El error Zapatero

Gabriel Tortella *

En realidad, debiera hablarse de “los errores Zapatero”, porque son tan numerosos –desde no levantarse al paso de la bandera de un país aliado en un desfile oficial hasta gastar el dinero que no tenemos en un estudio sobre los hipopótamos, pasando por negarse a ver la crisis, fiarse de la ETA, decir que aceptaría cualquier Estatuto que se aprobase en el  Parlament, gastarse una fortuna en la inoperante Alianza de Civilizaciones, y un larguísimo etcétera—que se podría escribir un libro con una mera enumeración de ellos. Pero aquí yo querría referirme brevemente al más grave de todos, a la doctrina que fue el origen de la mayor parte de los demás errores y con la que, además, contagió a todo su partido, que ahora está pagando el haber aceptado esta grave doctrina perversa, doctrina que, por otra parte, está bastante difundida en nuestro país. No se trata aquí, por tanto, de hacer leña del árbol caído, sino de romper una lanza por el arrumbamiento de esta doctrina en beneficio de la praxis política y, por ende, por el bien de España (que, por discutido y discutible que a él le parezca este concepto, somos todos nosotros). Se trata de procurar que los políticos y los electores aprendan de los errores pasados.

Esta doctrina es conocida con las palabras “sectarismo” o “maniqueísmo” y, aplicada a la política, significa dividir a actores y partidos en buenos y malos, atribuyéndose el sectario o maniqueo la posesión del bien absoluto y atribuyendo a los que no pertenecen a la secta todas las abominaciones. He dicho que en España este error es muy común, como también lo es, por consiguiente el empleo de la palabra “maniqueo”. El maniqueísmo, la religión de Manes, a la que incluso San Agustín se adhirió en su juventud, tendía a establecer una serie de rígidas dicotomías: entre el mundo material, malo, y el espiritual, bueno, y entre los seguidores de esta secta, que eran una especie de elegidos, y el resto de los mortales, que lo tenían muy mal con vistas a la salvación eterna. Hay que añadir que la actividad política, y sobre todo la que practica el bipartidismo, tiende a un cierto maniqueísmo: cada uno de los dos grandes partidos se atribuye la sabiduría y la rectitud, y tiende a atribuir todos los males al contrincante. Esto ocurre en Estados Unidos, en Inglaterra, en Francia, y en Alemania, aunque en estos últimos el bipartidismo no sea absoluto. Sin embargo, en España, donde tampoco hay un bipartidismo absoluto, el PSOE de Zapatero ha llegado a unos extremos de maniqueísmo que nos han perjudicado gravemente a todos y a la postre han hundido al propio partido.

Publicidad

El PSOE de Zapatero ha creído poder atribuirse la legitimidad democrática, revistiéndose con una pretendida herencia del bando republicano en la guerra civil, e identificándose con la Institución Libre de Enseñanza, mientras pintaba al PP como heredero del franquismo y encarnación de la derecha más cerril. La “derecha extrema” era la lindeza preferida, sobre todo en el primer mandato de Zapatero. El corolario de todo esto era que el PP estaba deslegitimado para gobernar por su pasado dictatorial y, por lo tanto, que el PSOE tenía el monopolio de la legitimidad democrática; el corolario del corolario era que el PP debía ser excluido de la política y, desde luego, de la toma de decisiones. Una consecuencia de todo esto fue el infausto Pacto del Tinell, que nadie en el Partido Socialista ha condenado, ni siquiera criticado, hasta hoy. Pero esta postura política a quien realmente deslegitima es a quien la sostiene, porque la democracia se basa en los votos y el PP, tuviera el origen que tuviera, era el segundo partido más votado y acababa de ostentar en el cuatrienio anterior a 2004 la mayoría absoluta en el parlamento. Tras esta consideración primaria, hay que señalar que la distribución de orígenes históricos de los dos grandes partidos que el PSOE y Zapatero hacían es más que “discutida y discutible”; es un tema que no puedo desarrollar aquí, pero basta una ojeada a las memorias de Manuel Azaña para que el lector vea la opinión tan poco halagüeña que el tan admirado dirigente republicano tenía de los líderes del Partido Socialista con quienes compartió el poder durante la segunda República. Y además es bien sabido que en el Partido Socialista y entre sus destacados simpatizantes hay muchas figuras procedentes del franquismo.

Con todo, lo más terrible del maniqueísmo extremo profesado por Zapatero fue que, no teniendo la mayoría absoluta, y obstinadamente decidido a excluir al PP de cualquier resquicio de poder, se veía obligado a pactar su política con los partidos nacionalistas que, en el mejor de los casos, veían a España (es decir, a todos nosotros menos ellos) como una vaca que debía ser ordeñada hasta el agotamiento; y en el peor de los casos, simplemente como el enemigo a abatir. Siete años y medio de cesiones y concesiones a unos nacionalismos periféricos eufóricos y ensoberbecidos han contribuido poderosamente a la ruina económica en que nos encontramos. Vino la repentina ventolera estatutaria, que dejó una estela de disparates jurídicos que será muy difícil enmendar, vino el bailar tzortzicos con la ETA, vinieron el chantaje y el soborno permanentes para ganar votaciones en las Cortes, vinieron las concesiones a las autonomías nacionalistas y los premios de consolación para las que no lo eran; vino, en una palabra, el despilfarro generalizado que ahora nos está costando sangre, sudor y lágrimas.

Muchas cosas malas pueden decirse del PP, pero debe reconocerse que no son tan maniqueos, quizá porque hayan interiorizado, con muy poco motivo, los apóstrofes que contra ellos se vertían desde el PSOE. Y, sin embargo, a la larga, esta actitud les ha dado rédito electoral, incluso con un líder sin carisma. El PSOE debe reflexionar sobre ello. Si quiere seguir siendo, como se decía durante la Transición, “una alternativa de poder”, debe aclarar sus ideas y liberarse del zapaterismo, como Felipe González se liberó del marxismo entonces. Por su propio bien y el de la sociedad entera, debe hacer autocrítica, buscar nuevas ideas y nuevos líderes. Por ahora, con dos ministros del último gobierno de Zapatero, que se manifiestan orgullosos de haberlo sido, como alternativas para encabezarlo, las perspectivas del PSOE son más bien sombrías.

(*) Gabriel Tortella. Economista e historiador. Es catedrático emérito de Historia de la Economía en la Universidad de Alcalá de Henares.