La perenne ilusión del circo

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Julián Sauquillo

A  Sagrario González García, quien me abrió las Puertas del Circo una y otra vez.

Para un niño de mi generación, crecido en Madrid, el circo era el Circo Price. De memoria casi olvidada, este circo edificado estaba situado en la Plaza del Rey. Para un niño de la década de los sesenta, tal espacio fantástico se abría a mi mente a través de esferas de ilusión. Contaba con tres círculos concéntricos de emoción cada vez mayor: el primero se abría desde la entrada a una galería circular de pequeñas tiendas cargadas de golosinas y abalorios infantiles de colores, muy reservados tras el pago de la entrada en un país económicamente deprimido; el segundo aparecía en el interior del primero con unas embocaduras hacia las gradas, desde donde ya se podía apreciar si iba a haber o no fieras peligrosas por la instalación o la ausencia de la elevada jaula; el tercero era el foso de la magia que habría de presentar un representante de “Feijó y Castilla” (unos empresarios con mucho humor, necesariamente). El único elemento real y obligatorio allí eran los lavabos de rigor infantil y tránsito necesario antes del deleite. Tenía una leyenda no comprobada de contar con una entrada para elefantes como ningún otro circo en Europa. Había que ser un niño embaucado por la magia de equilibristas, domadores, prestidigitadores, payasos y trapecistas para no reparar en la evanescencia de los derechos sociales y la dilatación de la edad de jubilación de aquellos extravagantes “operarios”. “¿Quién les avisaba, al pasar los años, de que habían perdido flexibilidad o ya no les respondían sus músculos?”, “¿De qué vivirían entonces?”, me preguntaba. Había figuras conocidas, de Ángel de Andrés disfrazado de cartero (a quien bajé a saludar a la pista en plena actuación para ver qué me había escrito en particular: “¡¡Qué valiente eres chico, eh!!”, me dijo), y los payasos Pompof y Thedy, a Pinito del Oro pegada inexplicablemente al trapecio sin cola industrial.

Desde 1880 hasta 1970, la Plaza del Rey fue la segunda sede de la Compañía del acróbata inglés Thomas Price hasta que el Ministerio de Cultura imperó su dominio burocrático-administrativo sobre este solar destruido por la piqueta. A pocos metros de esta debacle urbanística, junto a la Iglesia de San José de la calle de Alcalá, un banco –el Banco Urquijo, luego Banco de Vizcaya- sentó su dominio contable sobre la destrucción del Teatro Apolo. Tuvo que patrocinar al Nuevo Teatro Apolo con su cuenta de resultados de humanitarismo. Hoy apenas se recuerda que, entre la mágica Casa de las Siete Chimeneas por sus fantasmagóricas apariciones en el tejado y un pequeño y agradable bar llamado “El Circo”, que resiste a tanta demolición, hubo una Fábrica de Ilusiones en vez de un emporio administrativo de la cultura.

La demolición, desescombro y socavamiento cultural no se reparó hasta el 2007. Tuvo que pasar mucho tiempo –treinta y siete años- hasta que la Administración  desagraviara el entuerto. Entre medias, hubo carpas misérrimas, animales famélicos, problemas de seguridad e insalubridad por doquier. La transformación del circo puede verse hoy en el nuevo Circo Price (Ronda de Atocha, 36). Lo que más choca es que ya no existe el circo de los animales que describió tan magistralmente Ramón Gómez de la Serna en El Circo (1943). Si fueran ahora todos los defensores de los derechos de los animales, tan adversos de la corrida de toros, este nuevo circo constantemente llenaría. Pero no parecen hacerlo así. El circo es en la actualidad un desempeño estricto de la fortaleza y la imaginación humana. El circo puede representar una actividad pública única donde sus personajes –a diferencia de profesores, políticos, periodistas, científicos,…- actúan “sin quitamiedos”. ¡¡¡Vaya si los profesionales tuviéramos la mitad del dominio que los trapecistas con parecida perseverancia en el entrenamiento!!! Hay más indolencia en cualquier profesión liberal que en la destreza mayúscula de los contorsionistas. Ahora que se persevera en la prohibición de los toros, sin trampa ni cartón, los trapecistas, como los toreros, intervienen con el pitón en la piel y sin red. Todos los demás no nos desprendemos, en nuestra vida, de todo tipo de trucos.

Dos ediciones de “Pasión sin puñales”, el año pasado y el actual, han recuperado al niño que todos llevamos dentro, y nos empeñamos en matar, gracias a un circo cabaret salvífico para mayores. Pero las transformaciones del Circo son tantas que dan para un “doble salto mortal”: un circo comprometido y con mensaje. Jo-Ann Lancaster y Simon Yates han realizado, hace apenas dos meses, la deconstrucción del circo que hubiera satisfecho a Samuel Beckett y Jacques Derrida con el espectáculo Propaganda y su compañía Acrobat venida de Australia. Música estridente en vez de marchas triunfales, penumbra en vez de estrambóticas luces, uniformes marrones propios del Komsomol, con indisimulados calzoncillos y bragas, son conjugables con un virtuosismo admirable en el trapecio, el mástil, la bicicleta y la báscula. Una pareja y sus dos hijos pueden bastarse para parodiar ácidamente al capitalismo. Para destruirlo, por momentos. Allí se veía a un hombre que duerme, se ducha y desayuna en la cuerda floja para acudir a la oficina y poner en marcha el dispositivo que le dé una y otra patada en el culo a su compañero. ¿Cómo no se le había ocurrido antes a nadie en el circo con tanto desarraigado en su ser? Hace falta todavía más imaginación para elevar en la pista a un ángel que sostenga unos artesanales carteles para niños y mayores: “Apaga la luz y no consumas de más”, “come legumbres”, “ponle la otra mejilla al enemigo”,… Permanezcan atentos a la programación y no se lo pierdan a su vuelta. El circo mantiene en nosotros la ilusión del niño. Mientras envejecemos, el circo se rejuvenece una y mil veces

2 Comments
  1. Concha says

    Muchas gracias Julián por este bonito artículo que nos lleva sin duda a alguno de los mejores recuerdos de nuestra infancia. Sagrario, que leía con tanto cariño los trabajos que publicabas y los ha guardado con placer durante años, estaría encantada con este artículo.

  2. palacio says

    Muchas gracias por su excelente trabajo sobre el Circo Price, el cual recordaremos siempre con gran cariño los profesionales.
    Me gustaría poder hablar con el autor . D/ Julian Sauquillo

    José Palacio (Presidente de la Unión de Profesionales y Amigos de las Artes Circenses

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