Que lo normal no quite lo valiente

  • ¿Es “lo normal” que ciertos empresarios intenten pagar menos a sus trabajadores o escatimar impuestos, o es que lo hacen en su propio interés?

Rita López Panach

Si tuviera que escoger entre todas las virtudes políticas una sola, creo que elegiría el esfuerzo por meterse en la piel de aquellos situados en las antípodas políticas, y desde allí intentar encontrar razones que no resulten ridículas o malintencionadas para pensar o actuar de tal manera al margen de estereotipos. Es por ello que admiro la intención de Santiago Alba en su reciente artículo La tendencia y la normalidad: la vuelta del machismo, en el que trata de analizar las razones de un posible resurgimiento de cierto machismo orgulloso de serlo, en un momento en que creíamos estaba retrocediendo.

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No obstante, algunos de los asuntos tratados en el artículo no acaban de convencerme y echo de menos una empatía similar hacia el movimiento feminista aunque, por supuesto, no nos contemos entre sus rivales políticos.

Al leer el artículo, una de las cosas que más me llama la atención es el uso del término “normalidad” al margen de los conceptos de “interés” o “conveniencia”. ¿Es “lo normal” que ciertos empresarios intenten pagar menos a sus trabajadores o escatimar impuestos, o es que lo hacen en su propio interés?, ¿es “lo normal” que personas utilicen sus situaciones de privilegio sobre otras en su beneficio, o se trata de la conveniencia? ¿Y habría que esperar a que las personas que están en situación de privilegio abandonen esta posición y reequilibren la balanza por mor de la bondad, la justicia y la sensatez? ¿Pero entonces, qué hacemos si esto tarda desesperadamente en llegar? (Resulta muy duro corroborar que prácticamente todas las mentes más admirables de nuestra historia entregadas en cuerpo y alma a la lucha por la justicia y la igualdad social, hayan excluido sistemáticamente a la mitad de la población durante siglos y siglos). Si tarda desesperadamente en llegar, mientras tanto, ¿no es tan siquiera posible afearles la conducta?

La mayoría de los feminismos que hoy en día son tachados de represores, manipuladores y autoritarios esto es lo único que hacen: afear conductas y señalar con el dedo muchas cosas que aún se hacen muy mal (igual que siempre han hecho los sindicatos o la prensa libre sobre otros temas). No ponen bombas, ni pasan a cuchillo a nadie, ni abusan de la autoridad, pues ni siquiera la tienen como para poder abusar de ella. Pero a nadie le gusta que le digan lo que hace mal, y mucho menos las amigas, las amantes, las hijas; gente que debería querernos y no criticarnos. La gran dificultad del feminismo es que la mayoría de las veces  tiene que reivindicarse frente a la gente que quiere.

En este punto llega la frase más controvertida, creo, del artículo: “El odio machista se puede interpretar como una defensa personal frente a una verdad a cuya altura no logramos estar”.

¿Pero qué sucede cuando alguien no está a la altura de comprender muchas otras verdades? Por ejemplo, la de que es necesario pagar impuestos para reequilibrar las desigualdades sociales, o la de que no puedo cobrarme la justicia por mi mano. ¿Cuándo ha ido ningún prudente pensador a socorrer, justificar, o a tratar como víctimas a los que “tardan” en aceptar estas verdades?, ¿y cómo juzgaríamos en otros contextos a los que pospusieran indefinidamente abolir la esclavitud, o permitieran con condescendencia el abuso ejercido sobre los más pobres con la compra-venta de cualquier servicio?

Evidentemente, en todas las luchas sociales siempre ha habido un porcentaje de consignas gritadas desde la víscera, mucho comportamiento futbolero. Todos hemos oído (e incluso dicho) aquello de “¡putos fachas!” o cosas mucho peores, que seguramente no hayan sido muy útiles para convencer a los señores de la derecha para abandonar sus opiniones y unirse a nuestras reivindicaciones. En todos los activismos políticos hay gente más vehemente que dice las cosas de peor manera y piensa que a los rivales políticos ni agua, y otra que alberga esperanzas de cambio a través del razonamiento y el diálogo.

A los pensadores y a los teóricos les toca estar siempre, en la medida de lo posible, entre los segundos. La teoría que da sustento a cualquier ideología o lucha social debería siempre alejar su mirada de los individuos concretos que hacen las cosas de una u otra manera, y centrarse en cambio en los argumentos. Pero no hay que rasgarse las vestiduras porque en sus comportamientos individuales haya gente enfadada que mida menos sus palabras.

Siempre va a haber “fachas” insultantes e insultados, feministas que digan barbaridades o cosas sensatas, y pancartas que señalen supuestos crímenes que, por fortuna, solo serán juzgados en tribunales. El problema es cuando en lugar de debatir sobre feminismo, desviamos la cuestión desde los argumentos “de verdad” hacia argumentos “ad hominem”, como cuando se desprestigia o se califica de elitista el discurso de las que hablan de prostitución siendo universitarias o sobre el velo islámico sin ser musulmanas. No es elitista discutir con argumentos sobre la existencia de la prostitución aunque nosotras no seamos prostitutas, igual que no lo es discutir aspectos de las reformas laborales aunque no seamos obreros.

Todos sabemos que cuando discutimos sobre la necesidad del derecho a la vivienda es tramposo hablar de quien la reivindica y de sus acciones (los escraches), en lugar de hablar sobre el derecho a la vivienda. Pero por alguna extraña razón, el feminismo es el único argumentario que para muchos es legítimo solo porque alguna vez alguna mujer haya hecho bandera de él independientemente de lo que diga. Se entiende más como un posicionamiento individual frente al mundo que como un entramado teórico complejo de razonamientos y argumentaciones que, por supuesto, se pueden y se deben rebatir. Y donde unos argumentos pueden ser más válidos que otros.

No existe un feminismo legítimo por cada tipo de mujer que existe (el feminismo de las que quieren criar y cuidar, el de las que quieren que sea el Estado el que cuide, el de las que quieren ponerse velo, el de las que quieren ponerse pecho, el de las que dicen “yo sí te creo”, el de las que no lo dicen…), aunque cada una de las conductas individuales sean legítimas, ¡faltaría más! Lo que sí existe es un lugar común (el mundo) en el que el comportamiento de unas nos afecta a todas (igual que el comportamiento de los que consumen mucho combustible afecta al planeta entero) y, por tanto, es necesario poner en diálogo y confrontar unos argumentos con otros para poder entender cómo la defensa de ciertas libertades puede acabar con los derechos de otras, o cómo la aceptación de ciertas situaciones como “normales” puede acabar acarreando mucho sufrimiento e injusticia para otras.

El feminismo, como decía más arriba, lo tiene muy difícil porque pone y debe poner en cuestión lo entrañable del recuerdo de las costumbres entre las que crecimos, debe hacer caer del pedestal a aquellos de nuestros mayores que nos enseñaron tantas cosas, debe exigir cambios a las personas que amamos. Aquel que decía amar más a la verdad que a sus amigos -amicus Plato sed magis amica veritas- quizá lo dijo un poco a la ligera, pues ahora sabemos bien lo difícil que es comenzar a poner ciertos debates sobre la mesa cuando se hace contra los propios afectos y querencias más básicas.

Quizá por eso hemos tardado tanto tiempo en llegar hasta aquí, y quizá también por ello aún nos quede tanto camino. Poco a poco, conscientes de esta gran dificultad, muchas mujeres hemos empezado a apoyarnos unas a otras, y algunas, más valientes, incluso han encabezado movimientos que han hecho sentirse arropadas a muchas más.

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Muchas otras, por supuesto no han querido o no han podido salir de lo que en el artículo citado se llama su “zona de confort”, pero no entiendo cómo pudiera perjudicarles en alguna medida que otras lo hayan hecho, ni encuentro plausible que nadie haya podido obligarlas a hacerlo.

Ni que decir tiene que hemos discutido muchísimo entre nosotras (no es elitista ni sectarista discutir, ni tampoco creer tener razón), porque el camino no estaba trazado de antemano, y porque solo si enfrentamos las razones de unas y otras podremos llegar a encontrar un marco donde el mayor número de derechos y libertades simultáneos sea posible.

Muchos hombres también han empezado a apoyarnos, aunque ciertamente también ha sido muy triste ver como tantísimos se han soliviantado, indignado o sentido heridos en el orgullo incluso entre los más cercanos. Critican nuestras maneras, o nos piden paciencia, o nos dicen que no representamos a todos los “tipos de mujer”, o que con nuestro comportamiento estamos destrozando la causa misma, como si todos estos “defectos” no fueran consustanciales a cualquier lucha social y en otros casos no tuvieron tantos reparos para abrazarlas.

En esa actitud de tantos hombres, amigos algunos, aparte de la crítica más o menos certera según el caso, es facilísimo percibir dos tipos de resistencia:

Una que podríamos llamar corporativista, de clase o de empatía con el semejante, en la que todo hombre se siente aludido de alguna manera ante la crítica solo por el hecho de ser hombre. No les ocurre a los hombres blancos no racistas cuando se habla de racismo, donde tienen claro que no se está hablando de ellos, pero sí les ocurre cuando se habla de machismo. Este malestar ante la crítica impide a muchos hombres abordar el debate con objetividad, y tienden a matar al mensajero antes de detenerse a leer el mensaje.

La segunda resistencia procede, creo, de esa “normalidad” que en el fondo es conveniencia. Dejando aparte a los que evidentemente salen favorecidos por el reparto desigual de las cosas y no tienen ganas de que esto cambie, también en otros, mucho mejor intencionados, podemos encontrar una importante inercia que opera como resistencia a cambiar las cosas. Inercia perezosa por tener que poner entre las prioridades de la agenda algo no previsto, y tan arduo e imposible como un mundo igualitario, cuando estábamos tan entregados a pensar en otras cosas que ya nos tenían muy ocupados. Pues lo cierto es que para abandonar el patriarcado, habría que poner el mundo tan patas arriba, que prácticamente habría que empezar desde cero y todos dejar de hacer lo que ya veníamos haciendo.

Para comenzar por reconocer, remunerar y repartir los cuidados al nivel que ya hace mucho están reconocidos y remunerados otros trabajos, haría falta dar la vuelta al sistema económico entero y renunciar a muchísimos de los alicientes de la vida actual. Para comenzar a tener relaciones sexuales libres y desde la igualdad, habría que acabar antes con la desigualdad y la dependencia económica y moral de unos con respecto a otros a nivel mundial. La tarea se presenta ingente y, precisamente por ello, algunas pensamos que no hay un minuto que perder. Y todo sería mucho más fácil si los hombres (empezando por los amigos) hicieran un esfuerzo valiente contra la normalidad y la inercia, para amar tanto a las amigas como a la verdad.