La no intervención entonces y ahora

Gabriel Tortella *

Una semana después de oír y ver sus desafiantes carcajadas, hoy sabemos a qué se debía la fanfarrona hilaridad del coronel Muamar Gadafi ante Christiane Amanpour. La periodista de la CNN tuvo la ingenuidad de preguntarle si pensaba exiliarse en vista del levantamiento multitudinario del pueblo libio en contra de su dictadura. Tras unos diez días de rebelión, cuando el tirano parecía sitiado en Trípoli y la prensa internacional debatía si se refugiaría con sus miles de millones en la Venezuela de su homólogo Hugo Chávez, el coronel se desternillaba desafiante ante las cámaras. Esta actitud en un dictador odiado y reducido al reducto de su capital, en cuyas calles había ya manifestaciones en su contra, pareció una extravagancia más del histriónico caudillo. Pero resultó menos extravagante de lo que la prensa internacional supuso. Gadafi había echado sus cuentas y le salían. De eso nos hemos percatado ahora.

Yo no creo que Gadafi sepa mucha historia; es más, no creo que sepa nada. Pero entre sus leales quizá haya alguien que sepa algo de la guerra civil española, y ese conocimiento pudo darle muchas esperanzas. Y es que, aunque Libia y España sean países muy diferentes y las guerras civiles de entonces aquí y de ahora allí lo sean mucho también, hay algunos paralelismos inquietantes para cualquier persona enemiga de las dictaduras y partidaria de la democracia, el respeto a la ley y, sobre todo, indignada y sublevada de ver un ejército ametrallar y bombardear a su propio pueblo.

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Sí, en España fue el Ejército el que organizó el golpe contra el poder constituido y en Libia ha sido el pueblo el que se ha levantado contra una tiranía férrea, caracterizada por su longevidad y su práctica del terrorismo interno y externo. Pero en España la mayoría de las fuerzas armadas apoyó a los generales sublevados y en Libia esta mayoría militar permaneció fiel al coronel dictador, lo cual sin duda contribuía poderosamente a su hilaridad televisiva. Pero tras el golpe semifallido del 18 de julio, la situación de España en 1936 tenía puntos en común con la Libia de hoy: de un lado había un ejército bien armado y relativamente bien organizado; de otro, unos revolucionarios con fuerte apoyo popular, dominando la parte más rica del país, pero muy mal organizados y presas de fuertes rencillas internas. Las divisiones en el bando republicano español son bien conocidas: hoy en Libia, aparte de las rivalidades tribales y regionales está, sobre todo, la distancia que separa a las clases medias urbanas y los grupos islamistas. Además en Libia también hay, como había en Madrid, una quinta columna de militares tibios y chaqueteros que esperan a ver cómo sopla el viento para pronunciarse por un lado u otro.

Ahora bien, lo que provocará la risa de los partidarios del coronel que conozcan la historia de la guerra de España es la doblez y la hipocresía de las democracias occidentales. En 1936, Inglaterra, Francia y Estados Unidos, después de muchos titubeos y palabras altisonantes, terminaron por proclamar la doctrina de la “no intervención”, que constituía un embargo de armas que perjudicaba a la República y beneficiaba extraordinariamente a los rebeldes, porque éstos estaban apoyados por Hitler y Mussolini, que estaban dispuestos a empezar a violar el tratado de “no intervención” antes de que se secara la tinta de las firmas, de modo que Franco dispuso de material militar en grandes cantidades, mientras la República tuvo que contentarse con la ayuda de la otra potencia totalitaria, la Unión Soviética, que la exprimió y la dominó a su gusto y la abandonó cuando le convino. Las democracias occidentales se lavaron las manos y entregaron España a fascistas y comunistas: así resultaron las cosas.

Entonces fue el temor al comunismo lo que ató las manos de las democracias occidentales. Hoy es el coco del islamismo radical lo que les hace dudar, contradecirse, y, en definitiva, proclamar una nueva “no intervención” mientras contemplan pasivamente la matanza de un pueblo armado, sí, pero muy mal armado. Igual que a Don Gonzalo en el Tenorio de Zorrilla, el provocar a Gadafi le está resultando al pueblo libio como “atacar a un león con un mal palo”.También entonces pesaron, como ahora pesan, los intereses económicos: hoy, evidentemente, el deseo de asegurar el suministro de petróleo; entonces la todavía respetable riqueza minera de España, donde los intereses ingleses y franceses eran considerables. Cierto que Gadafi no gusta a nadie, como Franco no gustaba entonces; pero la actitud de las potencias democráticas era idéntica a la expresada por Franklin Roosevelt con respecto al dictador cubano Gerardo Machado: He is a sonofabitch, but he is our sonofabitch (Es un hijo de perra, pero es nuestro hijo de perra). La frase es muy conocida; lo que no es tan conocido es que, al final, y en vista de la oposición popular, el propio gobierno de Roosevelt presionó a Machado para que abandonase Cuba. Ojalá ocurriese lo mismo con Gadafi; pero lo dudo mucho. El dictador está aplastando a su pueblo a toda velocidad para que las dubitativas y melindrosas cancillerías occidentales no se pongan de acuerdo y, con el apoyo de la Liga Árabe, impidan los ametrallamientos y bombardeos del pueblo libio por la aviación gubernamental. Entretanto Gadafi, como Don Juan Tenorio, le dice a su pueblo y a la opinión internacional: “Me hacéis reír, Don Gonzalo.”

(*) Gabriel Tortella. Economista e historiador. Es catedrático emérito de Historia de la Economía en la Universidad de Alcalá de Henares.