Los impresionistas: el Hollywood del arte

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Juan Ángel Juristo *

En Bélgica. Cuadernos para la memoria, un libro de apuntes sueltos aún no editados, de la poeta y filósofa española, Chantal Maillard, se encuentra esta frase, entre otras de feliz expresión: “ Después de su revolución, los europeos necesitaron una nueva elite y, habiendo abolido la religión, una nueva espiritualidad. Así que inventaron el Arte. Cumplía ambos cometidos. El genio era el elegido, y los entendidos, los fieles. Los rituales tuvieron sus templos. Qué difícil nos resulta vivir desamparados y qué fácilmente confundimos el amparo con el sometimiento”. El apunte tiene la ventaja de resumir siglos de condensación cultural en torno al nacimiento del museo. Lo que nos interesa aquí es la frase final, y todo ello porque ese desamparo y su correlato en el sometimiento adquiere hoy día proporciones gigantescas en torno a las magnas exposiciones con que se nos regala cada semana nuestro ocio cultural y todo ello en un continente, el europeo, cuyas ciudades se han convertido ya en poco más que en enormes parques temáticos.

Marcel Duchamp creyó, ilustrado él en el fondo, que cualquier gesto del artista en torno a un objeto calificado por él como arte llevaría a éste de inmediato al Museo. Andy Warhol, más desalmado, lo llevó al supermercado y desde entonces las instituciones culturales gastan cifras astronómicas en adquirir obras cuyo valor estriba en lo que tiene sólo de valor de cambio, de mero fetiche de estatus social y económico. De ahí que el público, el mismo que llena las salas de los cines en busca de historias que les rediman de la vida cotidiana, asista de vez en cuando al sueño arcádico revestido de su necesario kitsch en cuanto se presenta la ocasión, y son muchas, de asistir a alguna enorme exposición de un clásico de la pintura. La cosa les reconcilia con la necesidad sacra de abolición del tiempo mediante la contemplación de la belleza y, aunque muchos no lo sepan, no renuncian a ello por nada del mundo, aunque éste nada tenga que ver con lo que quieren contemplar. Sobre todo si el pintor expuesto es un impresionista.

Estos se han convertido en el Hollywood del arte, en el star system de la pintura. Exposiciones como la actual sobre Renoir en Madrid, con cuadros pertenecientes a la Fundación Clark, rebasan el marco de su pertinencia en un Museo Nacional de las características del Prado o, por lo menos, la cosa debería ser motivo de debate. Da igual. No importa. El negocio está en la fábrica de sueños, en expresión de Ehrenbug sobre el cine de su época, y dinero en que se ha convertido la política cultural hoy día. Al espíritu didáctico de antaño le ha sucedido el de cierto afán de atracador que quiere conciliar el prestigio del arte con exprimir un poco más el bolsillo del ciudadano apelando, eso sí, a que todo lo que se consume debe pagarse y ello callando que el honrado ciudadano ya ha pagado con sobras ese derecho mediante los impuestos al Estado. Algunos, los más viejos, recuerdan cuando los Museos en España eran gratis, cuando parecía que al Estado benefactor le preocupaba, por lo menos de boquilla, el bien público. Al ciudadano le ha sustituido el consumidor. A la República la nación convertida en supermercado.

¿Qué busca el público que visita las exposiciones de Renoir, de Manet, siempre Manet, no falla, Degas, incluso Vincent van Gogh, a pesar de la inquietud que, puede suponerse, genera? Quizá remedos fotográficos de una época que al estar pintada sugiere un estado próximo a la realidad pero transfigurado en un sentido que recuerda al paraíso concebido en un cuarto de estar, algo cercano a un cromo, en definitiva y próximo a las figuritas de las reproducciones religiosas de otros tiempos. Desde luego es fácil ironizar sobre estas cosas, es fácil que el supuesto experto sea implacable ante el supuesto corazón kitsch de la masa ciudadana, es fácil incluso el desprecio, sobre todo el desprecio… para los despreciables. Una vez alguien versado en arquitectura ironizó a Ernst Jünger sobre la cantidad de enanitos de escayola que había en los jardines alemanes. Éste no entró al trapo. Simplemente recordó la necesidad que tenía el obrero alemán de la Mercedes, el ejemplo es mío, de enlazar con el imaginario de sus ancestros, que inventaron ninfas y gnomos en bosques entonces animados. Una cuestión de supervivencia, en definitiva. Pues eso.

(*) Juan Ángel Juristo es crítico literario y escritor.

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