¿Es obligado el elogio póstumo?

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Luis María González *

En la noche del domingo 15 de enero, falleció en Madrid, Manuel Fraga. El factor humano nos invita a lamentar su muerte -como la de cualquier persona- y así lo hacemos. El rigor y la honestidad exigen también contar las cosas tal como fueron, evitando que con su fallecimiento irrumpan la adulación y el elogio, allí donde debe haber luz y taquígrafos.

Opiniones relevantes de la política y el periodismo coinciden en destacar al “hombre que apostó por la democracia frente al inmovilismo de un amplio sector de la derecha española”. Yo no lo veo así. Fraga no apostó por la democracia, se adaptó, y con dificultades, al cambio inevitable. No fue un demócrata convencido como titulan las crónicas, sino un hombre de Franco -sus palabras elogiosas sobre el dictador son contundentes- al que las circunstancias le empujaron a incorporarse al cambio.

Hasta bien madurado el proceso democrático, no asomó la cabeza y si lo hizo fue para torpedear las decisiones más valientes -legalizar el PCE y los sindicatos, impulsar la libertad de reunión, convocar elecciones-, que, por ejemplo, asumió Suárez.

En las postrimerías de la dictadura, sacó a relucir su vocación autoritaria y represiva, reclamando mano dura en las manifestaciones y huelgas -la calle era suya y los muertos de Vitoria lo confirman-. Cuando las primeras elecciones fueron convocadas (junio de 1977), conspiró en la retaguardia de la derecha más conservadora, Alianza Popular, frente a la derecha reformista y moderada, UCD. En realidad fue un convencido ministro de Franco y sus convicciones se tornaron más moldeables si de libertad y democracia se trataba.

En la década de los sesenta, siendo ministro de la Dictadura, ni siquiera soltó un ligero efluvio de incomodidad a propósito de la condena a muerte y posterior ejecución del dirigente comunista Julián Grimau. De manera que yo prefiero circular por la otra avenida, la de la libertad, aquella por la que caminaron desde las cárceles y la clandestinidad, las personas honestas, los demócratas de verdad, los héroes de nuestro tiempo, los que se jugaron la vida por la dignidad y la democracia. Algunos tuvieron el reconocimiento que merecían gracias al esfuerzo de su organización de militancia. Pero la inmensa mayoría se van yendo sin hacer ruido, olvidados por las instituciones que ayudaron a conquistar. Todo ello, en honor a la verdad.

(*) Luis María González es periodista y coordinador de la secretaría de Comunicación de CCOO.
3 Comments
  1. Juan says

    Muy bueno¡¡

  2. antordonez says

    NO ES LA VIDA, SINO LA MUERTE LAS QUE NOS PONE A CADA UNO EN SU SITIO. MUY BIEN LUIS MARI

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