas y de transformación social. Los ejemplos son múltiples: la contraofensiva reaccionaria ante los avances del feminismo en el continente, las campañas mediáticas en contra de reformas legislativas en favor del matrimonio igualitario, acciones de oposición con respecto al acuerdo de paz entre las FARC y el Estado colombiano, intentos de ruptura del consenso de los derechos humanos en algunos países…

Mientras la Iglesia católica ha ido retrocediendo posiciones, limitada cada vez más a la población envejecida, sobre todo en el ámbito rural, el evangelismo avanza, controlando más dispositivos de hegemonía cultural, ganando influencia en las generaciones más jóvenes y haciéndose un hueco a la hora de crear su propia comunidad en espacios, como los barrios más populares, cuyas demandas habían sido olvidadas por la propia Iglesia católica y el Estado.

Ante este escenario, qué duda cabe que cualquier posibilidad de cambio político de signo progresista en América Latina, pasa por hacer frente a las ideas que este actor emergente trata de instalar con éxito en muchas situaciones como estamos pudiendo ver.

Entre otras cosas, la política pasa por ser una disputa por convencer, por conseguir identificaciones, por hacer que la imagen de una parte se represente por la del todo, por asentar unos valores frente a otros; y está claro que la Iglesia evangelista ha entendido muy bien esta cuestión.