La narrativa poco fiable del Gobierno ‘popular’

Francisco Serra

Mariano Rajoy, a su llegada a la recepción de la Pascua Militar en el Palacio Real. / Sergio Barrenechea (Efe)

En Nochebuena, un profesor de Derecho Constitucional vio en la televisión el discurso del Rey en compañía de su hija de cuatro años. La niña prestó atención, hasta que, al cabo de unos minutos, empezó a removerse en el asiento: “Es muy aburrido… Además no es el rey, porque no lleva corona ni manta” (el profesor pensó que se refería al “manto” que llevan los soberanos en los cuentos infantiles y en algunas ocasiones especiales). En el mundo de hoy la proximidad a la que se ven sometidos los monarcas con sus continuas apariciones en los medios de comunicación hace que pierdan el halo sagrado de que gozaban en épocas anteriores y por eso el público adora los grandes eventos, las coronaciones y bodas reales, en las que se despliega en toda su pompa y circunstancia el fasto de la antigua monarquía.

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A la mañana siguiente, la niña se levantó temprano y llevó con celeridad al profesor de la mano al salón para abrir los regalos que les había dejado Papá Noel. Los dos observaron con asombro (menor en el caso del profesor) cómo el viejo patriarca había casi acabado con los turrones que le habían dejado en una mesita para que se repusiera de su largo viaje e incluso los renos habían mordisqueado las zanahorias que les habían ofrecido como obsequio. Algo indispuesto por el subrepticio banquete nocturno, necesario para dar verosimilitud a la visita del santo portador de regalos, el profesor volvió un rato a la cama, mientras su hija disfrutaba de su máquina de hacer pegatinas o su nueva caja de lápices.

Durante las vacaciones, el profesor pasó muchas horas en compañía de su hija y tuvo que contarle infinidad de historias, que la niña exigía estuvieran cargadas de detalles que el profesor se veía, en muchas ocasiones, forzado a inventar. La variedad de manzana que había probado Blancanieves (“¿verde doncella, como las que me gustan a mí?”), la talla del zapatito de Cenicienta, el nombre del ogro que quería devorar a Pulgarcito y sus hermanos… eran pormenores que el profesor estaba obligado a describir, acudiendo a su imaginación.

Desde antiguo, se ha puesto de relieve que a la literatura no le interesa tanto lo real (que casi siempre permanece ignoto) como lo “verosímil”, lo que “parece real” y que no necesariamente coincide con lo que ha sucedido. El profesor recordaba un bellísimo cuento de Henry James, con el nombre de Lo real y en el que un artista para pintar retratos de adinerados caballeros debía acudir a tomar como modelos a menesterosos y gente humilde, porque los nobles arruinados que se prestaban a posar “no parecían reales”. La mejor forma de que una narración parezca verosímil es salpicarla de anécdotas y detalles que hagan pensar que verdaderamente  ha tenido lugar y cuenta la leyenda que el gran Nabokov, cuando se vio forzado a ejercer la docencia en su exilio americano, preguntaba en los exámenes a sus estudiantes por el color del papel pintado del dormitorio de Ana Karenina o por el tipo concreto de insecto en que se había transformado Gregor Samsa.

A ratos perdidos, el profesor leyó el último libro del gran difusor del storytelling, La estrategia de Sherezade, en el que se sostenía que los políticos actuales se ven condenados, para aplazar su muerte anunciada, que llegará con la pérdida del favor del público (que ahora ocupa el lugar del antiguo príncipe), a tener que “fabricar” continuamente historias, justificar sus acciones variando sus argumentos para que la opinión pública les permita prolongar su vida política. Por un momento, el profesor pensó que los asesores de Rajoy le habían aconsejado, siguiendo las indicaciones de la obra, que nombrara portavoz a una de sus colaboradoras con un nombre de resonancias orientales, que actuara de eficaz “narradora” del gobierno.

En el mundo actual, los que conformamos la pululante sociedad de la comunicación (bien alejada de la comunidad ideal que fantaseara Habermas) no somos personajes en busca de autor, sino microautores en busca de un personaje. En la teoría tradicional, la novela era entendida como “el camino de la vida”, pero en el presente la vida, la de todos y cada uno, es el “camino de la novela” y todos vamos construyendo nuestra propia narración, en la que no hay inicio ni término porque no hay más que un incesante deambular de la multitud.

Como siempre, lo fundamental son los detalles y el relato que ha propuesto el Gobierno del Partido Popular desde sus primeras medidas ha resultado muy poco creíble, porque ni los ministros ni el propio Rajoy en su reciente entrevista a la agencia Efe han sabido dotar de verosimilitud a su aparente sorpresa ante las cifras del déficit, que no cuadran del todo y que con seguridad debían conocer incluso antes de tomar posesión. Lo peor que le puede suceder a un narrador es convertirse en “poco fiable” y el silencio de Rajoy pretendía resguardarle de esa acusación, conocedor sin duda de que los problemas de su predecesor se iniciaron cuando se vio obligado a rectificar su discurso y de ser el adalid de los derechos sociales pasó a convertirse en el abanderado de las medidas de control del gasto (tras la llamada telefónica de Obama, que desempeñó el papel que en los cuentos infantiles se le otorga al hada madrina, aunque pocos dones le concedió en esta ocasión).

Mientras los medios de comunicación afines al Gobierno iban construyendo la imagen de un Rajoy firme, seguro, “el hombre impasible”, incluso desempolvando fotos infantiles (en las que parecía casi tener el mismo aspecto que ahora, aunque sin barba: ya dijo Wordsworth que el niño es el padre del hombre), el gobierno se quedaba sin un relato fiable de las razones que justificaban su cambio de actitud y cuando por fin tomó la palabra, de forma calculada, volvió a contar historias, a hacer promesas que, con toda seguridad, no va a poder cumplir, convirtiéndose incluso antes de los cien días en una especie de frágil Sherezade, que es dudoso que llegue a cumplir las mil y una noches en la Moncloa, por muchos consejos que le proporcione el rey de Marruecos, buen conocedor de los cuentos orientales, en su primera visita oficial a un país extranjero.