El Movimiento del 15-M y el voto críptico

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Francisco Serra

En la jornada de reflexión, previa a las elecciones municipales y autonómicas, un profesor de Derecho Constitucional subió al autobús y se fue a ver la Revolución, de forma parecida a como, en los años de la guerra, los milicianos tomaban el tranvía para ir al frente. Después de bordear las atestadas terrazas del Barrio de Salamanca, el vehículo, cargado hasta los topes de jóvenes y personas muy mayores, se aproximó a la plaza de Cibeles, donde los patinadores, ajenos al revuelo, seguían trazando sus filigranas frente al remozado “Palacio de Correos”. En la acera de Alcalá, un mendigo sin brazos agitaba con su boca un vaso de plástico en demanda de más tintineantes monedas. El profesor se bajó allí y se perdió en la multitud que se dirigía a la Puerta del Sol. Un ambiente festivo se desbordaba por los aledaños de la Plaza, en la que desde las azoteas los jóvenes desplegaban pancartas, mientras se coreaban proclamas revolucionarias. Divertidas performances se representaban en las proximidades y los curiosos se arremolinaban por los alrededores. El profesor, algo agobiado por la muchedumbre, se perdió por las callejas de detrás, salió a Montera, donde las putas, expectantes, ofrecían sus servicios, y fue a dar a una Gran Vía también  repleta de gente y en la que, como siempre, descubrió, apoyados en una barandilla, a los viejos rockers que pasaban la tarde, ajenos a lo que sucedía unos metros más abajo.

Al día siguiente, se despertó temprano y, tras muchas vacilaciones, se dirigió a votar. A lo largo del día, siguió en cuartopoder.es las variaciones que se producían en la Plaza y al ver cómo lentamente se iba vaciando se sintió algo desalentado. Al caer la tarde, la Puerta del Sol pareció volver a llenarse, pero ya los primeros resultados electorales empezaron a sumirle en un estado de abatimiento. A medida que se iban conociendo los datos, se fue percatando de que la aparición del movimiento apenas había tenido incidencia en las urnas. Con toda probabilidad, las reiteradas consignas de “apartidismo” de los jóvenes habían llevado a que su “indignación” con el actual sistema político español (y que, por lo que él había podido ver el día anterior, se extendía a amplios sectores de la población) no quedara reflejada de forma clara y se hubiera desperdigado en una multitud de opciones difíciles de precisar. Un leve incremento del voto en blanco y el voto nulo apenas reflejaba la sensación de hartazgo con los partidos políticos dominantes que muchos como él sentían.

Durante la semana, la mayoría de sus amigos se habían acercado en varias ocasiones a la acampada y le habían instado al profesor a acudir, indicándole que se trataba de algo nuevo, capaz de suscitar un entusiasmo que ya hacía tiempo que había desaparecido en todos aquellos que demandan un mundo mejor. Ya el lunes, en una terraza de Prosperidad, Ismael Melville, el librero más cultivado de Madrid, muy preocupado en los últimos meses por el súbito descenso de las ventas, desengañado de los políticos tradicionales, le contó que había estado en la manifestación del día anterior y le había transmitido su renacida ilusión porque pudiera iniciarse un auténtico cambio en la “forma” de hacer política. El miércoles, cuando se dirigía a dar una de las últimas clases del curso en un Centro Asociado de la UNED, al salir del metro en la Plaza de Lavapiés se había tropezado con un amigo al que hacía tiempo que no veía y se encaminaba hacia la acampada: prejubilado de banca apenas cumplida la cincuentena, se había ido a vivir a un pueblo de las afueras y sólo en contadas ocasiones se acercaba a la capital.

La sensación que tenía el profesor, que en los primeros días de la semana no había podido acercarse a la puerta del Sol por razones familiares, era que algo nuevo estaba ocurriendo ante sus ojos y con curiosidad seguía una noche tras otra las imágenes de los acampados. Recordó que hasta el envarado Kant se retrasó en llegar a clase (solo le había sucedido en otra ocasión, cuando se le hizo tarde por enfrascarse en la lectura de Rousseau) por esperar el correo que venía de Francia y traía noticias de la Revolución. Lo que allí había sucedido, decía más tarde, que un pueblo tomara en sus manos su destino, aunque fracasara (y él era consciente de que ya había indicios de que no iba a perdurar en el tiempo), no se olvidaría jamás, precisamente por el “entusiasmo” que generaba en los “espectadores”, que estaban pendientes, en distintos países (algunos muy lejanos, como la propia Prusia, en la que él residía y de la que nunca salió), de lo que sucedía. En la “sociedad del espectáculo”, somos todos los que desde nuestro ordenador podemos participar de esa revolución pacífica, que todavía es más muestra de un “rechazo” a la política establecida que plasmación de propuestas concretas.

El profesor, mientras se lavaba los dientes, pensó que debía existir alguna forma de que, sin esperar a una modificación de la ley electoral, muy improbable en los próximos meses, pudiera reflejarse en las elecciones generales el desasosiego de una gran parte del pueblo español ante las limitaciones del modelo democrático “realmente” existente en España y se le ocurrió una posibilidad de expresar esa creciente insatisfacción, sirviéndose de los procedimientos ya previstos en la Constitución, que, aunque reconocía la “democracia representativa” como la forma de tomar decisiones, también contenía promesas, hasta ahora incumplidas, de avanzar hacia una “democracia participativa”. Aunque los acampados se habían decidido por privilegiar la importancia de las Asambleas, no había ningún obstáculo para que utilizaran también en los próximos comicios los recursos que permite la elección de representantes para las Cortes Generales.

Mientras se echaba las gotas en los ojos, descubrió una fórmula que permitiría que ese voto disperso, desperdigado en varias opciones, difícil de determinar, en último extremo, “críptico”, que había tenido lugar ese día, se convirtiera en “voto crítico”, en el que todos los indignados con el sistema actual mostraran su descontento. Bastaría con que presentaran una opción clara, única, en las próximas elecciones generales, pero no para el Congreso de los Diputados, como hacen todos los partidos y grupos políticos que aspiran a tener representación, sino para el Senado, que es donde de hecho existen “listas abiertas”, al elegirse por sistema mayoritario. Para no fragmentar el voto, debieran presentar un único candidato a senador por cada provincia, lo que es perfectamente posible, al ser las candidaturas a senador, como señala la propia ley electoral, absolutamente individuales (aunque hasta ahora haya sido lo habitual agruparlas). De esta forma, muchos de los que hasta ahora han preferido votar a los grandes partidos para no desperdiciar su voto podrían manifestar su insatisfacción marcando en la papeleta el nombre del candidato “indignado” e incluso podrían marcar, si querían,  además otros dos nombres del partido al que solían votar. Como además, es obligatorio que cada candidato a senador vaya acompañado de varios suplentes, podría producirse una rotación casi permanente de los senadores que representan la indignación con los partidos mayoritarios y así se evitaría la “profesionalización” de los que salgan elegidos y que podrían ser, al fin, la “voz de los que no tienen voz” y que hasta ahora no encuentran acomodo en el Parlamento.

El profesor, dejando las gafas sobre la mesa de noche, pensó que tal vez así el Senado pudiera cumplir al fin una función que los ciudadanos consideraran necesaria. Era dudoso que hasta ahora hubiera sido una “Cámara territorial” y tampoco se había convertido en una verdadera “Cámara de reflexión”, ya que su composición era muy similar a la del Congreso de los Diputados y, en todo caso (incluso, aunque en contadas ocasiones, se hubiera ejercido el derecho de veto), éste era quien aprobaba la redacción final de las leyes. Ahora el Senado, sin perder esas características (y que no llegaban a justificar del todo su existencia para la mayoría de sus estudiantes), podría convertirse en una “Cámara de experimentación”, en la que el sistema mayoritario pudiera servir para al menos hacer oír a aquellos que persiguen una “forma distinta de hacer política”. El profesor, antes de apagar la luz, se puso los tapones en los oídos y se metió entre las sábanas, ansiando despertarse un día en ese mundo que, con sus propuestas (aunque él no las compartiera todas), los acampados en la Puerta del Sol estaban intentando construir y aún tan lejano parecía.

2 Comments
  1. inteligibilidad says

    Yo no entiendo mucho pero la simple opción de poder vetar es muy atractiva… se podrían echar atrás tantas cosas…

  2. perri el sucio says

    El señor Francisco Serra ha tenido una idea digna de esforzarnos por profundizarla y explotarla. ¡Suena realmente bien!

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