Incertidumbre y estética de la relación

  • "Cuando trato de interrogar sobre aquello que sentimos ante el nuevo cambio de guion, la palabra que emerge con más fuerza es ‘incertidumbre’"
  • "La incertidumbre suele darse cuando el futuro es percibido como algo desconocido que amenaza la continuidad de la vida"
  • "Hay muchas covid-19 dentro de esta pandemia. Pero una responsabilidad común: la de disputar el sentido hoy, aquí, por aquello que sea el mañana"

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¿Cuándo aprendimos a tener miedo?
Adrienne Rich

Habitamos una lengua mutante. Juegos de palabras que cambian con el devenir de las semanas. Primero fueron “curva”, “contagio”, “confinamiento”, “letalidad”, “modelo chino”, “asintomático”, “distancia social”. Ahora parecen vislumbrarse nuevos vocablos: “desescalada”, “fase”, “crisis económica”, “franja horaria”. A cada giro lingüístico nuestras ansiedades se contonean, las preguntas arrecian, y todo se vuelve un poco más confuso. Mudamos de piel, es decir, de términos, y con ello se nos diluye la pequeña identidad que somos, esa que hemos tenido que remendar (a la fuerza) entre cuatro paredes y cientos de videollamadas. Incluso la experiencia del tiempo se altera. Períodos excesivamente largos junto a cambios inesperados que sobrevienen de un día para otro. Se instala la necesidad de vivir en el presente, en el corto plazo. El futuro previsible no va más allá de unas pocas jornadas. Pero alrededor, en mí mismo incluso, cuando trato de interrogar sobre aquello que sentimos ante el nuevo cambio de guion, la palabra que emerge con más fuerza es “incertidumbre”. Y con ella, múltiples formas que la diseminan: inseguridad, vacilación, duda, desconocimiento, precariedad.

Es por ello que llevo días dándole vueltas a la necesidad política de repensar esta noción, de cara a garabatear algunos elementos que nos ayuden, en el seno del debate público, a tomar las riendas de ese sentimiento, no tanto como debilidad sino como potencia. Dispositivo para la creación colectiva y la imaginación rebelde. Absténgase, por tanto, de seguir leyendo aquellos coachers y "gurús de la resiliencia" que busquen debajo de estos argumentos recetas de mesa camilla (más o menos bienintencionadas) incapaces de cuestionar un orden injusto, cruel, insostenible y privativo de derechos.

Quisiera comenzar por la propia ciencia. Esa que en estos tiempos parece haberse colado en nuestras vidas de un modo tan decisivo. Pensar la incertidumbre desde su realidad creo que constituye un ejercicio edificante porque nos mete de lleno en la física de nuestras emociones, en la pura inmanencia del mundo donde estamos insertos, y quita peso a esa angustia existencial que nos corroe. Desde finales de los años veinte hasta nuestros días, con aquel principio de indeterminación del físico alemán Werner Heinserberg, se ha producido una “metamorfosis de la ciencia” (como la denominaron hace casi veinte años ya Ilya Prigogine e Isabelle Stengers) que, seguro, nos es familiar. Allí donde antes el centro de muchas investigaciones era el tiempo, las situaciones estables y las permanencias (salvando las ciencias sociales que desde sus comienzos situó el cambio social en el centro de sus preocupaciones), hoy el núcleo de los estudios se concentra en "lo que se transforma, los trastornos geológicos y climáticos, la evolución de las especies, las mutaciones de las normas que intervienen en los comportamientos sociales". La inestabilidad, la irreversibilidad, la aleatoriedad, los procesos de organización espontánea de la vida y las "estructuras disipativas", lejos de ser una periferia de lo real, son hoy el corazón de lo real. Y la covid-19 es un buen ejemplo de ello.

Nuestros científicos hace tiempo que lo saben y se debaten a diario con la incertidumbre, viven en ella. Mas, como el propio Prigogine nos recuerda, y creo que esta concepción puede tener una enorme capacidad movilizadora, la ciencia se abrirá a lo universal cuando sea capaz de mantener un diálogo con la naturaleza cuyos múltiples encantos sabrá entonces apreciar y con los hombres de todas las culturas, cuyas preguntas aprenderá a respetar. Me temo que no solo la ciencia tendrá que abrirse a ese horizonte, también nosotros mismos.

Ahora bien, ¿qué suele hacer con ese desasosiego el sujeto común, el ciudadano de la calle? Para responder a esta pregunta quizá merezca la pena echar un vistazo a eso que recientemente se ha denominado “antropología de la incertidumbre y la esperanza”, ese conjunto de miradas que intentan explicar tales sentimientos no como emoción individual, sino como práctica colectiva y generación de significado. Lo interesante de esta perspectiva es que nos ayuda a “desencializar” lo que nos pasa, y entender hasta qué punto eso tan interno forma parte de una dinámica más amplia (y compartida) en la que todos, lo queramos o no, estamos inmersos, si bien la posición socioeconómica es central. Para ello, me parecen iluminadoras las aportaciones de Sergio E. Visacovsky, quién estudiando las reacciones de la gente tras la crisis argentina del “corralito” a principios de los años dos mil, llegó a una conclusión que podría ser provechosa en nuestra actual circunstancia: "el futuro está en el presente".

Me explicaré siguiendo sus argumentos. La incertidumbre suele darse cuando el futuro es percibido como algo desconocido que amenaza "la continuidad de la vida", aquello que pone en jaque nuestras certezas y bloquea nuestras normalidades (sean éstas las que sean). Suele comprender situaciones diversas como crisis económicas y políticas, peligros ambientales, difusión de enfermedades, eventos críticos, etc. Frente a todo ello los grupos humanos, echando mano de sus concepciones, experiencias, marcos culturales, valores, capitales educativos, situaciones materiales, prefiguran ese mañana, lo definen, le dan sentido, tratan de hacerlo inteligible, anticipan sus efectos, y todo eso lo elaboran en relación a su propio presente. Intentan "gobernar las contingencias", responder ante lo inesperado, anticipar un futuro mejor, disolver la incertidumbre, y en ese mismo “intentar”, “anticipar”, “responder” y “disolver” (entendidas todas ellas como construcciones culturales sobre el futuro), se abren o se cierran las posibilidades de lo real. En otras palabras, el modo en como damos forma de manera dinámica al riesgo, al desastre, a la catástrofe, condiciona el perfil del futuro mismo. Estos días lo estamos viendo de manera diáfana en muchos países. Ante los distintos procesos de desescalada, ciertos grupos sociales pugnan, desde un punto de vista de construcción de sentido, por “gobernar la contingencia”. Los hay que anteponen eso que llaman “economía” (y que no es otra cosa que la retórica de acumulación capitalista en su fase neoliberal). Los hay que responden desde la “identidad nacional”. Los hay que ponen sus esfuerzos en el papel redistributivo del Estado. Los hay que echan mano de sus armas y toman un parlamento. Los hay que refuerzan los vínculos familiares, las redes de proximidad, los grupos de apoyo mutuo, la comunidad. En todos los casos (con sus gigantescas diferencias) se trata de encontrar agarres, sujeciones, que permitan asir alguna certidumbre, alguna seguridad. Pero en ese “buscar agarres”, se instalan ya las diferentes bifurcaciones históricas que harán posible recorrer o no ciertos futuros.

Y es justo aquí donde quiero llegar porque, visto desde otro prisma, la posibilidad de instalar bifurcaciones tiene un potencial liberador grande. Una suerte de “optimismo de la voluntad” en el sentido gramsciano. Si aceptamos esta hipótesis, se vuelve relevante dar una vuelta al modo en cómo estamos encarando socialmente esa incertidumbre, qué tipos de construcciones culturales hilan nuestras prácticas, cuántos fenómenos de esa excepcionalidad se harán permanentes y cómo podríamos componer otros sentidos y acciones distintas para que el mañana responda a criterios de equidad.

En este sentido, me parece eficaz recuperar aquella vieja idea del filósofo francés Edgar Morin para quién toda acción traduce una suerte de "ecología". La idea es sencilla, en un mundo dominado por la complejidad y la aleatoriedad (recordemos la “metamorfosis de la ciencia” que decíamos antes), a priori, cualquier acción pareciera que simplifica la realidad, que la subordina a ese mismo accionar, negando la propia imprevisibilidad que la constituye. Tomar partido por algo supondría, en cierta medida, “des-complejizar”. Sin embargo, toda acción es estrategia, es decir, no un programa predeterminado que ordena de manera total lo real, sino un ecosistema de posibilidades, una apuesta, un acontecimiento que se desborda a sí mismo. Incluso más allá, cuando se emprende una acción, ésta comienza a escapar a sus intenciones. Nuevamente podemos ver algunos ejemplos en este periodo de pandemia. Hasta hace menos de dos meses, hablar de Renta Básica, de blindaje del Sistema Nacional de Salud, constituían “anatemas” para la ideología neoliberal dominante en las principales instituciones políticas y económicas. Sin embargo, el simple hecho de enunciar y de proponer esa acción, esa estrategia, por parte de ciertos agentes, hizo que inmediatamente se movieran todas las piezas del tablero, y que se diversificara, expandiera y descontrolara a los ojos de las élites dominantes. Justo eso era lo interesante de la propuesta. Su potencial desestabilizador. Su capacidad confrontativa. Incluso en el caso de que finalmente no se pudiera alcanzar, su mera puesta en circulación fuerza el desplazamiento de sentido. ¿Qué quiero decir con todo esto? Pues una idea muy simple. Que, frente a la incertidumbre, estamos llamados a ser valientes, a no tener miedo a obrar, a luchar y disputar la arena pública todos los días con nuestras propuestas (entendidas como estrategias y ecologías del hacer). Constituirnos en seres actuantes que, como “gobierno de la contingencia”, tratan de prefigurar (en un sentido de justicia) los caminos del mañana aún a costa del conflicto y la tensión con quienes “agarran certidumbres” desde la exclusión y la insolidaridad. Tenemos algunos prototipos que lo avalan, entre los cuales podríamos citar el Plan de Choque Social, las huelgas del pago de alquiler, la organización de las trabajadoras del hogar durante la pandemia, los bancos de alimentos barriales… ¿sigo?

¿Y cuál podría ser la estrategia para que esas experiencias permanezcan y se amplíen, para que se desborden a sí mismas entre tanta angustia existencial? No soy tan soberbio como para pensar que tengo una respuesta. Ésta nacerá de la propia composición entre la gente, los grupos, los movimientos sociales, las organizaciones políticas, el entramado cívico que articula nuestra convivencia. Pero sí intuyo que, para quienes en mitad de esta locura desasosegante deseemos empujar en la dirección de derechos y libertades, alguna forma de eso que el poeta, filósofo y dramaturgo antillano Eduard Glissant llama "estética de la relación", será necesaria. En sus propias palabras: "Ninguna operación global, ya sea de índole política, económica o militar, será capaz de comenzar siquiera a alumbrar una solución, por mínima que sea, de las contradicciones de este sistema errático que es el caos-mundo, si el imaginario de la Relación no repercute en las mentalidades y en las sensibilidades de las humanidades actuales para incitarlas a cambiar radicalmente la materia poética, esto es, para que se conciban a sí mismas de modo distinto, no como Humanidad, sino como humanidades: como rizoma, no como raíz única".

Hay muchos mundos en este mundo. Muchas covid-19 dentro de esta pandemia. Muchas formas culturales de gobernar la contingencia y encarar la incertidumbre. Pero una responsabilidad común: la de disputar el sentido hoy, aquí, por aquello que sea el mañana.

2 Comments
  1. Julio Loras Zaera says

    Yo a esto le llamaría escribir por escribir, agravado con alusiones a una ciencia que se ignora y aderezado con una gran vaguedad.

    1. Fernando says

      Es muy habitual, entre los que comentan por comentar, llamar «vaguedades» a todo aquello que no sean recetas fáciles ni eslóganes prefabricados.

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