El río que nos lleva

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Juan Ángel Juristo *

De las tres noticias literarias que han dado lugar en el mes de octubre a que corran ríos de tinta en nuestra prensa, la concesión del Nobel a Vargas Llosa, las declaraciones de Pérez Reverte a raíz de habérsele humedecidos los ojos a Moratinos en su despedida como ministro de Exteriores y unas líneas del libro de conversaciones entre Fernando Sánchez Dragó y Albert Boadella, Dios los cria…, donde el autor de Gárgoris y Habidis decía haberse acostado con dos putitas de trece años en Tokio, una resalta por su obviedad, sólo faltaba que hubiéramos negado el pan y la sal a nuestro peruano novelista, y las otras dos por su triste, desabrido, tonto, surreal, esperpento.

¿Por parte de quién? Desde luego por parte de los que formamos parte de los medios, como se dice ahora, que nos paseamos ufanos cuando sólo somos marionetas de nosotros mismos y de nuestros propios fantasmas siempre reflejo de lo que se estila en los entresijos del poder. Que el creador del capitán Alatriste, en uno de esos delirios de barroquismo imperial, considere impropio el lloro, la leyenda no quiere que ni el cardenal Wolsey, ni Thomas Moro, ni siquiera Isabel la Casta llorasen por nada, es problema suyo y así debería ser en buena ley. El problema surge porque sabemos que la sospecha es fundada y a todos nos recorre un estremecimiento en la espina dorsal porque advertimos que cuando en una sociedad se enseñorea la sospecha estamos a un paso del afán totalitario, de la delación, del delito permanente, de la culpa infundada, de la falta más absoluta de luminosidad y goce, vale decir, de humor, vale decir, de risa. Y sabemos que la sospecha es fundada porque nos consta que hay escritores que necesitan ser noticia cada poco por aquello de la promoción y de estar siempre en candelero. Lo terrible de todo esto es que no se deja lugar a la indiferencia o, por lo menos, a poner las cosas en su sitio porque parece que lo que interesa es la crispación, de uno y otro lado. ¿Interesa? Me temo que la cosa no es así, sino al revés. No interesa, es que, sencillamente, estamos crispados.

Habrá quien piense que el problema de Dragó es que es un fantasmón, otro que cometió pederastia, otro que es tan mal escritor que sólo se le ocurren tópicos de fantasías seniles propias de página porno en la Red, otro que ni siquiera merece la pena opinar sobre un tipo tan memo… en fin, lo que se les ocurra. Pero lo que es no es de recibo es la ley de Lynch a que estamos asistiendo estos días. Ley de Lynch que recuerda a un film de la etapa americana de Fritz Lang, un cineasta que ha profundizado hasta la nausea en el problema moral que supone el linchamiento. Dragó, al modo de un vampirillo duseldorfiano, es reclamado por cualquier organismo público que se precie para ser castigado, desde que se le eche de televisión hasta que se retire su libro de circulación pasando por diversas torturas, como que una agencia de viajes haya cancelado un tour que había ideado el escritor o que se le vete en la televisión valenciana por apología de la pederastia. Y todo esto sin que medie prueba alguna de la veracidad de la cosa porque, me temo, es lo que menos importa.

No se si Dragó se ha frotado las manos pensando en la publicidad que esto le aporta. Si lo hace es que peca de inconsciente porque la cosa tiene tufo de habérsele vuelto en contra incluso aunque salga de esta a trancas y barrancas. Los tiempos son así, implacables… para unos y otros, los que dan y los que reciben porque antes han dado. Sin embargo, lo que me sigue asombrando no es que Pérez delire en Alatriste y que Dragó delire en una versión un poco hortera de Susana y los viejos, sino que parece que no ha sucedido nada en el mundo de la cultura en este mes salvo estas anécdotas narradas con mayor o menor fortuna, genio y grado de perversión. Hay un hedor que lo invade todo, el hedor que produce la banalidad aliada al interés del desgaste político. ¿Lo pagaremos? Lo estamos pagando.

(*) Juan Ángel Juristo (Madrid, 1951). Crítico literario y escritor. Su última novela publicada es El hilo de las marionetas (Trama, 2008).
3 Comments
  1. Eulalio says

    Estoy de acuerdo con usted, vivimos una época de linchamiento moral, unos tiempos sombríos y previos de otros posiblemente más oscuros, como ha sucedido otras veces…
    Saludos

  2. Bloom says

    Me ha parecido que Vd. da en la diana . Reflexiones como ésta nos ayudan a enfocar mejor nuestra realidad. Gracias, Juristo

  3. celine says

    Todas las sociedades, incluso las que se creen muy modernas, como ésta nuestra, necesitan de un chivo expiatorio. Lo vio muy bien René Girard. Dragó se presta por su forma de ser y Alatriste, por bocazas. De bochorno, desde luego.

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