Microteatro por dinero: un teatro digno para todos

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Julián Sauquillo

Cartel de una de las obras que se representan. / teatropordinero.com

Recuerdo monólogos y soliloquios inolvidables en un teatro español ya engullido por la historia. Voces que no aguantan quedar en el pecho de sus personajes  como las de Berta Riaza interpretando a lady Macbeth, Juan Diego haciendo de Segismundo, Bódalo en el papel del juez del Círculo de Tiza Caucasiano, Pellicena de temible Montenegro, Emilio Gutierrez Caba encarnando al correo de Hessen, José Luis Gómez en los discursos de Azaña, Ismael Merlo representando a Bernarda Alba, Nuria Espert de Yerma,… Todos rezumaban algo fundamental del espíritu de los hombres: la violencia sangrienta, el deseo de justicia, el compromiso dramático con la nación, la barbaridad del dueño y señor, la lucha contra una existencia que atenaza, la represión contra la que sólo cabe rebelarse, el ansia por germinar y desarrollarse,… Pero recuerdo sobremanera un soliloquio que a su intérprete le costó llevar adelante. Se trata del monólogo de Segismundo en La vida es sueño (1635), interpretado por José Luis Gómez, donde Calderón situó el pesar de quien desea ser libre en el centro de una existencia encadenada.

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¡Ay mísero de mí! ¡Y ay infelice!
Apurar, cielos, pretendo
ya que me tratáis así,
qué delito cometí
contra vosotros naciendo;
aunque si nací, ya entiendo
qué delito he cometido
Bastante causa ha tenido
vuestra justicia y rigor;
pues el delito mayor
del hombre es haber nacido.

El excéntrico Raymond Roussel iba más de doscientas veces a ver la  representación de la misma obra para apreciar pequeños cambios y desvíos noche tras noche. Por razones secretas que no revelo para acrecentar el misterio de mi relato, yo presencié semejantes veces el soliloquio de Segismundo interpretado por Gómez. Acaricio que él me viera en el segundo piso del Teatro Español. También que me llegara a hacer una propuesta profesional, por ello, que acepté y deseché luego por la temeridad propia de mi juventud. En tantas tardes con Segismundo, a Gómez le costaba abrirse camino con su parlamento entre una concurrencia de niños de bachillerato que se reían y abrían la plata del bocadillo. Este excelente actor cortaba, dignamente, la representación y amenazaba con echar el telón si no se hacía el lógico silencio. Estábamos en pleno cambio de década, entre los setenta y los ochenta del pasado siglo. No cabe señalar maldad en tanto niño bullicioso y risueño. Me malicio que el actor era tan honesto  como inocentes aquellos chicos que no podían más que aburrirse con la metafísica barroca y teológica de este genio juerguista y arrepentido, finalmente, de sus excesos. Quienes amamos la literatura, la amamos muy a pesar del bachillerato.

Aquellos chiquillos, hoy, rebasan los treinta y acuden actualmente a una experiencia vertiginosa de teatro muy breve, “micro mini” (así llamaban los argentinos a la minifalda). En el entorno degradado de la calle de la Ballesta, donde todavía coches cargados de hombres se divierten retadores con aburridas y pacientes prostitutas en tono de batida o safari desgraciado y horrendo, hay luz para la esperanza. Doblas la primera esquina a la izquierda, según bajas la calle desde Desengaño, y encuentras hoy la réplica microscópica de aquel teatro Lara donde se representaba a mediados de los setenta La resistible ascensión de Arturo Ui, de Bertolt Brecht, en pausadas horas: el III Reich como los gánster de la coliflor. También con José Luis Gómez. A aquel teatro de ayer y hoy –teatro con pretensiones-, que pedía del espectador paciencia a raudales, le ha salido un competidor de vértigo a escasos metros.

Doblas la esquina de Ballesta con Loreto y Chicote y no quedan antros. Te olvidas, por momentos, de que los capitalistas explotan a los trabajadores y de que los trabajadores explotan a las prostitutas, al decir de Pasolini en su Calderón (1973). Una terraza bulliciosa precede allí a un pub. En su alegre y juvenil interior, gentes de teatro y curiosos se disponen a atender microteatro de diez minutos por tres euros en horarios sucesivos de noche. Los guiones son de temas muy actuales. Cuatro salas en un sótano dan cabida a cuatro actores excelentes. Aquí los parlamentos son menos pretenciosos y nada clásicos. Por ejemplo, un joven se debate entre la felicidad de haberse quedado solo en verano, sin novia, libre para ser obsceno a sus anchas, y la angustia de una irremontable soledad. Todas las citas calientes se le truncan. Un joven actor se presenta, sin escenario y sin tramoya, como chico de barrio, descarado y fatalmente emprendedor con su móvil y precaria agenda. Excelente interpretación y sin presupuestos públicos. En otro habitáculo, otro corpulento actor encarna a un fascista Presidente de la Comunidad de Vecinos, capaz de lo peor con tal de que se respete la decencia obligada en el portal y la escalera. Aquí no existen, por no haber, ni asientos para los espectadores. Por el contrario, para amargar un poco la estancia, cada espectador sostiene una vela (“que cada cual sostenga su vela”, debe ser). No caben más de diez personas contando al actor. Hay interacción entre todos y talento a raudales en estas micropiezas que se ofrecen con diversos horarios de noche. Nadie debe perdérselas.

Parece, sin embargo, que todo está inventado. El director José Luis Alonso empezó a representar en su casa de la calle Serrano número tres. También Julian Beck y Judith Malina tuvieron que estrenar sus primeras obras en su apartamento para evitar los intereses de Broadway. Valle-inclán, sin ir más lejos, pensó en un teatro de marionetas para sortear a los empresarios teatrales. Pero estos actores de micro teatro –tan honestos como precarios- me recuerdan hoy que, en los años de la transición política, unos nombres que caben en los dedos de una mano dominaron la escena, mal o bien. Ahora vuelve a haber algunos “independientes” en el teatro, como los de aquel Pequeño Teatro Magallanes de entonces. Quedan algunos que se escapan de los circuitos tetrales más espectaculares y subvencionados para hacer un teatro muy notable.

5 Comments
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