Cunqueiro: cien años de soledad

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Miguel Somovilla *

¿Por quién repicarán hoy las campanas de la catedral de Mondoñedo? Álvaro Cunqueiro, que como sabe muy bien Luis Piedrahita era aficionado a la cartomancia y a las adivinaciones y magias en general, no pudo prever que el día del centenario de su nacimiento, hoy 22 de diciembre de 2011, iba a coincidir con la formación de un nuevo gobierno en España. Don Álvaro ya contaba con la competencia desleal del bombo de la suerte, cita fija en sus cumpleaños, pero la noticia, en esta misma fecha, del cambio político en Madrid es un añadido no previsto en el guión del aniversario del fabulador gallego más universal. El nuevo ejecutivo, además, está presidido por Mariano Rajoy, discípulo político de un buen amigo y protector de Cunqueiro, Manuel Fraga, a quien don Álvaro enviaba tartas en navidad con dedicatorias en latín.

Mariano Rajoy, un pontevedrés aparentemente menos sentimental y populista que el fundador de su partido, inició su carrera política justo el mismo año, 1981, en que el autor de Merlín e familia fallecía en un sanatorio de Vigo. Tan solo unos meses antes de que Rajoy fuera elegido diputado del parlamento gallego, Cunqueiro había apoyado con su imagen la campaña a favor del nuevo estatuto de autonomía de Galicia, aprobado en 1980, tal como había hecho ya en 1936, en circunstancias políticas y personales muy diferentes.

La biografía política del gran escritor Álvaro Cunqueiro, que tuvo que llevar a cuestas el sambenito de ser un autor escapista cuando en la España literaria mandaba el llamado compromiso social, tiene interés relativo, pero no hay por qué ocultarla. Vinculado al galleguismo en su juventud –ahí está la revista Galiza, fundada y dirigida por él en Mondoñedo– se unió al falangismo en los primeros meses de la Guerra Civil y dejó constancia de este compromiso, durante y después de la contienda, en distintos diarios: desde El Pueblo Gallego hasta el ABC. Sin embargo, al comienzo de la década de los cuarenta, una serie de episodios que casi parecen sacados de una novela picaresca –fue denunciado por un diplomático francés tras cobrar por adelantado unos artículos que nunca escribió– le convirtieron en una peculiar víctima de aquel régimen al que había dedicado encendidos panegíricos y engoladas prosas. El resultado: expulsión del Registro oficial de periodistas (1944), retirada del carnet de prensa y comienzo de un particular exilio interior en Mondoñedo, a donde regresó tras unos años de agitada y bohemia, cuenta la leyenda, vida madrileña. Cuestionar o empañar el talento de Cunqueiro por aquellas veleidades políticas y andanzas de juventud es tan injusto como miope y reduccionista. Es cierto que fue conservador, por más que se autodefiniera al final de sus días como “viejo liberal”, pero colgarle la etiqueta simplona y despectiva de franquista denota ignorancia o mala fe. Fue un hombre complejo, solitario pese a la aparente extroversión, pero sus libros, que hay que leer atentamente y sin prejuicios, eran y son innovadores y atrevidos, arriesgados, llenos de matices y posibles relecturas e interpretaciones. Dicho en otras palabras, las de Pere Gimferrer: “Con Cunqueiro estamos tocando el nervio esencial de la verdadera gran literatura”.

Cunqueiro, “escritor sin género” según Darío Villanueva, no se entiende sin Galicia y, lo que es mejor aún, Galicia no se entiende sin Cunqueiro, lo cual tiene mucho mérito un siglo después de que la Petra, una de las campanas de la catedral mindoniense, anunciara el nacimiento de Álvaro, hijo de doña Pepita Mora y don Joaquín Cunqueiro, el boticario.

Mondoñedo es el principio y el fin. Toda la obra de Cunqueiro pasa por esta neblinosa, verde y episcopal ciudad, territorio literario en el que ya de niño practicaba el sano ejercicio de leer el periódico en voz alta a los parroquianos que acudían a la peluquería de “O Pallarego” , lecturas que hacía con grandes dosis de fantasía añadida a las noticias. En Mondoñedo se gestaron sus primeros libros de poemas, capitales en su obra, desde Mar ao norde hasta Cantiga nova que se chama riveira, publicados entre 1932 y 1933.

Y allí, en la vieja y legendaria Vallibria de Pardo de Cela y el obispo fray Antonio de Guevara, se gestó –tras su vuelta en 1945 a la ciudad natal– una original obra, en gallego y castellano indistintamente, que comenzó con Merlín e familia, siguió con As crónicas do sochantre y continuó con unos cuantos títulos más, incluida la novela con la que ganó el Nadal en 1969, El hombre que se parecía a Orestes.

Álvaro Cunqueiro, a pesar de los notables esfuerzos llevados a cabo en este año del centenario, sigue siendo un desconocido, sobre todo fuera de Galicia. Ha habido, es verdad, avances muy estimables en el estudio de su intensa vida y obra. El epistolario mantenido con su entrañable amigo Paco Fernández del Riego, fallecido hace apenas un año, es una pequeña joya editada por Dolores Vilavedra que nos permite conocer de primera mano los años oscuros de Mondoñedo (1949-1961), que, aparte de difíciles en el terreno personal, fueron los más fructíferos para su labor creativa. Mención especial merece asimismo el ensayo biográfico de Manuel Gregorio González: Don Álvaro Cunqueiro, juglar sombrío.

Resulta obligado reconocer, en esta misma línea, la importancia crucial que han tenido los trabajos llevados a cabo por profesores como Xoan González-Millán,  Diego Martínez Torrón, Claudio Rodríguez Fer, Rexina Rodríguez Vega y Anxo Tarrío, entre otros muchos, para entender mejor la relevancia literaria de Cunqueiro, objeto de al menos un centenar de tesis doctorales dentro y fuera de España a lo largo de los últimos cuarenta años.

Sin embargo, para disfrutar plenamente de Cunqueiro parece aconsejable distanciarse prudentemente tanto de los cunqueirianos, por exceso de veneración, como de los cunqueirólogos, que han escrutado sus textos desde todos los prismas y corrientes posibles, del psicoanálisis al estructuralismo. Ambos grupos, cunqueirianos y cunqueirólogos, son muy meritorios, pero lo que precisa con urgencia la obra de Cunqueiro, más allá de la admiración o del examen académico, es entrar de nuevo en circulación editorial, dentro y fuera de Galicia. De lo contrario, puede convertirse en un autor muy analizado, pero poco leído. Y ese sería el mayor fracaso de las conmemoraciones que culminan estos días. Para promocionar a Cunqueiro no bastan sus fieles seguidores, “una secta literaria como la proustiana o la joyciana”, en expresión afortunada de su hijo César, custodio principal del legado paterno.

Entre tanto, la obra periodística de Cunqueiro, esencial, sigue dispersa pese a las muy valiosas contribuciones de antólogos como César Antonio Molina, y a los esfuerzos llevados a cabo por casi todos los periódicos en los que colaboró a lo largo de su vida.

Escritor contra corriente, ajeno a las presiones de las modas, algunos vieron en Cunqueiro un precursor del boom latinoamericano, pero él, entre amagos de presentaciones de su candidatura al Nobel, siguió fiel a su estilo, sin concesiones. Con fama de “carallán” y divertido, requerido en fiestas del albariño y romerías diversas, miraba más hacia dentro que hacia fuera y gustaba de la soledad. Sus aspiraciones eran pocas y se conformaba, según confesó, con dejar una leve huella, apenas un eco, de su paso por este mundo. Nunca se entregó a la nostalgia y proclamaba, ya en sus días finales, que “la tristeza es un lujo que solo se pueden permitir los jóvenes”.

(*) Miguel Somovilla. Periodista. Responsable de comunicación de la Real Academia Española. Autor de los prólogos de las obras literarias de Álvaro Cunqueiro en castellano y ganador del premio Pérez Lugín de periodismo en 2011.
2 Comments
  1. Jonatan says

    Curioso que la corruptela de Cunqueiro se castigase tan radicalmente durante el franquismo con la de corruptelas y corruptelones que se consienten hoy día.

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