La sociedad, contra el mercado

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Fernando Álvarez-Uría *

¡Qué curioso, si miro mucho tiempo a los números, luego
veo borrosa a la gente! El Roto (El País, 13 julio 2011)

Para comprender el presente es preciso no olvidar nuestro más inmediato pasado. Voy a tratar de recordar brevemente cómo se produjo el paso de la economía política, que situaba en el centro de la reflexión el problema de la producción y la distribución de los recursos, a la ciencia económica, que en nuestro tiempo ha dado alas a la hegemonía de los mercados financieros. Esa deriva fue decisiva para que la lógica de una sociedad de mercado erosionase sin cesar los avances del Estado social, pero favoreció también la formación de una sociología amnésica, ahistórica y asocial, que, arrastrada por el formalismo económico, quedó anclada en el individualismo metodológico, de modo que el avance del capitalismo salvaje se realizó sobre una especie de tierra intelectualmente calcinada.

Maurice Dobb señalaba que se disputan el campo económico una economía pura, estilizada, formal, basada en una teoría subjetiva del valor, y construida predominantemente a partir de modelos econométricos, y una economía sociológica que asume que la economía es una ciencia social y política en la que intervienen las clases sociales, así como factores institucionales.

Desde el triunfo de los modelos neoliberales en Occidente se ha impuesto, formando parte del llamado pensamiento único, la economía pura, y con ella el poder de las altas finanzas que han maniatado a los sistemas políticos democráticos. No habrá por tanto alternativa a la crisis sin un cambio de rumbo, sin una domesticación de los mercados subordinándolos a los intereses generales de la sociedad.

La Revolución rusa de 1917 marcó, para bien y para mal, la historia trágica del siglo XX. Antes de que transcurriesen tres años del proceso revolucionario un economista austriaco, Ludwig von Mises, publicó un artículo en el que defendía la imposibilidad de una economía socialista pues, si el Estado fija arbitrariamente los precios desde el poder central hace inviable el cálculo económico. Sin mercado, sin libertad para comprar y vender, sin libre competencia, argumentaba Mises, no hay precios, y sin precios que reflejen las prioridades e intereses de los ciudadanos, no hay posibilidad de desarrollar una racionalidad económica.

Uno de los primeros críticos de las tesis de Mises fue Karl Polanyi que argumentó en favor de una tercera vía entre la economía pura de los austriacos, y el colectivismo soviético, es decir, en pro de una sociedad democrática en la que coexistiesen a la vez los mercados y la planificación central coordinada desde el Estado social. La intervención de Polanyi fue importante pues fue uno de los primeros economistas institucionalistas que pensó de un modo reflexivo la cuestión del lugar de la economía en la sociedad.

Como años más tarde escribió el propio Polanyi  “una sociedad netamente de mercado como la nuestra, tiene que encontrar difícil, por no decir imposible, apreciar equitativamente las limitaciones de la importancia de lo económico. (...) Habiendo convertido el hombre la ganancia económica en su fin absoluto, pierde la capacidad de relativizarla mentalmente. Su imaginación queda encerrada en los límites de esa incapacidad. La misma palabra economía evoca en él no el cuadro de los medios del sustento del hombre y la tecnología que ayuda a asegurarlos, sino una serie de fines concretos, de actitudes peculiares y de propósitos totalmente específicos a los que él está acostumbrado a denominar económicos, aunque no sean más que meros accesorios de la economía real, que deben su existencia a una efímera interacción de características culturales. (…) Esta obsoleta mentalidad de mercado es, a mi parecer, el principal obstáculo para hacer un enfoque realista de los problemas económicos de las futuras décadas”.

La discusión entablada entre Mises y Karl Polanyi aparentemente afectaba tan sólo al estatuto de la economía en la Unión Soviética, y en una futura sociedad socialista, pero, tras la Gran Depresión, cobró nueva importancia. El crash de la bolsa de Nueva York el martes 29 de octubre de 1929 anunciaba una recesión en los países industriales de una envergadura hasta entonces desconocida. En 1933 el paro afectaba ya en estos países a 30 millones de trabajadores. En los USA el paro había pasado del 3% de la población activa al 25%. De nuevo la cuestión social irrumpía con fuerza en la escena social. Fue en este momento, cuando el fascismo en Italia y el nacional-socialismo en Alemania alcanzaron su punto álgido, cuando de nuevo la cuestión de la posición del mercado en la sociedad resurgió en íntima relación con la cuestión del modelo de sociedad. Uno de los grandes animadores del debate fue el entonces joven economista, discípulo de von Mises, Friedrich Hayek.

Hayek comenzó a trabajar con Mises en Viena en la Cámara de comercio, y cuando su maestro publicó el libro titulado Socialismo sufrió la misma conversión al conservadurismo que afectó a otros jóvenes economistas situados en el círculo de Mises que participaban en su seminario. Para ellos el socialismo dejó de ser un sinónimo de progreso, pero tampoco el capitalismo liberal parecía conducir hacia una sociedad más justa como ponía brutalmente de manifiesto la gran depresión de 1929. Entre la colectivización forzosa de la propiedad, promovida por los bolcheviques en la Rusia soviética, y la libre competición en el mercado, propia de las sociedades capitalistas, Karl Polanyi, Karl Mannheim, Harold Laski, y otros socialdemócratas, consideraban que había espacio para una sociedad planificada en la que la propiedad privada y el mercado coexistiesen con la propiedad social garantizada por un Estado social y democrático de derecho. La política pasaba a ocupar el puesto demando. Desde muy pronto, sin embargo, los economistas austriacos, especialmente Mises y Hayek, trataron de cortar la hierba bajo los pies de los socialdemócratas.

Entre la Primera y la Segunda Guerra Mundial, entre 1914 y 1939, se sucedieron en Europa las conmociones. En primer lugar hay que mencionar los cambios desencadenados por la propia Gran Guerra que derribó imperios y aplastó las utopías de los movimientos pacifistas, pero también la revolución rusa que alimentó los sueños socialistas. Por su parte a la sombra del crack del 29  se desarrollaron el fascismo y el nacional socialismo, mientras que Stalin, convertido en el nuevo zar de todas las Rusias, abría para los disidentes los campos de concentración siberianos.  La guerra civil española de 1936, provocada por un golpe militar contra el gobierno legítimo de la República, constituía un anticipo de la Segunda Guerra Mundial, un enfrentamiento bélico en una Europa dividida y en llamas, que atizaban sin descanso los innumerables heraldos de la guerra, tanto los partidarios de la guerra entre las clases como los de la guerra entre las razas. Así fue como en pleno siglo XX los ideales de la Ilustración quedaron reducidos a cenizas.

Las teorías del equilibrio estático  que defendían los austriacos se avenían mal con la tormentosa historia de los países europeos marcada por guerras y revoluciones. La gran depresión obligó a los economistas a salir en fin de su torre de marfil. La convulsa realidad social hacía estallar los estrechos moldes de una economía confeccionada con tiralíneas al servicio del capital. La revolución keynesiana eclipsó a la economía de la oferta.  El  mercado subordinado por Keynes a las políticas económicas y a la lucha contra el paro parecía un punto de no retorno de modo que la tradición marginalista, que había sido aceptada como una ortodoxia, se vio sacudida y en buena medida desplazada tras la Segunda Guerra Mundial por una tradición más antigua que había sido descartada. Pero las cosas cambiaron cuando en 1975 se produjo la crisis del petróleo, y un poco más tarde la llamada revolución neoliberal que supuso el retorno de la Escuela Austriaca de Economía y de la Escuela de Economía de Chicago al centro neurálgico de elaboración del pensamiento económico legítimo. En torno a las figuras de Popper y Hayek se estaba fraguando la revancha de los defensores del individualismo metodológico a la vez en el campo económico y sociológico. Las políticas neoliberales, relanzadas en un principio en la Inglaterra de la Dama de Hierro, y en los USA de Ronald Reagan, se expandieron con fuerza por todo el mundo para configurar de forma determinante nuestro mundo actual sometido a los dictados del capitalismo financiero. Los paraísos fiscales crecieron al ritmo de expansión del nuevo capitalismo especulativo. Una vez más la economía política, que había renacido de sus cenizas en los años sesenta y setenta del siglo XX, se vio desplazada por el imperio de la nueva ciencia económica. Sin embargo la historia aún no se ha detenido a pesar de que Fukuyama se empeña en sostener lo contrario.

El capitalismo especulativo, el capitalismo de casino, promovido por los nuevos amos del universo, se extiende por los mercados de valores, con la ayuda de las nuevas tecnologías, lo que confiere a los mercados de capital una posición central. La Europa social se ve amenazada, pero no solo peligra el modelo social europeo, es todo el mundo el que asolado por el hambre, el desarraigo, la mercantilización de los seres humanos y de la naturaleza, cabalga a la grupa de un caballo desbocado.

Ha llegado de nuevo la hora de subordinar los intereses de los especuladores que manejan los mercados a los intereses de la sociedad, ha llegado la hora de que la producción, el trabajo, la distribución y redistribución de los productos en las economía reales prevalezcan sobre los bonos basura y acaben con los especuladores sin escrúpulos. Socialistas, socialdemócratas, verdes, partidos políticos progresistas, movimientos sociales y ciudadanos defensores de una moral cívica, de una moral social, pueden y deben hacer un frente común para obligar a los gobiernos a rectificar en su deriva neoliberal. Ha llegado la hora de los análisis, de las propuestas, de las soluciones y las resoluciones que impulsen una cultura democrática en el seno de sociedades en las que prevalezca la solidaridad sobre el egoísmo y el afán de lucro.

(*) Fernando Álvarez-Uría es catedrático de Sociología en la Universidad Complutense.
2 Comments
  1. Rubén says

    Ojalá, porque lo que tenemos delante es «pa asustar»

  2. Jonatan says

    La paradoja puede ser que lo que tenemos por delante no sea peor que lo que dejemos atrás, amigo.

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