Mujeres libres y responsables

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Victoria Camps *

Este año se cumple un siglo de la primera celebración del Día Internacional de las Mujeres, en 1911. Cien años son años, pero no han sido suficientes para lograr lo que las primeras sufragistas se propusieron al empezar por la reivindicación elemental del voto para las mujeres: una igualdad no sólo formal, sino real. A la vista de lo que tenemos, la impresión es ambivalente. Ha habido cambios notables y el progreso alcanzado es obvio. Incluso el techo de cristal empieza a romperse, demostrando que las mujeres están preparadas para lo que haga falta y cada vez es más difícil dejar de verlas. Hoy tenemos presidentas de gobierno, ministras con carteras de tradición masculina, listas electorales paritarias, profesiones mayoritariamente feminizadas. Aún así, siguen dándose diferencias de peso, que sólo pueden ser consecuencia de discriminaciones no resueltas: diferencias en salarios y pensiones, insuficiente reparto del trabajo doméstico, feminización del paro y la pobreza.  Por no hablar de lo peor: los malos tratos y el goteo imparable de asesinatos de mujeres por sus mal llamados “compañeros”. Una prueba clara de que las mentalidades no cambian al ritmo de los cambios legislativos.  Si echamos una ojeada al mundo árabe y africano, en estos momentos tan actual, vemos que allí la emancipación de la mujer tiene que quemar aún muchas etapas. En fin, que un siglo no ha bastado para lograr una igualdad satisfactoria. Y que hay que seguir celebrando un “Día Internacional de la Mujer” que  nos recuerde a todos que aún queda mucho por hacer.

No obstante, una noticia reciente, de hace apenas un mes, sirve de alimento a la esperanza. En Italia, una multitud de mujeres irrumpió en la romana Piazza del Popolo y se echó a las calles de varias ciudades italianas liderando una concentración –que se extendió también a otros lugares del planeta– para acabar con el gobierno de Berlusconi. Gritaban no sólo contra un primer ministro que desprecia a la mujer, está acusado de prostituir a menores y se muestra impasible ante los embates de la justicia. Gritaban para devolverle a Italia su cultura, su dignidad y su futuro.

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“Quien calla puede convertirse en cómplice”, dijo Giulia Bongiorno, diputada de Futuro y Libertad. Será difícil, pero sería hermoso que las mujeres consiguieran lo que los partidos y las elecciones no han conseguido para vergüenza de muchos italianos, pero no, por lo visto, de la mayoría de ellos. Si los movimientos de mujeres fueran capaces de liderar una alternativa para Italia no sólo pondría de manifiesto el poder femenino, sino la sensibilidad e intuición de los grupos de mujeres para lograr lo que las instituciones y los procedimientos tradicionales, de corte patriarcal, no han logrado hasta ahora.

Por supuesto que la revolución de la mujer vale por sí misma y que el objetivo es tan sencillo como el de conseguir un reconocimiento real de la mitad de la humanidad. Pero sería excelente que, además del cambio cuantitativo y de contar a más mujeres en todas partes, se produjeran transformaciones cualitativas. Sería excelente que, gracias al empuje de las mujeres libres, el valor de la responsabilidad floreciera con más vigor.

Por mucho que ciertos datos hablen en contra, estoy convencida de que el movimiento de las mujeres no tiene marcha atrás. Pero puede estancarse. Puede no encontrar el enganche de las jóvenes generaciones para las que la igualdad es “natural” y no ven motivos suficientes para sostener la lucha. Por eso, no sólo un día dedicado a la mujer, sino los movimientos feministas siguen siendo imprescindibles mientras no cedan las marginaciones y las desigualdades. Debe mejorar la condición de la mujer y debe mejorar todo lo que funciona mal. Es lo que dice el ejemplo de las mujeres italianas y su empeño de moverse para recuperar no sólo una identidad que Berlusconi denigra cada día, sino recuperar al mismo tiempo la decencia de su país.

(*) Victoria Camps (Barcelona, 1941). Filósofa, catedrática de Filosofía moral y política de la Universidad Autónoma de Barcelona y presidenta del Comité de Bioética de España. En 1990 obtuvo el Premio Espasa de Ensayo por su libro Virtudes Públicas (Espasa Calpe) y en 2008 le fue concedido el XXII Premio Internacional Menéndez Pelayo por su magisterio filosófico y moral. Su última obra publicada es Creer en la Educación (Península, 2008).

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