El horror, Kurtz y Vargas Llosa

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Juan Ángel Juristo *

Pocas veces se habrá dado una conjunción tan propicia para la venta de un libro como el que días antes de su salida se le conceda a su  autor el Premio Nobel, porque téngase en cuenta que lo usual es que se vendan las obras que de éste se encuentran en el mercado, que suelen ser reediciones, y poco más, por lo que una novedad tiene algo de cualidad caída del cielo. No es de extrañar, por tanto, que El sueño del celta, la nueva novela de Mario Vargas Llosa que se ha presentado este tres de noviembre en Madrid, posea algo de acontecimiento, y no sólo mediático. Desde aquello que, se supone, es el tema de la novela hasta lo que de legendario pueda tener el personaje de la misma, Roger Casement, amén, ya digo, de que siempre una nueva narración de Vargas Llosa ha revuelto el mundillo literario, más adormilado y necesitado de estímulos verdaderos de lo que el común de la gente cree. Sin embargo, como casi todo en esta vida se basa en un malentendido, la fortuna de esta novela, su expectación, no iba a ser menos. Porque por lo dicho hasta ahora en algunos medios parece ser que Varga Llosa ha escrito una novela siguiendo los pasos de Conrad, mejor dicho, de Kurtz, por el río Congo allá por los años de la explotación del territorio por Leopoldo II de Bélgica. Daría así la impresión de que este Roger Casement fue la inspiración conradiana del personaje de El corazón de las tinieblas cuando nada más lejos de la intención del autor, me refiero  a Vargas Llosa, que la de jalear tamaña estela, justamente por falsa.

En esta suerte de biografía novelada, que es de lo que realmente se trata cuando hablamos del libro, del nacionalista irlandés Roger Casement, no se ocultan referencias a Conrad,  pero son guiños que actúan en la narración al modo de los adornos de lascas de chocolate en las tartas, y posee, para la narración, un valor anecdótico, aunque sabroso y colorista. En realidad el reto de Vargas Llosa en esta novela consiste en haber dotado  a un personaje como Casement, con la dosis de ambigüedad moral de cualquier mortal, del corazón de un héroe legendario moderno, con la satisfacción añadida de saber que la criatura funciona. Vargas Llosa cuenta a su favor con el obligado desdibuje de las cosas que otorga el tiempo y si Casement fue para muchos un traidor, para otros un mártir y para los menos un degenerado sexual, hoy día es sólo un personaje histórico, por lo menos para los irlandeses, casi desconocido para los británicos, desconocido del todo para el resto de los mortales y, por tanto, susceptible de pasar, ahora sí, a la eternidad, es decir, al mito, convertido en personaje de ficción, los únicos que nunca mueren, porque, para decirlo en el lenguaje de Balzac, Napoleón y Alejandro Magno son sólo, en realidad, unos poemas.

Nuestro autor es muy consciente de ello y el milagro de la creación de este personaje consiste en que se ajusta como un guante a la biografía real de Roger Casement y, sin embargo, no deja de ser, asimismo, un personaje reconocible de una novela de Vargas Llosa. Aquí reside lo fascinante de la cosa, lo que hace que uno sepa que nos las habemos con un autor de talento, en su implacable coherencia como artista. Y ello hasta tal punto que dudamos ya si Casement vivió en el siglo XIX y realizó el tipo de cosas que hizo porque se sabía en cierta forma un personaje conradiano susceptible de ser resucitado casi un siglo después en su esplendor por  Vargas Llosa o a éste le es dado encontrarse en el pasado con caracteres similares a los personajes de sus novelas. Desde luego no e sla primera vez que lo hace: lo intentó con Gauguin y con Flora Tristán pero el acierto pleno le ha llegado con Casement, un hombre hecho a la medida de ser un personaje de Vargas Llosa justamente porque representa lo contrario de lo que su autor piensa sobre el nacionalismo y las posturas mesiánicas ante los acontecimientos terribles. No es contradicción, antes bien complementa la visión poliédrica que siempre debe tener un artista genuino. Ni Kurtz, ni Conrad, ni el horror, así, a secas, como tantas veces se repite ahora. Vargas Llosa ha dado vida a un personaje legendario del nacionalismo irlandés para convertirlo, en este primer decenio de siglo, en un aviso de algo quizá igualmente terrible, de cómo, siempre, el corazón del hombre mantendrá oculto su lado de sombra.

(*) Juan Ángel Juristo es crítico literario y escritor.

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