No a la guerra… financiera, por supuesto

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Pascual García Arano *

Zapatero llegó hace seis años al Gobierno con un “no a la guerra” por bandera. El retorno de las tropas de Irak se interpretó entonces como un acto de coraje político coherente con el sentir de la mayoría de los ciudadanos. Y se interpretó también como una reafirmación de soberanía frente al servilismo mostrado por Aznar ante el amigo americano, que se enfadó mucho con el novato de León y le retiró el saludo durante una larga temporada.

Seis años después Zapatero vuelve a apostar por el “no a la guerra”, pero en este caso a lo que se opone es a la guerra financiera. Esta vez el enemigo no vuela en el Air Force One y su imagen no ilustra día sí, día también, la portada de Washington Post. Ni tan siquiera tiene domicilio fiscal o número de la Seguridad Social, pero sus ataques especulativos a la estabilidad de la economía española dejan en pañales las maniobras de la diplomacia norteamericana con fiscales y miembros del Gobierno para tratar de asuntos como la muerte de José Couso. En este caso, el no a la guerra pasa, entre otras cosas, por la supresión de la ayuda de 426 euros para los parados con cargas familiares que no perciban ningún otro subsidio. Una prestación de la que se habían beneficiado, hasta el mes de septiembre, 615.711 desempleados. Basta con detenerse un segundo en las palabras (“desempleados”, “larga duración”, “cargas familiares”) y en los números (615.711) para concluir que este nuevo guiño a los mercados se convierte, automáticamente, en un drama para los más castigados por la crisis, para medio millón de hogares con todos sus miembros en paro.

La medida, según una primera estimación de las centrales sindicales, puede reportar un “ahorro” de unos 800 millones de euros, pero, en este caso, da la impresión de que no estamos hablando de dinero. Da la impresión de que estamos hablando de que vamos en serio y de que estamos dispuestos a sacrificar lo que sea por evitar la bancarrota, como en el conflicto del Sáhara. Primero fueron los funcionarios y los pensionistas, ahora los parados, mañana otra vez los pensionistas. Las recetas siempre afectan a los mismos y, está probado, solo tienen efectos coyunturales. La subida de la Bolsa (4,4%, la segunda mayor en lo que va de año) y la caída de la prima de riesgo del bono español a diez años (como dicen los salmones) pueden ser un triste recuerdo ahora mismo, justo cuando estás leyendo esto. Según Toni Ferrer, secretario de Acción Sindical de UGT, “si las soluciones pasan por abrir a la participación privada las Loterías y Apuestas del Estado y por suprimir los 426 euros, las cosas se complican”.

En cualquier caso, la lógica del mercado vuelve a ser aplastante y humillantemente caprichosa. Y lo que es peor, efectiva. Las acciones de una compañía se multiplican por tres en el mismo instante en el que anuncia recortes de plantilla. Lo mismo ocurre con los países. Sólo cierto tipo de medidas provocan cierto tipo de comportamientos en los mercados. Siempre son medidas orientadas en una dirección y recaen sobre el lomo de los mismos. Alguien le ha debido de explicar estos principios a Zapatero, que ha olvidado todo lo que le enseñó Jordi Sevilla y que, por lo visto, ya no guarda el carné de la UGT en la mesilla de noche.

La apuesta del presidente dinamita, además, los frágiles puentes que, laboriosamente, ha ido urdiendo con los sindicatos el nuevo ministro de Trabajo, Valeriano Gómez, quien, además, queda desautorizado. “Nada dijo Gómez sobre este asunto cuando compareció en sede parlamentaria veinticuatro horas antes”, recuerda el responsable de Comunicación de CCOO, Fernando Lezcano.

Varias cosas asoman a la entendedera al pensar en todo esto. La primera, que contra Bush vivíamos mejor. La segunda, que uno puede hacer el ejercicio de creer que no hay otra solución posible, que sólo hay un camino, que no hay alternativa. Y una tercera: aunque así fuera, tenemos derecho a que nos lo digan. Tenemos derecho a que el presidente dedique lo mejor de su nueva política de transparencia a informarnos de por qué la solución a la bancarrota pasa por suprimir los 426 euros y no por liderar una propuesta europea que limite la capacidad de los mercados para reducir a cenizas la voluntad democrática de los pueblos. Queremos que nos lo expliquen. Yo, por lo menos, quiero.

(*) Pascual García Arano es periodista y escritor.
1 Comment
  1. aguila says

    La situacion no es facil para ningun gobernante, pero entiendo que negar la realidad por tanto tiempo y no tomar accion trae como resultado la improvisacion y tener que responder a las presiones internacionales. Fue un error de calculo que Espana esta pagando caro y es completa responsabilidad del gobierno.

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