Una biografía sobre Obama

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Carlos García Valdés

Imagen de archivo de Barack Obama durante un discurso. / Pete Souza (whitehouse.gov)

El periodista y escritor norteamericano, premio Pulitzer en 1994 y director del New Yorker, David Reemnick, ha publicado recientemente en nuestro país una biografía del presidente de los Estados Unidos titulada “El puente. Vida y ascenso de Barack Obama” (Debate, 2010) primera de cuantas se dedican al político de referencia con datos rotundos y sólidos, que nos acerca al personaje desde sus comienzos hasta llegar a la Casa Blanca. Es un texto literario aséptico y bien informado, correcto sin entusiasmos, pero escrito desde la simpatía y el reconocimiento, muy adecuado al protagonista del mismo, en el que se destaca, más que el genio, la persistencia y la voluntad del biografiado en lograr, paso a paso, sus objetivos.

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La lectura de la extensa obra, dividida en cinco partes y con setecientas cincuenta páginas, acompañada de una excelente bibliografía complementaria, nos deja una sensación equivalente a la que nos produce Obama. Le falta algo, como a éste. Nos deja algo fríos. No tiene el autor ni, desde luego, personalmente tengo, al actual presidente por un hombre rotundamente brillante, pues sus estudios universitarios no fueron excepcionales y la dirección de la Harvard Law Review le llega sin especiales predicamentos. Él mismo no la valora expresamente al mencionar su poca difusión entre el mundo jurídico, si bien esa responsabilidad le ofrece la senda de los primeros debates internos con los miembros de la redacción y los colaboradores externos, exhibiendo su temprana capacidad de análisis y convicción.

Profesor en Chicago, tampoco destaca ciertamente por su lograda investigación o reconocido prestigio y cuando escribe su obra Los sueños de mi padre (1995), el texto se considera una hagiografía, escrita demasiado pronto para ser una seria reflexión autobiográfica que, sin embargo, fue fuente de inspiración de sus posteriores campañas electorales. La modestia preside sus cometidos profesionales, enmarcados en tareas legales, según nos refiere Reemnick, entre los años 1997 a 2004, fecha en que se presenta Obama para el Senado. Nunca parece que destacó intelectualmente, si bien sus capacidades retóricas, partiendo de una idea inicial, elaborándola y desarrollándola, conforman sus intervenciones públicas, no necesariamente largas, en lugares donde no existían verdaderos oponentes. Prestidigitador con las palabras, deduzco que ese aprendizaje le sería muy útil posteriormente. Lo que es evidente es que su irrupción tranquila en el panorama nacional fue en el momento oportuno; tal pareciera como si la necesidad de una nueva vía política le esperara, de ahí el logro incontestable.

El 11-S coge por sorpresa también a Obama. Enseguida se alinea junto a los detractores de la guerra preventiva contra Irak patrocinada por el presidente Bush. Su discurso de 2002, finalizado con la famosa frase “no me opongo a todas las guerras. Me opongo a las guerras estúpidas”, es determinante para conocer su pensamiento. De hecho, la reiteración de su claro criterio se vendrá a producir con motivo de la entrega, en Oslo, del premio Nobel de la Paz, ya presidente, siete años después. Las mismas apreciaciones referentes al conflicto bélico, reforzadas con la crítica al empleo de la tortura con los prisioneros de Guantánamo, se destilan en su intervención. Otro tema será su actuación posterior, cuando hereda la promesa presidencial de su antecesor de encontrar vivo o muerto a Bin Laden. Muerto el terrorista en la primavera de 2011, la operación fue expresamente autorizada por Obama, así como tenía que ser conocedor de los reiterados maltratos infligidos, en prisiones no desmanteladas, al posterior informante de su paradero. Y esa contradicción le pesa, sin duda, aunque siempre he creído que la diferencia entre los dirigentes estadounidenses no es, precisamente, en temas de defensa nacional ni de exhibición patriótica, donde todos andan parejos con opiniones y métodos semejantes.

La campaña electoral para las primarias presidenciales le enfrentó con Hillary Clinton. En el libro de David Reemnick se nos narra con detalle la misma. Nunca tuvo claro el partido demócrata la bondad de uno u otro candidato hasta muy al final. No cabe duda que influyeron en la elección los votantes jóvenes, los afroamericanos y los hispanos, así como el desgaste del ilustre apellido de la que había sido primera dama, luego eficaz secretaria de Estado con su oponente. Superado este duro trámite, la confrontación con el senador McCain tuvo otras características de fondo que le vinieron mejor. Nadie ya quería oír de pasados gloriosos y militaristas ni de algo por asomo parecido a la continuidad del gobierno de George Bush. Por eso tuvo éxito Barack Obama en 2008. Frente a una administración que se entendía popularmente agotada, las propuestas diferentes, enmarcadas en la afortunada expresión, con verdadera pegada, “nosotros podemos”, por ejemplo sobre la sanidad pública o el fin de la confrontación bélica y la misma figura del candidato demócrata, suscitaron sincera esperanza de cambio y trasformación, ese “ser otra cosa” que tanto importa a la hora de votar libremente.

El autor del presente libro deja traslucir la personalidad de su biografiado. Que no estamos en presencia de un inicial y auténtico líder es notorio. Que luego lo fue, también lo es. Quiero entender que desde la concepción de Reemnick, Obama no es un ser predestinado sino un trabajador de su destino. Aunque el autor estampa en el frontispicio de su monografía la frase del veterano congresista John Lewis atinente a que nuestro protagonista “es lo que se halla al otro extremo de ese puente de Selma”, es decir ni más ni menos que el futuro de la raza negra, tomada la reflexión del instante en que Martin Luther King cruzó dicho puente -de ahí el nombre de la obra- encabezando una manifestación pro derechos civiles en 1965 en la pequeña ciudad de Alabama, es evidente que esa privilegiada posición de futuro, atribuida por el representante de Atlanta a nuestro hombre, está escrita cuando ha transcurrido con largueza el tiempo. La totalidad del texto de Reemnick es el desbrozo del camino recorrido por Barack Obama para ser merecedor de ese pensamiento generoso de su gran amigo.

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