Podemos y nosotros, que nos (des)ilusionamos tanto

  • Ni los más fervientes detractores pueden negar el terremoto que la aparición de Podemos ha supuesto para el sistema político

Diego Pacheco

Incluso los nada entendidos, los que como yo cuentan con Sheldon Cooper como principal acercamiento a la física cuántica, sabemos de la teoría de la relatividad y que el tiempo depende del movimiento. Hace 5 años, en 2014, un equipo de físicos alemanes pudieron probar con bastante rigurosidad cómo el tiempo se mueve más lento a través de un reloj en movimiento que a través de uno fijo. De otro experimento del mismo año, este político y bajo el nombre de Podemos, sacamos una conclusión similar sobre la relatividad del tiempo: estos 5 años no han sido, ni de lejos, sólo 5 años.

Quizá por eso, y aunque las efemérides nos inviten de cierta manera a hacerlo, deberíamos poner en cuarentena los análisis. Aún nos falta, al menos a mi me falta, distancia para analizar en su justa medida un proceso que aún no ha terminado. Máxime cuando la situación política general y la situación interna actual de Podemos nos puede empujar a olvidar los avances y centrarnos en las críticas, lo que sería además de injusto, peligroso.

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Ni los más fervientes detractores pueden negar el terremoto que la aparición de Podemos ha supuesto para el sistema político. Su entrada en las europeas fue el primer golpe que cambió el sistema bipartidista clásico y controlado por el sistema multipartidista actual y por controlar, sus campañas fueron reflejo de cómo se había conseguido enganchar a una generación “apartidizada” al juego institucional y las decisiones orgánicas de aquella maquinaria de guerra electoral trazaron cambios en el modelo de partidos políticos (en la relación dirección-seguidores, en la participación interna, en la transparencia financiera o la gestión de las diferencias) que han afectado más allá de la propia organización, aunque no siempre para bien.

Además, la propia existencia de un grupo a la izquierda del PSOE con la fuerza de Podemos y su vocación de gobierno ha alterado el devenir político reciente. Palabras proscritas como renta básica o proceso constituyente empezaron a normalizarse, otras como casta se volvieron parte de la discusión popular y, desde entonces, los movimientos institucionales más importantes – el impasse tras las elecciones del 20N y su desbloqueo en Ferraz, la moción de censura o los recién presentados presupuestos – han tenido siempre en Podemos un actor protagonista. Incluso han tenido un papel menos evidente, pero no menos importante (quizá aún por revelar) en movimientos tectónicos de la política actual: si el conflicto territorial entre Cataluña y el estado tiene algún atisbo de luz en el horizonte es, en parte, gracias a que Podemos ha mantenido durante todo este tiempo una posición compleja en un momento que la complejidad no era recompensada electoralmente, igual que si el auge de las ultraderechas populistas se ha dado en un formato diferente, a destiempo con Europa y tras la implosión corrupta del partido único de la derecha de gobierno, probablemente es, también en parte, por el hueco que primero el 15M y después Podemos ocuparon en el mapa del descontento social.  Pero, con todo, la pregunta permanece: ¿era esto lo que buscábamos?

Se lo oí muchas veces a Alberto San Juan cuando coincidimos en el Consejo Ciudadano de Madrid: “Yo no quiero una élite política que me gobierne mejor, yo quiero participar”. Quizá lo recuerdo por lo que entroncaba con lo que viví en el 15M y con lo que a mi me ilusionó de Podemos: esa capacidad de hacer ver que era el instrumento para participar incluso sin sentirse “político”, la perspectiva de cambiar el sistema con una propuesta que no quería ser un partido tradicional, que priorizaba el empoderamiento ciudadano sobre la propaganda electoral, que innovaba en mecanismos de inclusión y participación para implicar a más gente de la habitualmente “política”, que se ponía controles a si misma para no acabar siendo un partido más o para que sus dirigentes que no fueran unos políticos más. Una fuerza que, más que política, era politizante. Una fuerza que ahora no reconozco en ningún lugar.

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Podemos es ahora, para bien y para mal, parte del paisaje político. Mantiene ciertos elementos diferenciadores como una transparencia financiera que sigue siendo aplaudible, pero el resto de distinciones se han ido diluyendo y la capacidad de establecerse fuera del establishment como un espacio político diferente, más abierto y participativo es ahora una cuestión de fe más que de constatación real.

No supimos aprovechar la victoria que más a mano teníamos, la capacidad de que el nuevo patrón de partido político que estábamos tejiendo sirviera para desplazar poder desde los aparatos internos de los partidos hacia formas de participación más abiertas. Se decidió recorrer los caminos ya andados y eso tiene un coste: si el modelo de partido tradicional es efectivamente un modelo agotado para el ciclo que se sigue abriendo, Podemos, aun habiendo tenido la posibilidad de ser lo primero de lo nuevo, acabará siendo lo (pen)último de lo viejo.

Además esto ha ayudado a acrecentar varias dolencias comunes a los partidos políticos que dificultan tareas cruciales para cualquier proceso de cambio: la credibilidad en la honestidad política (que los vaivenes discursivos han dejado tocada), la capacidad de aprehender la realidad (que la institucionalización y endogamia interna dificultan) y la capacidad de interpelar más allá de los convencidos (que el desplazamiento discursivo desde el eje arriba-abajo, democracia-régimen, hasta el eje izquierda-derecha imposibilita).

Al contrario de lo que pudiera parecer, no es una crítica en una dirección concreta o a personas concretas. Al final, sobre todos cae el insulto. Sobre mí también. Yo también me he encerrado en una habitación a repartir puestos en listas y me he puesto excusas para hacer lo que no creía que había que hacerse, lo que hemos criticado en los demás: peleando demasiado el aparato y descuidando la cultura política que poco a poco ha ido transformando la inteligencia colectiva inicial, heredada de la movilización de 2011, en este idiota orgánico colectivo que ahora impera y que haríamos bien en no legar.

Ahora cumplimos este quinto aniversario con los resultados de Andalucia en el retrovisor y la vista puesta en un ciclo electoral con el viento en contra. No tengo nada claro que acabará pasando. Discrepo de los profetas del desastre y de los aplausómetros internos incapaces de ver un metro por delante de si mismos. Generalmente, en estos 5 años, más que en grandes debates dentro, he encontrado un feeling más cercano a la realidad en las conversaciones fuera, en el trabajo, con la familia o los amigos de siempre. Y aunque el primer problema táctico sea el número de votantes en mayo, intuyo que deberíamos mirar más allá en los porqués de los votantes y los no votantes. Hablando con ese afuera no sé cuántos acabarán votando a Podemos, pero tengo claro que ninguno lo hará con la ilusión de 2014/2015. Puede que eso sea madurar e inevitable, puede que sea ley de vida o ley de hierro, pero, en todo caso, creo que es una ley que tenemos que cambiar para poder mantener una propuesta con capacidad de asumir el siglo XXI. Nos va el futuro en ello. Y tenemos que poder.

Porque la pregunta sigue siendo pertinente. Pero igual que nos sirvió hace cinco años para salir a cambiarlo todo ahora nos puede caer encima como una losa… “¿Cuándo fue la última vez que votaste con ilusión?”

Diego Pacheco es informático, ha sido parte en varios equipos de participación y organización dentro de Podemos y ha sido miembro en diferentes órganos como el equipo técnico que preparó la primera asamblea ciudadana de Vistalegre o el primer Consejo Ciudadano de la Comunidad de Madrid. Actualmente no mantiene ninguna relación orgánica con Podemos.