Tony Blair: unas Memorias

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Carlos García Valdés

Portada del libro. / esferalibros.com

Acaba de aparecer en el mercado editorial español un libro esperado, los recuerdos memoriados del que fue primer ministro laborista inglés Tony Blair (Memorias. La Esfera de los Libros, 2011), llenas de interés para comprender mejor la compleja época que le tocó -y nos tocó- vivir. Ya tuvieron extrema relevancia en su país cuando se publicaron a finales del pasado año, en su versión original, con el título A journey, lo cual fue más que previsible y razonable, al ser texto verdaderamente deseado primero y leído con fruición después, desde el mismo instante en que apareció en las librerías. A estos lúcidos recuerdos dedicó el autor, como nos confiesa en la Introducción, tres años de su vida, exactamente el tiempo que se extiende entre su cese y hasta la primera edición de la obra.

No tengo empacho en afirmar que Blair (Edimburgo, 1953), ganador de tres elecciones consecutivas, ha sido, después de Winston Churchill, el político más importante del Reino Unido en la época contemporánea. En su largo mandato, que alcanzó una década, desde 1997 a 2007, afrontó temas como la reestructuración y modernización del partido laborista, la muerte de la princesa de Gales, el fin del IRA, el 11-S norteamericano o la guerra de Irak, asuntos todos ellos del máximo relieve para la sociedad británica y de evidente repercusión mundial. Estos y otros acontecimientos son narrados con agilidad y aplomo en el texto, no exentos del carácter que le era propio, revelando algunas de las claves más determinantes de lo acontecido. Escribir desde dentro tiene esa ventaja aunque pueda perderse objetividad, pues es claro que Tony Blair fue destacado protagonista de su tiempo. El convencimiento íntimo de la justeza de lo llevado a cabo preside el relato, sin perjuicio, en determinadas ocasiones, de otra verdad impuesta por la dura realidad. Pero había que decidir en cada situación y, desde luego, Blair lo hizo siempre con valentía y autoridad.

Líder de su partido desde el año 1994, no cabe duda que lo trasformó radicalmente. Lo abrió a todos y lo presentó como alternativa posible y real al conservador de John Major, que venía gobernando bajo la larga influencia de Margaret Thatcher. El propio Blair narra como desde que fue "aprendiz de líder" (Capítulo 2), entendió como imprescindible tal cambio dirigido a una masa social no necesariamente militante, cosa que se afanó, con éxito final, en poner en marcha durante su desempeño del alto cargo.

El tacto y la prudencia presidieron sus relaciones, en ocasiones complicadas, con la Reina y, especialmente, con la princesa Diana, a quien ciertamente valoraba, señalando como la encontraba “extraordinariamente cautivadora” (Capítulo 5). Asimismo, midió con sentido común las consecuencias del accidente mortal de aquélla en París y, tal vez, entendió mucho mejor que la Casa Real los sentimientos que despertaba en la gente, de hecho “princesa del pueblo” fue el extendido calificativo acuñado por el propio Blair. En cuanto a este último punto, a lo largo del libro, cuando corresponde, se destila un trato respetuoso, educado y correcto, muy inglés, con la Soberana pero, en mi criterio, parafraseando la conocida expresión, con un entusiasmo perfectamente descriptible.

Lo que denomina en sus memorias “la paz  en Irlanda del Norte” (Capítulo 6) es uno de los méritos que se otorga así mismo, con plena satisfacción, el Tony Blair gobernante. Parece lógico. El largo, sangriento e intenso conflicto, que venía de décadas, fue abordado en profundidad por su gabinete bajo su orientación y las duras negociaciones, especialmente con Gerry Adams del Sinn Fein, condujeron a buen puerto. El problema era la inicial ocupación británica y la confrontación generada entre las dos grandes comunidades religiosas del lugar, católicos y protestantes, fomentada sistemáticamente por sus irreductibles líderes. A años vista, la solución al problema se nos aparece como efectiva, sin perjuicio de coletazos procurados por grupúsculos que no aceptaron el acuerdo y que todavía, desorientados y aislados, actúan.

El 11-S, con las destrucción de las Torres Gemelas neoyorquinas, los tres mil muertos y la respuesta de Bush, involucrando a medio mundo en la invasión de Irak, alegando la tenencia -radicalmente inexistente- de armas de destrucción masiva, arrastraron a Blair (Capítulos 12 y 13). Su país fue uno de los claros apoyos iniciales que tuvo el presidente estadounidense en la denominada guerra preventiva. El primer ministro británico pareció creer la amenaza denunciada y se embarcó -como hizo, por ejemplo Aznar- en la trágica aventura, si bien no deja de reconocer lealmente que “una gran parte de la opinión” pública y periodística de su país se oponía a la campaña (Capítulo 15). Las consecuencias políticas del empeño no cabe duda que, como al presidente español, le alcanzaron negativamente y de la misma manera traumática. Si Madrid tuvo su 11-M, Londres su matanza en el metro.

Literariamente la obra de Blair es una aportación de primer orden. Fácil de leer y de expresión adecuada no se hace en modo alguno pesada ni farragosa, pese a los innumerables nombres y lugares citados. Lo mismo sucede con los impresionantes acontecimientos descritos. Parece como si los estuviéramos viviendo en el momento actual, lo cual dice mucho del necesario control de sus sentimientos y del buen estilo narrativo del autor.

Como único pequeño reproche, casi irrelevante, que puede hacerse al presente libro, estrictamente de composición, me atrevo a mencionar la ausencia de un índice alfabético de nombres, listado final que facilitaría el rápido acceso a los abundantes personajes citados, arduos de encontrar entre las más de novecientas páginas y, además, no siempre conocidos por el lector en lengua castellana.

Las “Memorias” son un género autobiográfico que ciertamente me han atraído siempre pero, sin duda, difuso a mitad de camino entre la global justificación y el detalle diario de sucesos que a no todos importan. De entre tantas dadas a la luz últimamente por conocidos políticos, en mi opinión, únicamente las del presidente norteamericano Bill Clinton (Plaza y Janés, 2004), las de su secretaria de Estado, Madeleine Albright (Planeta, 2004) y las del canciller alemán Gerhard Schröder (Foca, 2007) cumplen el objetivo de contar las cosas y situaciones trascendentes como acontecieron, con sus aciertos y errores y merecen plena consideración por sus respectivas aportaciones claras y honestas. Junto a ellas, las de Tony Blair se alzan también, en esta misma línea, como indispensables.

1 Comment
  1. FRANCISCO PLAZA PIERI says

    ¿Has puesto, querido Tony Blair, en tus memeces -perdón, he querido decir ‘memorias’- que los iraquíes están muy agradecidos a tí, entre otros ilustrísimos… no sé qué?
    -¿Que por qué?
    -¿Y tú me lo preguntas?
    -¡¡¡A. sois vosotros!!!
    Pero, sospecho que esos miles de muertos que gracias a no se sabe quién están más que olvidados.
    Es más. Ni existieron…
    Bueno, cabe esto otro: ‘que no se hubisen puesto delante…’
    Temo, de antemano, fracasar en este comentario…
    ¡Mira que si en un acto de humildad, ‘tú que tan cristiano eres’, hubieras puesto ahí que te duelen esos pocos muertos, como si de tus hermanos se tratase!
    ¿Citas, acaso, a tus compañeros de aventura?
    ¡Que tu/vuestro dios os mande al diablo!

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