Resacas de Santa Valentina: ¿de qué hablamos cuando hablamos de amor?

  • En la adolescencia, yo no creí que nadie quisiera celebrar San Valentín conmigo, no creí que nadie quisiera “celebrar el amor” conmigo
  • La heterosexualidad obligatoria atraviesa nuestros cuerpos sin escrúpulos: se da por hecho que somos heterosexuales, que tenemos que parecer heterosexuales y que tenemos que ajustar nuestros cuerpos a un deseo que nos es y no propio
  • El problema de las representaciones mediáticas en torno al amor es que no son plurales, todas ponen en el centro el amor en pareja

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El amor es subjetivo y abstracto. Es una emoción difícil de definir dado que, además, no podemos pensar y sentir en el vacío. El amor está inevitablemente mediado por representaciones y rituales sociales que lo fijan y concretan en un único sentido, lo que Brigitte Vasallo definiría como amor Disney: un amor que jerarquiza y pone en el centro las relaciones de pareja y monógamas que son vistas como refugio y como promesa de felicidad e igualdad. Un amor, a fin de cuentas, cargado de desigualdades, toxicidades y dependencias donde competimos por el reconocimiento del otre (nuestra/s pareja/s) y del nosotres (como pareja).

Lo que nos compromete con estos malestares es, precisamente, el peso y valor que estamos otorgando a las relaciones de pareja (sean exclusivas o no). Este amor Disney nos hace sentir emociones que entendemos como buenas cuando se cumplen las expectativas que depositamos en el otre y en nuestra pareja, pero, en el fondo, es profundamente doloroso. Cuando nos propusimos hablar sobre San Valentín este febrero, pusimos encima de la mesa distintas experiencias que nos gustaría compartir con vosotres:

Recuerdo cuando caía en la ritualización del amor “de película”, incluyendo al guaperas cishetero. Que me regalase te quieros bajo las estrellas, encendiera unas velas, o me preparase un café todas las mañanas. Sentía que San Valentín cumplía con sus promesas. La  típica noche de amor hetero, como más te quieros o cualquier otro valor económico o emocional añadido: el “detalle que marca la diferencia” con la que se frota las manos El Corte Inglés. Ahora he cambiado de película (esta es de Netflix): celebramos santa valentina transfeminista, aparecen nuevas protagonistas y nuevos escenarios para el amor. ¿Y las ritualizaciones? Mejor que no haya te quieros bajo las estrellas, ni velas, ni cafés por las mañanas, ni ningún otro detalle con el que El Corte Inglés pueda frotarse las manos. Pero necesitamos y deseamos ese algo que marque la “diferencia”. Y aquí estamos celebrando el amor no-romántico (o como queramos llamarlo) y las no monogamias cada 14 de febrero.”

En la adolescencia, yo no creí que nadie quisiera celebrar San Valentín conmigo, no creí que nadie quisiera “celebrar el amor” conmigo. La heterosexualidad obligatoria atraviesa nuestros cuerpos sin escrúpulos: se da por hecho que somos heterosexuales, que tenemos que parecer heterosexuales y que tenemos que ajustar nuestros cuerpos a un deseo que nos es y no propio, porque el sentimiento es muy real y muy corporal pero está irremediablemente mediado por lo social.

Me pasé años fingiendo que esas cosas del amor no me interesaban lo más mínimo. No me maquillaba, vestía ropa ancha… Vamos, como ahora, pero desde otro lugar más doloroso. Mi motivación en aquel entonces era que no me sexualizaran e identificaran como una mujer al uso para, acto seguido, pensar: “qué asco, está gorda” o “mira cómo lo intenta”. Sin embargo, también quería ser la protagonista de mis fantasías que, curiosamente, eran calcos de las de mis amigas.”

Cuando con doce años te das cuenta de que te molan las tías y en el momento en el que además de gustarte se nota por las pintas de marimacho, el San Valentín se desvanece. No me jodía saber que era bollera, me jodía que el resto de niñas de mi edad no supieran o dijeran que ellas tb lo eran!

¿De quién me iba a enamorar? ¿Quién me iba a regalar bombones y flores? ¿Quién me dejaría una nota en el pupitre que dijera “me gustas”? Ya os lo digo: nadie. Ellos no me miraban por ser una camionera. Y, sinceramente, eso que nos ahorrábamos tanto ellos como yo. Y ellas.... Ay, ellas. Ellas me pedían consejo para ver qué escribirle al chico que les gustaba.

Y así pasaron los San Valentines desapercibidos en mi vida. Ahora con veinti-equis sigo casi igual. Enamorándome de heteros, sin flores, sin bombones y sin notas en el pupitre. Lo bueno es que ahora puedo contarlo en un periódico.”

Yo era pequeña y no sabía lo que era santa Valentina. Pero un buen día de tortura colegial, Paco se le declaró a María. Dada la precariedad de nuestro bolsillo infantil, hizo uso de una etiqueta de cartón de unos zapatos de su padre que se abría como un librito. Dentro, en el espacio que quedaba entre “MADE IN MORDOR” y el símbolo del cuero, ponía “te quiero”. Yo quería mucho a Paco, éramos muy amiguis. Así que nunca entendí muy bien porque a mí nunca me llegó a mandar una felicitación. Esto solo fue el inicio de muchos febreros sin correspondencia.

Todos los seres identificados como “niños” que han sido mis amigos han terminado haciéndole un “Singing in the rain” a la acera esperada. La heteronorma nos cría y la desviación nos junta. Así que, después de Paco, vinieron muchos más. Pero el más especial fue y es Roberto. Siendo adolescentes celebramos nuestro primer y último día de santa valentina: el de la amistad y el cuidado que nos teníamos. No sé si nos regalamos etiquetas de zapatos, pero lo que sé es que nuestros tacones siempre volaron lejanos, acompañados de muchas personas que se han ido cruzando en nuestro camino y sumándose a esta revolución de amar más allá del tito Disney.”

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El problema de las representaciones mediáticas en torno al amor es que no son plurales, todas ponen en el centro el amor en pareja y regulan nuestros deseos y relaciones, establecen los marcos de lo posible. Pero, por supuesto, podemos vivir y sentir de otras maneras. Para nosotras, santa valentina (porque así debería llamarse), debería servir para visibilizar otras formas de amar y de celebrar el amor y desestabilizar y rebajar el poder de la noción de pareja al uso.

Santa Valentina es poliamorosa, practica los cuidados y promulga, según el “Nuevo Libro” (que bien podría llamarse quiere a tus amigas y a ti misma), otras formas de amar. A santa valentina parece no costarle la cruzada contra la monogamia. Afortunadamente sabemos que entre creer y ser practicante hay un trecho… Por esto, desde aquí queremos lanzar a First Dates (uno de estos programas que sostiene que tener pareja es nuestro objetivo amoroso a alcanzar) nuestra propuesta para pluralizar las representaciones del amor:

¡First Dates tira la casa por la ventana y el amor monógamo por el retrete! Para el especial santa Valentina tendrá lugar la primera edición poliamorosa. Para ello han adquirido la mesa de la Última Cena en Muebles Evangelio. Aunque avisamos, es probable que la velada trascienda los límites del mobiliario, ya que sus invitades mantendrán conversaciones tirades en el suelo haciendo la croquetilla (vegana), que aquí todo es horizontal, desde los vínculos hasta los bodies.

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