Dime qué necesitamos (II). A mí me cuidan mis amigas, no la policía

  • "En un contexto que apunta a futuras y recurrentes crisis energéticas, climáticas y sociales, no parece muy eficiente mantener ingentes ejércitos nacionales"
  • "¿Por qué no pensar en modelos comunitarios de seguridad?"
  • "Todo el mundo necesita tarde o temprano ser cuidado, y esto ha de implicar dar a la educación emocional y a la dimensión comunitaria un mayor papel social"

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En el primer artículo de esta serie se abordaba la primera de las necesidades básicas establecidas por Max-Neef: la supervivencia. Avanzamos, en esta segunda entrega, hacia la segunda y tercera de las necesidades básicas: la protección y el afecto. En relación a la primera, se ha hablado mucho estos meses de la presencia del Director Adjunto de la Guardia Civil, el Director Adjunto de la Policía Nacional y el Jefe del Estado Mayor de la Defensa en las ruedas de prensa diarias sobre la situación motivada por el coronavirus. Esta imagen no ha sido la habitual en la mayoría de países. El Centre Delàs d’Estudis per la Pau, denunciaba en las últimas semanas el importante papel en la gestión de la crisis otorgado al ejército —y especialmente a la Unidad Militar de Emergencias— a través de las medidas decretadas por el Gobierno. Como explica muy bien este artículo de cuartopoder, la mayoría de las misiones encomendadas a las Fuerzas Armadas durante esta crisis han sido tareas que podrían haber sido desempeñadas por otros muchos actores y de manera más eficiente y justificada. “La UME sólo cuenta con una pequeña asignación específica dentro del presupuesto del Ministerio de Defensa, que en 2018 fue de 31 millones (un 0,32% de los 10.200 millones de gasto en Defensa), por lo que estas actuaciones parecen más bien un lavado de cara y una forma de legitimar a las Fuerzas Armadas. Por otro lado, su labor debería ser desempeñada por cuerpos de protección especializados en estas labores, pero que cuentan con plantillas y recursos mucho más modestos”, declara el comunicado del Centre Delàs. Leyendo estas cifras cabría preguntarse también dónde han estado el resto de los 120.000 efectivos militares del estado. ¿Para qué han servido?

En un contexto que apunta a futuras y recurrentes crisis energéticas, climáticas y sociales, no parece muy eficiente mantener ingentes ejércitos nacionales que devoran miles de millones de euros al año. Parece coherente crear un nuevo paradigma de seguridad en términos humanos y no militares, que apunte a proteger personas y no estados, y que lo haga centrándose en la prevención, y no en la reacción. Transitoriamente sería congruente proceder a la reconversión progresiva en cuerpos de protección civil de los 120.000 militares que actualmente lo conforman. Frente al control, la vigilancia y la presencia de fuerzas de seguridad en el espacio público, nada mejor para asegurar la protección y la seguridad colectivas que organizar sistemas públicos robustos de salud, educación, empleo e investigación.

"¿Podemos imaginar un futuro sin policía?", se preguntaba recientemente la Presidenta del Ayuntamiento de Minneapolis en una entrevista en la CNN tras el asesinato de George Floyd a manos de la policía. Si damos por buena la hipótesis de que los grandes problemas de seguridad ya no se dan en la dimensión estatal, convendría empezar a esbozar paradigmas securitarios construidos desde el nivel local. ¿Por qué no pensar en modelos comunitarios de seguridad? Diversas ciudades de Ecuador y Colombia han llevado a cabo en las últimas décadas proyectos de generación de nuevos modelos de seguridad ciudadana, a través de prácticas democráticas de gestión de conflictos, capacitación de liderazgos comunitarios en materia de seguridad, sensibilización educativa o preparación de jóvenes como facilitadores para la prevención de violencia.

En 2004, la ciudad de Quito aprobó el Pacto por la Seguridad Ciudadana, creado y respaldado por ochenta organizaciones públicas y privadas para abordar la seguridad a través de propuestas basadas en la gestión de la información, la cultura de paz, la recuperación del espacio público, la descentralización de la administración de justicia, la atención a grupos vulnerables, la rehabilitación social o la prevención y atención tanto a la violencia de género como a la violencia intrafamiliar y el maltrato infantil. También Madrid intentó en 2016 crear un Plan de Gobernanza Comunitaria de Seguridad y Convivencia, que contemplaba la colaboración entre una red comunitaria público-privada, un consejo ciudadano, una policía comunitaria —agentes voluntarios con labores de mediación—, jurados vecinales y la figura de los gestores de barrio —personas con reconocimiento en los barrios—. Este entramado abordaría conflictos relacionados, por ejemplo, con la limpieza de los barrios o el ruido de los bares, con un enfoque puesto en la dinamización comunitaria, la participación, la prevención y la reinserción. Y sería un sistema complementario con el de la justicia ordinaria. “La seguridad urbana no se alcanza con medios de defensa (…) la única garantía de seguridad es la participación, la presencia, el control del territorio por parte de los ciudadanos”, afirmaba Francesco Tonucci en una reciente entrevista.

Ama, ama, ama y ensancha el alma

El afecto es la siguiente de las necesidades básicas de Max Neef. En estos tiempos en los que la ciencia —el conocimiento empírico— se erige como timón de nuestro rumbo como sociedad —tras décadas siendo ignorada, pese a sus advertencias, por ejemplo, sobre nuestra deriva suicida como civilización—, es necesario complementarla con la puesta en valor de la sensibilidad como modo de evitar caer en el cientifismo. Entender que la vida es un cúmulo de experiencias, emociones, sensaciones y pensamientos ha de hacernos ver que por mucha ciencia y racionalidad que alcancemos, si no comenzamos a relacionarnos de una manera basada en la sensibilidad con el entorno, con el resto de personas y con nosotros mismos como individuos, no alcanzaremos la empatía, la solidaridad y la generosidad que toca ejercer en estos momentos de la historia.

Y si algo tiene de valioso el momento que vivimos —en términos de aprendizaje— es la experiencia masiva que estamos experimentando en nuestros propios cuerpos y mentes la mayor parte de la población del planeta. Nuestro día a día ha girado radicalmente en los últimos meses, y de pronto adaptamos nuestra vida a una situación digna de otra época —¿pasada o futura?—. Hasta el momento no habíamos experimentado en primera persona -como sí han hecho desde hace décadas otras muchas sociedades de otros continentes- la fragilidad de nuestra existencia en el planeta. De alguna manera, esta está siendo la primera experiencia en primera persona —del plural— de las sociedades occidentales sobre los efectos de la destrucción de la naturaleza y sobre la importancia de los cuidados como algo valiosísimo frente al miedo que todas experimentamos. Estamos descubriendo que en la puerta de al lado hay alguien que nos puede hacer sentir mejor cada día o alguien a quien podemos acompañar. Esto demuestra también que nadie —ni tampoco ningún estado— se vale por sí mismo, como pretenden inocularnos los valores neoliberales desde hace décadas.

En una reciente ponencia en la Comisión de Reconstrucción del Congreso de los Diputados, Amaya Pérez Orozco planteaba la crucial necesidad de afrontar “medidas que respondan a las urgencias y al mismo tiempo sienten las bases de un cambio sistémico”, a través de medidas como la creación de un Sistema Estatal de Cuidados que contemple nuevos derechos como el derecho universal a los cuidados dignos, que plantee la reorganización de las tareas de cuidados, la implantación de una jornada laboral de 20-25 horas semanales y que incluya políticas públicas específicas como, por ejemplo, un centro para la profesionalización de los cuidados en precario, un sistema de prestaciones de cuidados incondicional y deslaborizado o nuevos modelos de vivienda colaborativa. Todo el mundo necesita tarde o temprano ser cuidado, y esto ha de implicar dar a la educación emocional y a la dimensión comunitaria un mayor papel social del que hasta ahora jugaban.

En Dinamarca, el alumnado de entre 6 y 16 años recibe clases de empatía en el colegio. Empatía, eso a lo que diversos pueblos africanos se refieren como ubuntu, y que apunta hacia la síntesis del individuo y la comunidad para crecer juntos. Traducido como “yo soy si tú eres”, “el bien común es el bien propio”, “si todos ganan, tú ganas” —dándole la vuelta al principio neoliberal—. Algo que esta pandemia ha puesto encima de la mesa: el nexo entre responsabilidad individual y bienestar colectivo. Los iroqueses, antes de sus asambleas, se comprometían a considerar el impacto de sus decisiones en las siete generaciones siguientes, estableciéndose de esta manera un nexo entre gobierno y ecología. El ayni, práctica ancestral andina basada en la reciprocidad de las relaciones comunitarias bajo la idea de “devolver lo que se ha recibido” y “recibir como devolución de lo que se ha dado”. Todas ellas, apuntan —directa o indirectamente—hacia los vínculos intergeneracionales, en proceso de ruptura absoluta en nuestras sociedades.

“Lo primero que yo haría es crear equipos de niños y de jóvenes para inventar soluciones creativas. Hay que consultarles”, afirmaba recientemente en una entrevista Moty Benyakar, psiquiatra experto en conflictos. Consultar a los niños es lo que defiende desde hace décadas Francesco Tonucci, psicopedagogo italiano estudioso de la importancia que tiene el entorno en la educación. Sus propuestas, expuestas a principios de los años 1990 en su libro La ciudad de los niños, se traducen hoy en una red internacional formada por unas 200 ciudades en diferentes países como Italia, España, Argentina, Uruguay, Colombia, México, Perú, Chile o Líbano. En todas ellas los niños colaboran con la alcaldía a la hora de desarrollar ideas que mejoren el entorno urbano y reclamen ciudades más seguras y amigables.

Un paso más en el plano de las relaciones intergeneracionales, es el de las relaciones entre las generaciones presentes y las futuras. Siguiendo la estela de los iroqueses, en 1994 la ONU aprobó la Declaración Universal de los Derechos Humanos de las Generaciones Futuras, que señalaba que las decisiones tomadas hoy deben tener en cuenta las necesidades de las generaciones futuras. La Declaración formula los derechos de las generaciones futuras, desde el derecho a una Tierra Preservada y a un medio ambiente ecológicamente equilibrado, hasta el derecho a la conservación y transmisión de los bienes culturales, al desarrollo individual y colectivo, al uso del patrimonio común de la humanidad o a la prohibición de futuras discriminaciones. Todo ello en 1994. ¿Hemos avanzado algo?

Esta declaración dio lugar a la aparición de la figura del Defensor de las Generaciones Futuras —países como Kenia, Israel, Suecia o Finlandia cuentan con ella— que hace años sonaban a propuestas utópicas y hoy en día se extienden ya por cientos de ayuntamientos del estado español. Una figura que podría contribuir a extender entre la sociedad una de las máximas necesidades que seguramente tengamos hoy en día: la de ser capaces de pensar en el largo plazo, más allá de nuestra propia existencia.

(Nota: la autoría de la frase del titular es de la cantante Yanna)

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