Las consecuncias políticas de la crisis

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Gabriel Tortella*

Un rápido vistazo a las elecciones en Europa durante los últimos años nos revela un retroceso continuado de los partidos socialistas. Hace tres años, comentando las elecciones europeas de 2008, señalaba yo en un artículo en La Actualidad Económica que la marea conservadora subía inexorablemente, y que de los países grandes europeos solamente quedaban gobiernos socialistas en el poder en Inglaterra, en Portugal y en España. Pero la marea conservadora siguió subiendo, y hoy los únicos gobiernos socialistas que quedan en Europa son en países bastante marginales, como Noruega, Grecia y España, y aquí, al menos, en una situación bien precaria.

En efecto, las encuestas sitúan a los socialistas muy abajo a dos meses y medio de las elecciones a Cortes; pero además, estas encuestas se ven confirmadas retrospectivamente, porque en los últimos meses han sufrido ya dos derrotas históricas: la más reciente, en las elecciones autonómicas y municipales del pasado mes de mayo; la anterior, en las elecciones catalanas del pasado noviembre, cuando el Partido Socialista sufrió una humillante derrota en uno de sus caladeros tradicionales, la Cataluña que tres años antes le había dado su segunda victoria consecutiva con la reelección de Zapatero.

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La socialdemocracia, tan boyante hace varias décadas en los países centrales de Europa, como Inglaterra, Francia, Alemania o Italia, por no hablar de su feudo más duradero, Suecia, se halla hoy en franco retroceso. ¿Tiene explicación racional este fenómeno, o se trata de uno de esos frecuentes vaivenes aleatorios de la historia? En mi opinión tiene una explicación racional: el socialismo es una ideología del pasado. Pero no lo es porque esté muy vista, pasada de moda, o cosas así. Está anticuada porque su éxito histórico ha sido tan grande que ha cubierto sus objetivos y tiene ya muy poco que ofrecer. El socialismo ha cambiado la sociedad y la sociedad no necesita ya del socialismo.

En el siglo XIX, cuando las diferencias sociales eran enormes, cuando la distinción entre burgueses y proletarios era clara y nítida, cuando el nivel de vida de las clases trabajadoras urbanas rozaba el nivel de subsistencia y su esperanza de vida a duras penas alcanzaba los cuarenta años, los partidos socialistas se formaron y, ayudados por la generalización de la democracia, que se inició en la segunda mitad del siglo, y se impuso durante la primera mitad del XX, alcanzaron el poder tras la Primera Guerra Mundial e implantaron gradualmente el Estado de Bienestar que hoy nos es tan familiar. Esto ocurrió en Europa y, en gran medida, en todo el mundo desarrollado, incluyendo Estados Unidos, Canadá, Japón, Australia, Nueva Zelanda, etc. El Estado de Bienestar es muy caro: exige gastos que están entre la cuarta parte y la mitad de la Renta Nacional, y esto es algo que sólo los países muy desarrollados se pueden permitir. Los países más pobres tienen que contentarse con sistemas de bienestar parciales e incompletos. Se da así la paradoja de que el socialismo sólo ha triunfado en países donde antes había triunfado el capitalismo. Y aquí comienzan las dificultades, porque el sistema de bienestar, llevado a extremos, traba y entorpece el funcionamiento del capitalismo, y sin el capitalismo como motor, el Estado de Bienestar se encalla y provoca fuertes tensiones.

En gran parte, esto es lo que ha causado la crisis: ya sé que muchos piensan que la crisis es solamente achacable al capitalismo, a los banqueros, etc. Se equivocan: la crisis es achacable a la inhibición de los reguladores estatales, que hicieron dejación de sus responsabilidades y permitieron que muchos banqueros y financieros, sin duda espoleados por la bajas de los tipos de interés, alimentaran una burbuja inmobiliaria y crediticia que a la postre tuvo que estallar. Pero lo que no se ha reconocido suficientemente es que esa dejación por parte de los reguladores se debió al temor de pinchar ellos la burbuja y correr con la responsabilidad de haber causado una recesión y, en último término, haber puesto en peligro algunos llamativos aspectos del sistema de bienestar. No hay más que recordar los denuestos e improperios con que era recibida cada tímida subida del tipo de interés por parte del cauto Jean-Claude Trichet, gobernador del Banco Central Europeo, cuando estimaba que la burbuja estaba provocando un repunte de la inflación.

El problema del socialismo es que, de una parte quiere ser visto por los votantes como el campeón de un Estado de bienestar en continuo crecimiento y por otra parte se da cuenta, sobre todo cuando la crisis ha provocado un alza desbocada del paro, de que forzar la máquina del “gasto social” es como matar a la gallina de los huevos de oro. En esta situación, los votantes europeos prefieren a los partidos conservadores que, sin pretender desmantelar el Estado de Bienestar (ningún político en sus cabales lo pretendería en la Europa de hoy, por más que la extrema izquierda se empeñe en acusar de ello a los conservadores), se ofrecen a sus ojos como unos administradores más eficaces y sensatos, menos ideologizados, que los socialistas. El ejemplo palmario lo tenemos en España, donde los socialistas se han venido presentando como los campeones de los “derechos sociales”, para luego verse obligados a limitar tales derechos con desgana y sonrojo.

En la política ocurren muchas cosas inesperadas, los “vaivenes aleatorios de la historia” a que antes me refería, pero a la larga, si los socialistas no reconocen la contradicción en que se hallan inmersos, y no piensan seriamente en renovar sus ideas y su programa, el porcentaje de sus votantes seguirá descendiendo en Europa. Otro día me ocuparé de cómo y hacia dónde podría plantearse esa renovación.

(*) Gabriel Tortella. Economista e historiador. Es catedrático emérito de Historia de la Economía en la Universidad de Alcalá de Henares.
4 Comments
  1. Antonio says

    No sé porqué se le publica nada a este señor. Hace unos años su tesis era que había demasiada democracia. En el artículo actual, da una visión de las cosas que lo único que explica es el porqué de muchos de los problemas de la universidad española, con catedráticos como este.

  2. Luismi says

    Cito: «el sistema de bienestar, llevado a extremos, traba y entorpece el funcionamiento del capitalismo».

    Pues en Escandinavia eso no pasa. Allí hay impuestos altísimos y son los países más competitivos y globalizados del mundo, según estadísticas muy respetadas.

    Otra cosa es que sea difícil convertirse en un pais escandinavo, sobre todo ahora con el neoliberalismo suelto por ahí dando mordiscos.

  3. Joe Lion says

    Sr. Tortella,

    Como bien dice un tertuliano, su análisis no resiste ni un plumazo ante las evidencias de las economías escandinavas. Es más, le hago notar que los países que mejor están soportando los vaivenes de la crisis son, precisamente, aquellos que mejor tienen establecido su Estado de bienestar, y desde hace más tiempo. Por ejemplo, Francia, o Alemania, u Holanda.

    España necesitaría recortar, sí, y yo sugiero algunas ideas:

    – Los cargos políticos, un 50% como mínimo. Ésto no es demagogia, los cargos políticos no representan el «chocolate del loro», sino mucho, muchísimo más.
    – Los gastos superfluos de ministerios, comunidades y ayuntamientos, otro escándalo.
    – Los cientos de organismos públicos que no sirven literalmente para nada, salvo para pagar rentas en forma de salarios a las clientelas políticas, a los votantes de los que medran en esos puestos.

    También sugiero que se racionalice el gasto social: esto es, dar ayudas y salarios sociales a los que realmente lo necesitan, y no esa especie de «café para todos», como el famoso cheque bebé, o el reembolso del 100% del gasto farmacéutico!!! Los ricos viejos, que paguen todo el gasto!!

    Y por supuesto, combatiría a fondo la corrupción y la evasión fiscal, pero para ello hace falta voluntad política, que no hay (según algunos cálculos, esa evasión y esa corrupción le cuesta al país no menos del 15% al 20% de su PIB).

    Se calcula que con esas medidas, el Estado se ahorraría un % muy elevado del presupuesto (entre un 30% y un 35%).

    Con todo ello, no haría falta bajarle los sueldos a los funcionarios de carrera, que son necesarios para la salvaguardia de la democracia y de la neutralidad de la Administración, ni congelar las pensiones, y se podría reforzar el presupuesto en Educación.

  4. Joe Lion says

    Por cierto, Sr. Tortella,

    Cuando empecé a leer su artículo pensé que al referirse a las consecuencias políticas de la crisis, se referiría a las consecuencias políticas obvias y más visibles de esta profunda crisis en Europa:

    – Crecimiento galopante de las corrientes políticas extremistas, sobre todo de la extrema derecha (en Francia, el FN con el 25% o más de votos y oportunidad de pasar a la segunda vuelta de las elecciones presidenciales, en Escandinvia un creciente racismo de corte biológico y religioso, como en Holanda, en Alemania la consolidación de un partido de extrema derecha, en Italia, con un arsenal parafascista o xenófobo, etc…).

    – Violentos disturbios y creciente inestabilidad social en diferentes partes del Viejo continente (empezaron en Francia en 2005 y 2006, siguieron en Reino Unido, Italia, España, y seguirán en otras ciudades: me espero Bruselas, Italia, y Holanda).

    – Deslegitimación creciente de la Democracia moderna a ojos del común de los ciudadanos, pues este sistema es cada vez más visto por la élite como un sistema de reemplazo de élites y de castas políticas, y no como un sistema capaz de responder a sus necesidades.

    – Consolidación de un sistema de castas político-económicas más o menos amplio, con muchos que comen del pesebre, mientras se constituyen en paralelo unos sectores marginados, un «lumpen» al margen de los circuitos económicos, que hay que contentar con «pan y circo» (limosna y fútbol).

    Son esas las consecuencias sociales y políticas de la crisis a las que quería usted referirse también?

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