La tragedia de los bienes compartidos

  • Mario Bunge, uno de los filósofos vivos más reconocidos mundialmente, está a punto de cumplir 100 años

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Mario Bunge, uno de los filósofos vivos más reconocidos mundialmente, está a punto de cumplir 100 años. Y permanece intelectualmente activo, cosa que no es muy habitual a una edad tan respetable. Envió hace pocos días un artículo para la revista Revisto Iberoamericana de Autogestión y Acción Comunal de cuyo Consejo de Redacción es miembro. Al hacer el envío de este artículo pidió que fuera también publicado en Sin Permiso, como nos comunicó Antonio Colomer, director de la mencionada revista. Mario Bunge es un viejo amigo de Sin Permiso donde hemos publicado más de 30 artículos.

A continuación publicamos el mencionado texto de Mario Bunge también en cuartopoder.es, fruto del convenio de colaboración que mantenemos con Sin Permiso.

Estos días celebramos el medio centenario de una publicación que mostró que la comunidad de bienes puede llevar a conflictos suicidas (Hardin, 1968). En efecto, supongamos que dos familias o individuos compartan un predio y pongan sus rebaños de ovejas o cabras a pastar en él. En régimen de mercado libre, al cabo de un tiempo ambas familias se habrán beneficiado por igual, o una de ellas, la más emprendedora, habrá desplazado a la otra con sólo poner más animales que la otra para explotar el mismo recurso. O sea, la libertad de empresa puede causar desigualdad. ¿Cómo evitar este resultado?

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Evidentemente, la prédica de la solidaridad no será eficaz, la intervención del Estado podrá ser negativa, y alguien o algo debiera impedir que los bienes comunes en cuestión sean apropiados por una de las partes. La mejor solución es el autogobierno, o sea, la formación de un tribunal imparcial que resuelva racionalmente los conflictos de intereses entre las partes. Esta es la solución que propuso Elinor Ostrom (1990) y que le valió el Premio Nobel de economía de 2009.

Semejante autogobierno de recursos compartidos no es utópica, sino que viene siendo practicada desde el año 960 en la provincia de Valencia (Giner Boira 1969). Este tribunal es una empresa de gestión colectiva que se ha reunido semanalmente sin interferencias políticas. Al constituirse y renovarse, el Tribunal de las Aguas de Valencia antepone la igualdad a la libertad, lo que corrobora el principio “La igualdad precede a la libertad y a la solidaridad.” (Bunge, 2009).

El que este principio sea rechazado tanto por los autodenominados libertarios de izquierda o anarquistas como por los de derecha o republicanos, sólo sugiere que estas ideologías no respetan los hallazgos de la ciencia social. Tampoco los respetan los marxistas, quienes jamás han imaginado experimentos para poner a prueba sus hipótesis, pese a lo cual se han apoderado de la expresión ‘socialismo científico’.

Lo que hemos dicho sobre libertad sin igualdad también vale para igualdad sin libertad y para solidaridad sin igualdad ni libertad. Ello se confirma pensando experimentos en los que un grupo de agentes sociales se sujeta a dos de los mandamientos de la triada “Libertad, igualdad, solidaridad”. No es casual el que esta triada sea más prestigiosa y practicable que cualquiera de sus componentes individuales.

Hace un rato nos ocupamos de la precariedad de la libertad sin igualdad ni fraternidad. Veamos ahora qué pasa con la igualdad a secas. Tampoco es éste tema de utopía, ya que la practicó en Camboya el régimen de los jmeres rojos encabezados por Pol Pot, con el apoyo estratégico del gobierno norteamericano de Nixon y Kissinger. El objetivo de este régimen era imponer la igualdad por la fuerza, mediante la ejecución de todas las personas que sobrepasasen los bajos promedios característicos de una sociedad rural. Es sabido que este intento fracasó, y que se lo recuerda como un atroz genocidio guiado por una ideología primitiva y cruel. En resumen, la igualdad a palos es insostenible tanto teórica como políticamente.

¿Qué sucede con el comunitarismo, o el ideal de la solidaridad o responsabilidad social del individuo? No parece practicable, ya que la práctica de la fraternidad involucra sentimientos de hermandad y generosidad, que no son fáciles de despertar ni de controlar. No es casual el que el comunitarismo fuese propugnado por unos pocos filósofos idealistas como Hegel, quien también fue  estatista. (Recuérdese su tesis “El Estado es la sombra de Dios sobre la Tierra.”)

Dejaremos para otra ocasión el tema de la administración del Estado, que algunos consideran un bien común y otros un mal común. Baste recordar que los bienes mostrencos pueden ser arrebatados por bandidos, que todo grupo social tiene que ser administrado, y que la promesa del marchitamiento gradual y automático del Estado no tiene más fundamento que la promesa de vida eterna.

BIBLIOGRAFIA

Bunge, Mario. 2009. Filosofía política. Barcelona, Buenos Aires: Gedisa.

Giner Boira, Vicente. 1969.El Tribunal de las Aguas de Valencia: 960-1960. Valencia: Javier Boronat.

Hardin, Garrett. 1968. The tragedy of the commons. Science 152: 1234-1248.

Ostrom, Elinor. 1990. Governing the Commons. Cambridge: Cambridge University Press.

1 Comment
  1. Julio Loras Zaera says

    Supongo que este texto es solo un guión de otro más extenso y detalladamente argumentado, por su esquematismo incapaz de convencer a nadie medianamente quisquilloso. Con todo mi respeto a Bunge, a quien admiro.

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