Ana Karenina, androides, Borges y Nocilla

3

Juan Ángel Juristo *

La cosa no es nueva y debería tranquilizarnos salvo por el hecho de que ahora no se lleva nada eso que se llamaba antes sentido común, que no es que sea escaso ya, es que es hasta sospechoso poseerlo. La cosa no es nueva y recuerdo el hartazgo de reír que me produjo ver en el Londres de los años setenta una obra de teatro en versión  porno del célebre cuento infantil titulado Blancanieves y los siete enanitos viciosos, cuento que debe atraer al género en cuestión porque, luego, en Nueva York hojeé algún cómic underground con el mismo tema pero que, confieso, ya no me divirtió tanto. La cosa no es nueva pero preocupa ver que el fenómeno se está tomando en serio y amenaza con convertirse en una moda, con lo que pasaríamos del síntoma al diagnóstico. Me explico: hay un personaje en los Estados Unidos que se dedica a escribir novelas parodiando a los clásicos. Consiguió cierto éxito inesperado con Orgullo y prejuicio y zombies, saqueando la novela de Jane Austen, y entonces se lanzó. Hace dos años repitió con Sentido y sensibilidad y monstruos marinos, quizá aprovechando la racha de la popularidad de ciertas películas basadas en las mismas novelas, pobre Jane, y ahora, rizando el rizo, acaba de publicar Androide Karenina, saqueando la novela de Tolstoi, para muchos la mejor de la literatura occidental, y, lo que es digno de análisis, firmando al alimón con el mismísimo escritor ruso. No, no es una gamberrada, como lo era aquella versión teatral de Blancanieves. Esto va en serio, es decir, las empresas huelen el dinero y ello hasta el punto de que de la novela de este escritor en cuestión, se llama Ben H. Winters, ha salido con una tirada de 200.000 ejemplares.

No creo que merezca la pena resumirles la trama. Se desprende del título, como lo de los zombies y los monstruos marinos con las novelas de Jane Austen. Sólo les informaré que hay una revuelta de robots que acompañan a los miembros de la alta sociedad y que Ana, acongojada con tanta tecnología punta, huye de ese medio en compañía de su  Vronski. Luego de pasar por mil peripecias se topan con unos malvados futuristas que amenazan con destruir la tierra. ¿A que es apasionante? La verdad es que la literatura de kiosco en mi barrio prestaba novelas con tramas más originales y me temo, después de leer algunos párrafos de esta novela de androides, mejor escritas. Al lado del tal Winters Marcial Lafuente Estefanía parece James Joyce. Pero no caigamos en actitudes patrioteras porque aquí hay para todos. Ya lo dije, El dinero huele.

Así que Agustín Fernández Mallo, nuestro digno representante de la generación Nocilla, un joven autor atento siempre al engatusamiento, lleva semanas anunciando la publicación, pronto, muy pronto, de su versión de El hacedor, de Borges. Ahí es nada.

Y la verdad es que me temía lo peor. Es decir. La versión española de la estela de Winters. Para nada. En lo único que coinciden los dos es en la estrategia de mercado y en haber aprovechado el nombre sacralizado de un clásico. Y digo aprovechado y digo bien, porque se trata de aprovechar,

El libro de Fernández Mallo anda ya por ahí y de su lectura se desprende un engatusamiento, otra vez, con ribetes de jerga cultural y ánimos de epatar al personal, cosa que el milieu literario acoge con agrado porque para que no se les tilde de conservadores de vez en cuando engullen con fruición lo que consideran provocador y lo publicitan con entusiasmo sin entender gran cosa de lo que piensan les ha entusiasmado. Trata de establecer una poética, algo que dice hacer desde su primer libro, el de la Nocilla, y que consiste en añadir galimatías con jerga científica a los viejos esquemas de siempre. Contrasto unas páginas y otras, las de nuestro gallego, cuántico escritor,  porque se licenció en Física,  y las del norteamericano, y la verdad es que  las de la Karenina en medio de androides complacientes no pasa de ser un ejercicio comercial sin dobleces ni medias tintas, es decir, da al lector lo que le da y nada más. No pretende engañarlo con otros celofanes. En nuestro caso el engatusamiento es más terrible, más perverso, pues se trata de conformar naderías con lenguaje de alta cultura. En cualquier caso me quedo con el diagnóstico. En uno y otro caso se saquea al modo de un cuatrero, casi una metáfora trasladada al mundillo literario del capitalismo que nos está tocando vivir.

Por cierto, ¿qué pinta Borges en todo esto?

(*) Juan Ángel Juristo es crítico literario y escritor.
3 Comments
  1. Jonatan says

    ¡Aburridos!

  2. mantequilla says

    Lo que aburre es leer refritos que poco aportan al original, afortunadamente hay personas, de cuyo criterio te fias, que tienen la paciencia de leérselos por tí y avisarte antes de que te compres el libro y te engolfes en una empanada mental.

  3. celine says

    Me da que es a esos, mantequilla, a los que se refiere Jonatan. Menuda faena les hacen a los jóvenes que quizás prefieran leer esos refritos a «the real thing». Nunca sabrán lo que pierden.

Leave A Reply

Your email address will not be published.