Diez tesis contra el teletrabajo

  • "El teletrabajo se basa en la utilización discrecional de una tecnología invasiva, absorbente e imposible de regular"
  • "El teletrabajo permite –y por ello es estimulado– el desarme de grupos políticamente activos y molestos, a los que se va despojando de su fuerza esencial"
  • "El teletrabajo arrasa con lo esencial de la vida privada, que tiene como templo el propio domicilio y su entorno de intimidades, secretos, costumbres..."

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Como sucede en todas las crisis económicas o de repercusión económica seria, directa o indirectamente ocasionadas por el sistema capitalista dominante, este pretende y espera lograr ventajas nuevas o adicionales respecto de la etapa anterior, confirmando y ampliando tanto su poder como su capacidad para someter al mundo a sus intereses. La pandemia del coronavirus ha despertado un “interés general” por el teletrabajo, hacia el que se dirige, convencido e incluso exultante, todo el entramado económico, social y político que da textura y respaldo a los procesos de generación de crisis, así como todas las burocracias: administraciones, instituciones …

En la actual etapa histórica, la llamada “sociedad de la información” ofrece instrumentos de sujeción y abuso hasta ahora desconocidos, confirmando esa tríada definitoria, peyorativa y difícilmente discutible: negocio, opresión y mito.

El teletrabajo consiste, en primer y principal lugar, en un impulso excepcional a los beneficios, ya que implica la reducción inmediata de los costes personales y corrientes por el mero hecho de hacer innecesaria la presencia física de los empleados en un lugar determinado de trabajo. Esta operación económica “genial” tiene tanto de hallazgo crematístico como de novedad feliz de un empresariado inmoral.

En segundo lugar, el teletrabajo se basa en la utilización discrecional de una tecnología invasiva, absorbente e imposible de regular: el ordenador, el teléfono móvil y la telaraña de relaciones inalámbricas que establecen someten al trabajador a una disponibilidad –ajena a toda jornada horaria establecida– de 24 horas al día, siete días a la semana y 30 días al mes… En el artículo Las nuevas tecnologías incrementan la jornada y la presión laboral ya apuntábamos a esta “propiedad” de las nuevas tecnologías, de convertir, sin demasiadas sutilezas, la jornada formal en disponibilidad, de hecho, ilimitada. Atribuirle calidad de “trabajo flexible” a esa sujeción es una broma de mal gusto, como lo es la del “derecho a la desconexión”: las cualidades perversas de estas tecnologías permiten burlar, cómoda y soberanamente, toda regulación a ese respecto.

En tercer lugar, y como complemento de muy alta perversidad a ese aumento de la dedicación, se establece una individualización dramática del trabajo, que es lo que aporta la soledad tecnológica, con ese autismo que atrapa y envilece.

En cuarto lugar, la tecnología que hace posible esa soledad es capaz de someter al trabajador a vigilancia instantánea y milimétrica, resultando (técnicamente) imposible la “privacidad laboral”, así como cualquier elemental ventaja relacionada con la autonomía que tantos ingenuos podrían esperar como ventaja novedosa.

En quinto lugar, esta dispersión geográfica redunda inmediatamente en desintegración laboral, por falta de contacto personal, ante el empleador, sus normas y sus exigencias. Que nadie piense que las comunicaciones inalámbricas en el trabajo contribuyen a mejorar la condición sociolaboral: ni llevan “impresas” ese mensaje ni sustituirán nunca a la acción socio-reivindicativa directa, que ha de ser necesariamente personal, asociativa, coloquial, solidaria y militante.

En sexto lugar, ese aislamiento, inductor necesario de debilidad, tiene un marcado acento ventajista para el empleador, que no solamente ahorra medios, espacios y otros recursos tradicionales, sino que empuja, y logra con relativa facilidad, completar la “libertad” del empleado convenciéndole (u obligándole) a constituirse en ente autónomo desde el punto de vista sociolaboral, es decir, en un alivio neto y notable para los costes empresariales, siendo éste uno de los principales, y más descarados objetivos que persigue la implantación del teletrabajo, y que combina, incrementándolos, el beneficio y la agresión.

En séptimo lugar, y relacionado con lo anterior, pero con entidad maliciosa propia, el teletrabajo permite –y por ello es estimulado– el desarme de grupos políticamente activos y molestos, a los que se va despojando de su fuerza esencial, que siempre será grupal y organizada. La historia recoge numerosas ocasiones en que la introducción de tecnologías nuevas ha perseguido (o dado lugar a) un objetivo antisocial claro y eficaz, pese a las luchas y el rechazo provocado. Un caso nada secundario en estos momentos es el de los profesores, sobre todo los de los niveles secundario y universitario, a los que se empuja a la desintegración online que, por sus consecuencias antieducativas clamorosas, constituye toda una estrategia de hundimiento de la calidad pedagógica, atacando al método y al protagonista.

En octavo lugar, en el apartado de la mitología que acompaña a la cibersociedad, debe plantearse el carácter de virus corrosivo que posee esa percepción de la “ventaja” que se atribuye a la autonomía informática, que parece afectar, complacientemente, al 90 por 100 de la población. Especial análisis psicológico merece la feliz auto explotación en que incurre esa alta proporción de internautas, realizando cada vez más numerosas tareas hasta ahora constitutivas de actividades comerciales y de sectores productivos; piénsese en la aniquilación de las agencias de viaje que ha resultado de esa necia autonomía del “tú mismo lo puedes hacer”.

En noveno lugar, el teletrabajo arrasa con lo esencial de la vida privada, que tiene como templo el propio domicilio y su entorno de intimidades, secretos, costumbres consolidadas, posesiones intangibles… Para la mayor parte de la gente y de los casos, el teletrabajo irrumpe en la vida familiar de forma desconsiderada y perturbadora, siempre perniciosa. Por más que exista, también, un subliminal esfuerzo (relacionado con un tradicional aborrecimiento del lugar de trabajo por carecer generalmente de atractivos) en creer en las ventajas, incluso familiares, que el teletrabajo aporta: es aquello del “puedo combinar casa y trabajo a mi gusto”. Viene en ayuda de esta erosión de la vida familiar ese estúpido concepto del “Internet de las cosas”, celebrado, entre otros mitos y tonterías que promete, por las ataduras –tan estrictas como innecesarias– que comporta en la vida doméstica ordinaria.

Y, finalmente (aunque con seguridad que esta lista podría aumentarse), y dado que se constata una predisposición generalizada de principio, tanto por parte de los sindicatos como por parte del Gobierno, que ya ha acometido su papel normalizador de este inmenso despojo con la redacción de una ley específica reguladora del teletrabajo, esta nueva situación anula de facto toda acción militante, reivindicativa y de rechazo contra los desastres de la tecnología antisocial, que sigue escapando a todo análisis profundo; un análisis crítico que, a estas alturas de la historia, debiera convertirse en una ofensiva para lograr el freno, la corrección y, en la medida de lo posible, la liberación frente a esta y otras iniciativas intrínsecamente perniciosas.

El teletrabajo ni siquiera es comparable al artesanado medieval, muy superior moral, profesional e incluso socialmente, ya que no carecía de poderosas asociaciones gremiales, bien estructuradas y dotadas de una un gran reconocimiento político. Era aquel un mundo de actividades de gran calidad objetiva, nada que ver con la banalidad y el tedio al que conduce la informática profesional, que obliga a pasar media vida frente a una pantalla absurda, opaca, empobrecedora y martirizante, desde la que se pretende –con nuestra complacencia o resignación– dirigir, organizar y administrar nuestra vida.

Que una cosa es la vida autónoma amplia, sin sujeciones sociolaborales convencionales, voluntaria, creativa y estimulante, es decir, toda una opción de vida (muy escasa) en la que la informática tiene un papel de instrumento útil, adaptable y manejable, y muy otra es esta ofensiva empresarial e institucional de degradar globalmente el mundo laboral, con finalidad principalmente crematística, pero también social y política. Una ofensiva ante la que el Gobierno, obligado a responder con una norma, no podrá establecer cuestiones de principio o de fondo, que corresponderían a una molesta (por crítica) “sociología de la tecnología”, sino que acabará planteando –mediante consenso con los “agentes sociales”–, simplemente, una relación de medidas más bien defensivas y de emergencia, ante la presión global de la situación pandémica y, sobre todo, la negativa del mundo de la empresa –ya expresada con claridad por el líder Garamendi, de la CEOE– a dejar escapar las inmensas ventajas que se le ofrecen.

7 Comments
  1. Midnighter says

    Madre mía, que sarta de chorradas. ¿De dónde saca el autor que «Para la mayor parte de la gente y de los casos, el teletrabajo irrumpe en la vida familiar de forma desconsiderada y perturbadora, siempre perniciosa.»? Ya te lo digo yo: de sus cojones morenos. Yo llevo AÑOS soñando con teletrabajar y ahora por fin lo he conseguido. Quizá no en las condiciones que me gustaría al 100 %, pero ha supuesto una mejora en mi calidad de vida innegable. Cada caso es un mundo, por supuesto, pero el apocalipsis que nos vende este sujeto sólo existe en su cabeza, a la cual sólo le falta un gorrete de papel de aluminio para terminar de completar el kit conspiranoico.

    ¡Pero si al empresario español lo que de verdad le gusta es la presencialidad, saber que dispone del tiempo y la presencia del empleado, como si fuera una propiedad, aunque sea para no hacer nada!

  2. lucas says

    que dice el articulista que el teletrabajo altera el género y da invisivilidad a la lucha de clases y que tal y cual. Y que hoy tiene para comer empanada mental regada con diarrea ideológica. Y de paso que censuren este comentario. jajajajajajajaja

  3. Gonzalo says

    Podrían haber titulado el artículo como: «Magufadas contra el teletrabajo por parte de un señor de boina» (ver foto del artículista).

    Está claro que el teletrabajo generalizado lleva a nuevos retos sociales. También multitud de virtudes. Es un debate muy interesante donde pueden surgir nuevos modos de organizarse y sindicarse. Pero presentarlo todo negro, como una oportunidad del malvado empresario de explotar al trabajador 24/7 es algo poco provechoso que huele a rancio.

  4. Raquel says

    Cuantas tonterías juntas en un solo artículo,soberana ignorancia de alguien que ni trabaja ni teletrabaja….cuando supone un mundo nuevo lleno de ventajas para ambas partes…

  5. Lorena says

    Bla… Bla… Bla… Bla…

    Me lo leí hasta el final por mera curiosidad, porque a partir del segundo punto (en primer, segundo, tercer lugar… bufff, qué acción repetitiva tan poco atractiva) el artículo dejo de merecer la pena pero empezó a generarme interés por ver cuántas veces era capaz de agrupar términos que no dicen nada y sólo ocupan espacio. Tengo la impresión de que este señor quería ser poeta, pero por el camino le cagó el demonio y se quedó en articulista de poca monta.

    «Utilización discrecional de una tecnología invasiva, absorbente e imposible de regular», usted sí que es absorbente e irregulable. Y algo insoportable. ”Individualización dramática del trabajo», usted sí que es un individuo dramático. «La tecnología que hace posible esa soledad es capaz de someter al trabajador a vigilancia instantánea y milimétrica, resultando (técnicamente) imposible la “privacidad laboral”», tontería máxima ya que el trabajador que utiliza un ordenador es mucho más fácilmente «vigilable» cuando está conectado dentro de la red interna de su oficina que desde su red doméstica. «La condición sociolaboral (…) que ha de ser necesariamente personal, asociativa, coloquial, solidaria y militante» esa afirmación no es cierta ya que en ningún momento la condición sociolaboral exige esas características salvo la personal o individual en el caso de un trabajador por cuenta ajena, todo lo demás es palabrería. «El teletrabajo permite –y por ello es estimulado– el desarme de grupos políticamente activos y molestos, a los que se va despojando de su fuerza esencial”, ja, ja y más ja: no sólo no es así, si no que en algunos casos los comités de empresa están consiguiendo claras ventajas para los recientes teletrabajadores mucho antes de que el gobierno se plantease legislar el teletrabajo. «El teletrabajo arrasa con lo esencial de la vida privada, que tiene como templo el propio domicilio y su entorno de intimidades, secretos, costumbres consolidadas, posesiones intangibles… » Ohhh, qué bonito! Y qué absurdeces tan grandes!!! «La vida privada tiene como templo el propio domicilio» Mi vida privada es privada en mi domicilio, en la playa, en la plaza del pueblo y en cualquier otro lugar donde no esté realizando mi actividad laboral. Y puede seguir siendo mi vida privada dentro de ese magnífico templo en el mismo momento en el que levanto el culo de la silla y decido que termino mi jornada laboral, la cual he realizado desde un escritorio en un rincón del salón y para llegar a él sólo he invertido 20 segundos de desplazamiento. El teletrabajo, en este caso, es la opción al soñado teletransporte de las pelis de ciencia ficción. ”Entorno de intimidades, secretos, costumbres consolidadas, posesiones intangibles» Pues sí, ese templo en el que puedo trabajar sin necesidad de vestirme con el uniforme de oficina, ni aguantar al comercial que habla a voces, ni llevarme una «rebequita» porque el aire acondicionado me mata la garganta, ese templo en el que puedo ir en calcetines todo el santo día o hacer una pausa y tomarme un café con mi hija que está estudiando a escasos cinco metros.

    Entiendo que a este articulista de un medio digital (oh, vaya, nada de artesanía medieval, con lo bien que le hubiera quedado a plumilla sobre pergamino), le pagarán por escribir al peso y, obviamente, desde una oficina en la que él gustosamente comparta tiempo y espacio con otros seres humanos a los que su vida no les importe un pimiento ya que tomarse un café con él debe ser como que te metan astillas debajo de la uñas.

    Señores de Cuarto Poder, ¿de verdad no han encontrado a nadie menos tedioso para escribir un artículo en contra del teletrabajo?. Ésto será un artículo de opinión, y para gustos, colores. Y opiniones. Pero ideas cansinas como las de este señor no había leído en muchísimo tiempo. Y mira que leo tonterías últimamente, pero a este ejercicio de agotamiento de los lectores le doy un diez.

  6. Anonimo says

    Que va a contar el autor del teletrabajo «Pedro Costa Morata», si es ya un jubilado de 73 años….

    https://es.wikipedia.org/wiki/Pedro_Costa_Morata

    Como dicen muchos articulos y estudios para un cambio de paradigma en el trabajo donde nos efoquemos al teletrabajo necesitamos un tipo de lider diferente al actual, ya que los lideres actuales (jefecillos) se piensan que al no poder controlar lo que hacen las personas a su cargo pierden poder y control sobre los mismos, lo que su trabajo se hace menso esencial, cuando no es cierto, lo unico que no lo estan enfocando bien la mayoria de ellos.

  7. Guillermo says

    Es en serio? Como si trabajar en una oficina fuera un paraíso, al menos en el teletrabajo estas en tu casa, hasta el momento lo prefiero mil veces más que la oficina

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