Raymond Roussel: El Loco Solo

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Julián Sauquillo

Francis Picabia, Totalizador, 1922. / museoreinasofia.es

La librería José Corti de París reúne actualmente unos escasos metros cuadrados y parece no haber sufrido reforma alguna desde su fundación romántica. Por eso mismo  guarda anécdotas y tesoros muy importantes. Su extraordinaria situación -justo enfrente de la espalda de la Fuente de los Medicis en los Jardines de Luxemburgo- y ser una editorial exquisita le conceden su merecida fama. Un intrépido escalador bibliográfico, que apenas sabía iba a ser conocido como “Michel Foucault”, acababa de encontrar, a  finales de los cincuenta, la obra de un tal “Raymond Roussel” (1877-1933) en sus baldas más altas. En su atrevimiento ignorante, profirió “¿A este hay que leerlo?”. Su sabio empleado Corti le recriminó ignorancia a Foucault y le dispuso a su rápida lectura. De tal tirón de orejas surgió un Raymond Roussel (1963) que purificó el desliz del filósofo francés.

El novelista y dramaturgo francés -al que el Museo Nacional Centro de Arte Reina Sofía dedica una exposición hasta el 27 de febrero- alcanzó, para muchos devotos seguidores, un puesto de honor entre los locos y los artistas que desafían los significados de nuestro lenguaje y agrietan su supuesta consistencia. Roussel prosiguió la saga de excéntricos que admiró en Pierre Loti y Julio Verne. Se ganó un lugar entre aquellos que, con maestría excepcional, utilizan el lenguaje común para retorcer sus significados convencionales y ofrecer su dimensión más perturbadora. Este insólito precedente del surrealismo explicó en Cómo escribí alguno de mis libros (1935) el mecanismo de la “producción” como un juego con los fonemas. Se trataba de intercalar en la escritura una palabra francesa semejante fonéticamente a la del empleo razonable,  dentro de un contexto de significación, pero con un sentido tan diverso que aseguraba escribir un absoluto disparate. A pesar de su meticulosa explicación, no se ocultaba su fracaso como autor: hacía patente que el lenguaje es autónomo, burlesco, soberbio, y somete a quien intenta controlarlo, desdoblándole y haciéndole expresar varias voces que no domina.

Este millonario excéntrico y arruinado, que se suicidó con una sobredosis de barbitúricos en 1933 en un hotel de la Sicilia fascista –suceso al que Leonardo Sciascia dedicó Actas relativas a la muerte de Raymond Roussel (1971)-, nunca se sobrepuso al imposible control del lenguaje. Que un texto es autónomo, azaroso y caprichoso como cualquier otra producción artística –carente de leyes internas- sólo podría ser aceptado, en una primera instancia, por sus admiradores surrealistas. Pero pronto fue situado entre Artaud, Kafka, Bataille y Blanchot como los iniciadores de la “literatura moderna”: una literatura que niega la significación del lenguaje a la vez que levanta el cadáver del hombre que se había supuesto su dueño y señor.

A Raymond Roussel se le ha denominado un “excéntrico muy razonable”. No puede ser más acertado, porque su lugar no son los márgenes sino los límites del lenguaje. Ha utilizado el lenguaje de todos para decir algo insólito. Se ha situado en el centro del salón –con la admiración de su época por la ciencia y sus posibilidades - para perturbar cualquier mensaje con una irónica doblez que le coloca en los extremos. Enrique Vila-Matas le situó acertadamente entre los “shandys”: innovador, sexualmente extremoso, sin grandes propósitos, nómada infatigable, íntimo con el doble, poseedor de simpatía con la negritud, cultivador del arte de la insolencia… Y, sobre todo, capaz de una “literatura portátil” –con dos obras fundamentales: Impresiones de África (1910) y Locus Solus (1914)- que, lejos de abrumar enciclopédicamente, caben en el estrecho tubo por donde Walter Benjamin se supone medía los libros que se deslizaban como excelsos textos sin pretensiones.

La exposición sigue la pista de todas las influencias tenidas y dejadas por Roussel en la literatura, la antropología, el cine, la pintura, la escultura y la fotografía. Parece un arsenal de ideas del que se han alimentado todas las vanguardias más futuristas. El catálogo, Locus Solus. Impresiones de Raymond Roussel, da cuenta de la fascinación producida por hombre tan misterioso con su vida privada de homosexual y tan metódico con su imaginación. Un niño habituado al disfraz y a una madre engalanada, capaz de justificar una subasta artística de sus abalorios, emprende el viaje a lo exótico de los parajes –de Ceilán a Tahití- y las personalidades creativas –de Loti a Victor Hugo. La exposición se abre con la inspiración que dio a Jacques Carelman para su El diamante como “máquina soltera”. La influencia pictórica causada en la pintura, la escultura y el cine de Salvador Dali, de Giorgio de Chirico, André Masson, Marcel Duchamp, Henri Rosseau, Paul Delvaux, Max Ernst, Man Ray, Francis Picabia, Alberto Giacometti y otros autores contemporáneos está ilustrada con una obra excelente y variada. Por encima de las pantallas cinematográficas que dan cuenta de sus relaciones con el cine de Georges Méliès está la impresión de lo minúsculo. No sólo las cartas cruzadas y los reconocimientos escritos de Michel Leiris o André Breton sino la emoción condensada en una galleta. “¿En una galleta?”. Sí, en una Galleta. A Raymond Roussel, la ciencia le parecía una fábrica de mundos por descubrir. Le impresionó tanto su almuerzo con el astrónomo Camille Flammarion que conservó una galleta estelar sin digerir en una diminuta urna de cristal que la contornea y la protege con un pequeño candado. Aquel fetiche se perdió como una estrella caída hasta que George Bataille la encontró en un mercadillo de viejo. Sirvió de inspiración para André Masson y de regalo a Dora Maar que ya la incluyó entre los iconos surrealistas. Y así parece haber llegado hasta nosotros la obra de este tan estrafalario como pulcro personaje: como un asteroide fugaz que nos ilumina magnánimo, desde el pasado, entre la oscuridad presente y futura. Vayan y vean.

2 Comments
  1. Isabel says

    La exposición «Locus Solus. Impresiones de Raymond Russel» es ciertamente muy interesante, como refleja el precioso artículo de Julián Sauquillo. Y es interesante, entre otras cosas, porque nos permite visualizar, a través de muy variadas obras, la huella que dejan algunas creaciones en el quehacer de Raymond Roussell y las de este en distintos artistas. Eso es lo que me gustaría subrayar. De la asimilación de influencias, a veces inadvertidas, surge un nuevo ámbito de originalidad. Esta forma de inspiración atraviesa las generaciones, pero también la actividad de los contemporáneos. La creatividad se urde con muchos hilos, pero algunos de ellos son esos tan misteriosos de las mutuas repercusiones.

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