El «giro narrativo» del nuevo Gobierno de Zapatero

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Francisco Serra *

Un profesor de Derecho Constitucional, después de bañar a su hija y darle de cenar, una vez ya acostada, se sentó a ver la televisión y empezó a zapear sin encontrar nada de interés, a pesar de que ese día se había producido el tan esperado cambio de gobierno, hasta que, deteniéndose un momento, le llamó la atención que en el programa de Iñaki Gabilondo se debatiera sobre la “narrativa”. En una emisión anterior había entrevistado a Manuel Rivas, por lo que pensó que tendría algo que ver con eso, pero al escuchar atentamente comprendió que estaban refiriéndose a la crisis ministerial. Zapatero había insistido en que pretendía mejorar la comunicación con los ciudadanos, pero en el coloquio parecía tratarse de algo diferente, de la elaboración de un “relato” por los ministros para que su labor fuese mejor comprendida. Una intempestiva llamada de teléfono le impidió seguir viendo cómo terminaba la discusión, pero al día siguiente, mientras iba al Dia, empezó a darle vueltas a la aparentemente descabellada idea de que la crisis de gobierno tuviera un origen “literario”.

Más tarde, al llegar a la universidad, sacó en préstamo un libro del que había visto por encima alguna reseña en el momento de su aparición, pero no había llegado a leer, dedicado al storytelling, al enfoque que se había extendido desde los años noventa tanto en la publicidad como en la propia política y que se caracterizaba por destacar la importancia de los elementos narrativos. Tanto para vender un producto como para conseguir que un candidato fuera elegido se trataba de “contar una historia”, “elaborar un relato”, “dotar de sentido a los hechos de la vida cotidiana”. Leyendo el libro en su despacho, después de la clase, se sintió como un personaje de Molière, que hablaba en prosa sin saberlo, aunque él no pretendía vender ningún producto, sino tan sólo reflexionar sobre los acontecimientos que se iban sucediendo.

Mientras volvía a casa en el autobús le dio por imaginar que alguno de los numerosos asesores de Zapatero (de los que él conocía personalmente a varios) le hubiera convencido de que la única forma de poder cambiar la tendencia de las encuestas era adoptar ese enfoque y nombrar a nuevos ministros que tuvieran mayor “capacidad narrativa”. Y ya desde el mismo momento de conocerse la composición del nuevo gobierno podía advertirse cómo se iban “fabricando historias”: la del ministro que había sido, “casualmente”, descubierto en la manifestación el día de la huelga general y ahora se prodigaba en los medios de comunicación, defendiendo las reformas pero intentado al mismo tiempo sintonizar con los sindicatos; la histórica representante de la izquierda que, finalmente, tras ser marginada en la coalición, se había incorporado a la Junta de Andalucía y esa mañana, en la toma de posesión de su nuevo cargo, había afirmado que quería poner el nombre del ministerio “en verde”; el portavoz que, reforzado, podía desplegar toda su capacidad de convicción…

En la ensoñación del largo viaje a través de las en ese momento atestadas calles de Madrid, cómodamente sentado, llegó más lejos y le dio por pensar que había sido también en esta ocasión una llamada lejana la que había convencido a Zapatero de variar el rumbo de su política. Del mismo modo que de un día para otro, tras recibir la primera reconvención por parte del Presidente norteamericano, había introducido drásticas medidas económicas, ahora habría adoptado un cambio radical de su “teoría literaria”. “Mira, José Luis, -le habría confesado tal vez Obama- tienes que cambiar de política ‘narrativa’. Yo mismo he tenido que introducir modificaciones inmediatas en mi estilo. Me he pasado dos años viendo  The Wire y enredado con la prosa farragosa de Jonathan Franzen y por eso estoy al borde de perder las elecciones de mitad de mandato. Ahora mis asesores me recomiendan que proclame una y otra vez que me encantan las películas de Sidney Poitier y estoy ‘releyendo’ a Mark Twain. El jefe de mi gabinete literario me ha recordado lo que le pasó a Clinton, que después de invitar a García Márquez, Philip Roth y otros estilistas y recitarles de memoria párrafos larguísimos de las novelas de Faulkner, estuvo a punto de ser el único Presidente norteamericano de la historia destituido, por una turbia historia de ‘sexo oval’. Tienes que rectificar inmediatamente”.

Zapatero, seguía yo pensando en mi duermevela, habría devuelto al estante en seguida la poesía completa de Gamoneda y el último libro de Murakami y, preocupado, habría solicitado que le trajeran las obras completas de Balzac (el mejor narrador de todos los tiempos,  le había comentado Sarkozy cuando esperaban para hacerse la foto rutinaria al término de la reunión del Consejo) y, mientras barajaba con desesperación los gruesos tomos de La comedia humana, habría mirado casi con nostalgia el manual de Economía Política de Samuelson y varios volúmenes de Galbraith que Jordi Sevilla le había instado a estudiar. No hay forma de que me lea todo esto, se habría lamentado, con desesperación, y habría convocado una urgente reunión de su gabinete de crisis para buscar el nombre del “asesor literario” (tal vez Cercas, apuntó uno de sus más próximos consejeros) que se lo explicara “en cuatro tardes”.

Al final, reflexionó el profesor, muchos de los problemas de los políticos eran literarios, derivados de una mala elección del “estilo” narrativo: quizás un político pepero había hecho unas desafortunadas declaraciones sólo por haberse enfrascado en la lectura de novelas sicalípticas. Al llegar a casa buscó, para distraerse, algún libro de Vargas Llosa que aún no hubiera leído y encontró El hablador, que narraba la historia de un contador de historias de los indios de la Amazonía peruana.

El domingo siguiente, por la tarde, como era habitual, fue con su hija a ver a su madre y, después de comer varios pasteles (sobre todo, de chocolate), la nieta quiso que la abuelita le enseñará su habitación, en la que guardaba sus no excesivamente valiosas pero muy queridas posesiones, atesoradas a lo largo de toda una vida. Cuando el profesor entró en el cuarto para recogerla porque había llegado la hora de volver a casa, descubrió encima de la coqueta, al lado de la figura que representaba a Cruella de Vil y que le compró a su madre en la tienda Disney de Santa Mónica (en recuerdo de la primera vez que ella le llevó al cine, para ver 101 dálmatas), una storyteller, una imagen de arcilla que elaboran los indios-pueblo en Norteamérica (que había adquirido para ella en una tienda de Berkeley) y en la que se puede contemplar una mujer, con la boca abierta, que narra historias a muchos pequeños que la rodean, totalmente cautivados. Tal vez, meditó el profesor, no fuera casual que uno de los defensores de la idea de que el lenguaje condiciona el pensamiento, Benjamin Lee Whorf (la llamada hipótesis Sapir-Whorf, por aunar las consideraciones de ambos teóricos), la formulara después de estudiar la cultura de los indios norteamericanos (los hopi), precisamente un grupo de los indios “pueblo”, y se imaginó que en España en los escaparates de las tiendas en Navidad se mostraran y se pusieran a la venta imágenes de los nuevos ministros con la boca abierta, narrando historias, y que a su alrededor aparecieran figuras que representaran a niños de las diferentes clases sociales.

Todo es narración, concluyó el profesor y en el camino de regreso a casa le preguntó a su hija qué cuento quería que le contara esa noche y ella contestó: “Los siete cabritillos y el lobo feroz”; y él deseó que el desenlace de la historia se cumpliera también en la realidad y ese lobo, que ya nos estaba devorando, finalmente acabara con la tripa llena de piedras y, descalabrado, en el fondo del pozo.

1 Comment
  1. colet says

    Podrá gustarnos más o menos, pero la «narrativa política» existe y es fundamental. También la hay en la empresa, en la cultura, en todo. La mente humana, desde los griegos y antes, aprende a través de mitos e historias. El verdadero problema del Gobierno no es que afronten esto, sino que lo afrontan construyendo un relato que no es real. Y la diferencia entre realidad (política, económica) y ficción es que, aunque las dos tienen que estar bien explicadas, la primera debe ser verdadera.

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