El Frente de Todos, una política del encuentro ante la emergencia de la coyuntura

  • "Esta alianza coyuntural en Argentina está motivada por esa particularidad del peronismo de agrupar voluntades dispersas en un único frente"
  • "El paso al lado de Cristina Fernández en favor de Alberto Fernández es el primer movimiento de una reconfiguración política del peronismo en su conjunto"
  • "Lo más seguro es que Macri sea derrotado y, por lo tanto, deba abandonar la presidencia cargando sobre sus espaldas un país en ruinas"

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Manuel Romero Fernández

Al igual que en el artículo anterior, en el que se intentaba trazar una breve cartografía del peronismo, este artículo abrirá con un acontecimiento inédito en la política argentina: la presentación de la fórmula Fernández-Fernández para concurrir a las elecciones presidenciales del próximo 27 de octubre. A diferencia del peronismo, cuyo alcance histórico puede ser medido por la distancia temporal que nos separa de su surgimiento, el lugar que le deparará la historia al Frente de Todos es todavía una incógnita, aunque todo apunta que en las décadas que vendrán se estudiará como una pericia política y un ejercicio de responsabilidad histórica con el pueblo argentino.

El día 18 del pasado mes de mayo a primera hora de la mañana se publicó un vídeo que provocaría la conmoción de la nación Argentina en su conjunto. Los sentimientos que despertó en la mayoría de la población probablemente viajaban en direcciones contradictorias, y otra parte, sencillamente, no sabían bien que les evocaba aquel anuncio. Entre las filas de la oposición se debatían entre la sorpresa causada por la astucia, el miedo por cómo este movimiento cambiaba el mapa político-electoral de cara a las elecciones, y el odio, siempre latente entre los detractores del kirchnerismo, por el retorno de Cristina Fernández a una fórmula presidencial.

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En el anuncio, que es una sucesión de imágenes de archivo acompañado por una narración con la voz en off de Cristina Fernández, la ex-presidenta dice tomar en serio por fin una máxima peronista, tantas veces invocada como incumplida, que dice aquello de: “primero la patria, segundo el movimiento y, por último, los hombres”, aunque en este caso, adaptándola a la coyuntura y permitiéndose una licencia feminista, será: “primero la patria, segundo el movimiento y, por último, una mujer”. Con esta afirmación Cristina Fernández de Kirchner, contrariamente a lo que todo el mundo esperaba, incluido (o sobre todo) sus rivales, se desplaza del centro de la escena dando paso como candidato a la presidencia a Alberto Fernández. Y así es como se consolida la fórmula electoral Fernández-Fernández.

Quizás sería más sencillo, aunque no menos confuso, intentar explicar la fórmula del Frente de Todos como una yuxtaposición de agrupaciones políticas, más comúnmente conocido como una sopa de siglas, pero estaría faltando a la verdad. Considero que esta alianza coyuntural está motivada por esa particularidad del peronismo de agrupar voluntades dispersas en un único frente, haciendo caso a ese aforismo que tanto gustaba utilizar a Lenin de “marchar separados, golpear juntos”. Lo que intento decir con esto es que la virtud de esta intersección política no se debe, o no exclusivamente, a la suma de grupos de electores disgregados por los rincones de Argentina, es decir, a una acumulación cuantitativa de votos, sino a una reconfiguración del espacio político que busca ofrecer un gobierno de garantías a un pueblo que ha sido duramente golpeado por las políticas de saqueo de Mauricio Macri. Aquí aparecen, además de los partidos, dos actores de mucho peso en el escenario político argentino: los movimientos y los sindicatos, de los cuales se hablará de manera muy breve en este artículo.

Para comenzar con las intrigas palaciegas del Frente de Todos habría que hacerlo por el gesto más destacado, el que más ha sorprendido por su radicalidad estratégica, el ardid de Cristina Fernández con su consecuente desplazamiento a la vicepresidencia. Cristina Fernández, presidenta de Argentina desde 2008 hasta el 2015, es el factor aglutinador por excelencia a la vez que el mayor elemento de dispersión. No es necesario conocer en profundidad la historia política de la última década en Argentina para saber que la figura de Cristina Fernández de Kirchner (CFK) proyecta un fuerte aura de polarización. Ya en las pasadas elecciones relegó su puesto a Daniel Scioli, ya que la ley electoral únicamente permitía una reelección, y su partido terminaría perdiendo. Pese a esta retirada parcial, dos años más tarde volvería a concurrir como candidata a senadora con la colación electoral Unidad Ciudadana. Ahora, en 2019, cuando una gran mayoría creía que Cristina volvería a aspirar a presidir el país, ella tomó la decisión de apartarse. Este paso al lado en favor de la figura de Alberto Fernández es el primer movimiento de una reconfiguración política del peronismo en su conjunto.

Alberto Fernández es un profesor de derecho que porta el arquetipo de conductas que cualquiera esperaría de un profesor de derecho, es decir, un hombre prudente y moderado, del que todo el mundo habla como alguien que acostumbra a operar en la retaguardia, un hombre que se dedica a tejer redes y no a exponerse y defender posiciones públicamente. Su militancia es de largo recorrido, sin embargo, el efecto de la decisión de ubicarse como candidato a la presidencia va más allá de sus méritos académicos o políticos. Desde que Néstor Kirchner accedió a la presidencia en el año 2003, Fernández ejerció como su jefe de gabinete, el momento de la ruptura llegó pocos meses después de que Cristina Fernández tomara el relevo a Néstor en la presidencia de Argentina, en el año 2008. El desacuerdo con algunas de las medidas implementadas por CFK, fundamentalmente el conocido conflicto con el campo, le empujó a distanciarse de la primera línea de la política y formar parte del sector crítico del gobierno. Diez años más tarde, ya en el 2018, hubo un reencuentro entre ambos, en el que Alberto Fernández espetó la frase: “todos los peronistas tenemos que entender que con Cristina no alcanza, pero sin Cristina no se puede”. Leído retroactivamente podemos encontrar alguna pista de lo que iba a suceder un año y poco después, para las PASO de 2019.

Si bien la reincorporación de Alberto y, por ende, el encuentro con Cristina bajo el paraguas del Frente de Todos es el movimiento más destacado, no es el único, hay otros actores fundamentales que se sumaron después de hacer pública la fórmula. Es el caso de Sergio Massa. El actual líder del Frente Renovador fue quien tomó el relevo a Alberto Fernández como jefe de Gabinete de Ministros después de que este último decidiera dejar el cargo. Massa abandonó el partido en el año 2013 creando su propia corriente y adhiriéndose a la coalición electoral del Frente Renovador, un compendio de partidos peronistas de derechas enfrentados con el kirchnerismo. Massa es una pieza fundamental del puzzle con el que se concurre a las elecciones del 27 de octubre. En el año 2015, en las mismas elecciones que salió victorioso Mauricio Macri en segunda vuelta, Massa obtuvo el tercer lugar con más de cinco millones de votos. Es, insisto, una figura clave para comprender lo que ocurre hoy, la convergencia de la heterogeneidad del peronismo en una fórmula electoral.

No obstante, como he mencionado anteriormente, no bastaría con hacer una analogía de la política argentina como un tablero de ajedrez en el que los diferentes actores individuales planean estratégicamente su jugada. Dos de los resortes de la sociedad argentina que gozan de una enorme capacidad de movilización son los sindicatos y los movimientos sociales. Los sindicatos mayoritarios, la Confederación General del Trabajo (CGT) y la Central de Trabajadores Argentinos (CTA) -este último ahora integrado en la CGT resultado de este momento de comunión-, han brindado su apoyo público a la candidatura encabezada por Alberto Fernández. Movimientos y organizaciones sociales, como La Cámpora, cuyo líder es Máximo Kirchner, hijo de Néstor Kirchner y Cristina Fernández, el Movimiento Evita o Patria Grande, por citar a algunos con más raigambre en Argentina, también secundarán al Frente de Todos en su andanza electoral. Es evidente que en el interior de los movimientos hay diferencia de opiniones entre los múltiples espíritus que lo componen. Puede que muchos de ellos se sientan incómodos con esta candidatura, incluso que les sea difícil reconocerse en una fórmula tan heterogénea, sin embargo, hay algo más importante que le permite limar sus aristas y renunciar a conservar su pureza ideológica incólume: la necesidad apremiante de expulsar a Macri del sillón que ocupa y volver a hacer una política para la mayoría de la población Argentina.

Que esta fórmula inédita es una idea exitosa se demostraría muy poco tiempo después, cuando las primeras encuestas vaticinaban una derrota del macrismo por apenas unos puntos. Y se consumó el día 11 de agosto, con la celebración de las elecciones primarias (PASO), cuando el Frente de Todos, superando todas las expectativas, entre los nervios y la expectación de gran parte de la población argentina, obtuvo el 48% de los puntos frente al 31% de Cambiemos, lo que le otorgaría el triunfo en primera vuelta y haría innecesario el balotaje. Aún así, continúa siendo una incógnita para los analistas políticos el hecho de que, pese a las políticas de retroceso y empobrecimiento, el gobierno de Cambiemos ha retrocedido muy pocos puntos con respecto a las elecciones de 2015. De cualquier forma, aún nada es definitivo, todavía puede ocurrir algo en las próximas semanas que nos haga dudar de la inminente victoria de la fórmula Fernández-Fernández. Pero aunque esto es posible, no parece ser probable. Lo más seguro es que Macri sea derrotado y, por lo tanto, deba abandonar la presidencia cargando sobre sus espaldas un país en ruinas. Una Argentina que, no me cabe duda, con fuerzas de flaqueza hará frente una vez más a las tropelías del neoliberalismo.

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