El conejo de Grooming

Julián Sauquillo

No siempre hubo acuerdo acerca de que los dramas fueran acompañados de prólogos. La interpretación más airada de las tragedias griegas prescinde de cualquier explicación previa. Los enemigos de tal aditamento piden que el drama discurra y quien quiera se lamente de la desgracia del protagonista. En el contexto del cine dramático, hay un ejemplo de este tema. El Gabinete del Doctor Caligari (1920) es un drama pacifista a cargo de Robert Wiene. Fue ideado bajo los efectos nerviosos de la I Guerra Mundial. Pretende convencer al espectador de la radical irracionalidad del poder: de ser correcto el argumento, la película sería una prueba más de que estamos en manos de locos y de que nuestra convivencia habitual se da en los estrechos márgenes de un psiquiátrico. La intención crítica era clara pero Fritz Lang, que no dirigió el guión porque no quiso, se metió en camisa de once varas: impuso un prólogo a un colega irritado. Aparecían dos locos en un hospital, al comienzo y al final del filme, que se contaban la historia y todo acontecía como la pesadilla de dos dementes. El horror y el pacifismo de la historia central quedaban desdichos, edulcorados, por el mermado estado de los narradores.

En cambio, agradezco el prólogo fantástico y el desenlace onírico de  Grooming de Paco Bezerra, representado hasta hace unos días en el Teatro La Abadía. Al comienzo, una niña algo adolescente se acurruca pudorosa en un solitario banco de un jardín. Un conejo vestido de traje claro y corbata pasa junto a ella. Luego, descubierto, no es sino el insustancial personaje que distrae su vacío vital acosando sin escrúpulos a la joven. Como se observa al final, la intención es encuadrar una historia muy sórdida dentro de los amplios márgenes de Alicia en el País de las Maravillas (1865) de Lewis Carroll. El estreno de Grooming coincide con que José Luis Gómez es padre de una menor y tiene los consiguientes miedos a los extravíos de su pequeño vástago.

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Kafka es uno de los autores preferidos de su director y esto vaticina que la tensión dramática entre dos personajes no va a resolverse ni fácil ni ligeramente. El encuentro entre Leonardo (Antonio de la Torre) y Carolina (Nausicaa Bonnín) es a muerte. Se intuye que el combate a cara de perro no va a ser fácil. “Grooming” significa, en el vocabulario de la seguridad informática, acoso sexual cibernético a menores. Es la presión emocional de un mayor de edad hasta cautivar a un menor y obtener su favor sexual. Aquí la presionada ha sufrido el robo de su agenda de contactos, incluidos sus padres, y es chantajeada con un video donde muestra sus pechos y lame un mando electrónico de susceptible difusión vejatoria. En un cara a cara desierto, la chica corre peligro físico. No tiene escapatoria y se le blande un vidrio amenazante. Hasta que se cumple la doble dialéctica del amo y el esclavo en la vejación más patética. La chica también tiene espolones: es capaz de un doble “oficio”, colaboradora policial y  paciente de una parafilia. No es enemigo pequeño quien acude a una cita nocturna solitaria pero arregló todo con la policía antes, como una confidente, y, a su vez, disfruta con ser enterrada. Ni la menor es una ingenua ni el mayor es un abusador ducho. El acosador es un tipo insustancial, con una vida personal y profesional turbia, y la menor tiene aficiones sexuales de estremecedora satisfacción: “Y si no te desentierro a tiempo…”. Los elementos dramatúrgicos tan clásicos –una palabra tan bien interpretada y una economía calculada en el diálogo feroz; apenas hay escenografía que distraiga la voz plena- ilustran lo que ya sabemos: que nuestro mundo es salvaje y que no te puedes fiar ni del vecino.

Pero esta obra no es un documento de la barbarie humana. Es una obra de arte, por precaria que sea esta afirmación. Me encantan sus ecos de Lewis Carroll. Cuando Leonardo va a iniciar la excavación, se evoca el descenso de Alicia por el agujero con el conejo. Cuando Carolina aparece embadurnada de barro en la superficie, ya no está el conejo. La claustrofobia de ambos –cazador y cazada, fichado y colaboradora policial- se ha diluido en una posible pesadilla. Nuestro mundo actual es tan pavoroso y real como ensoñado y virtual. Si no hay realidad con la comunicación electrónica, ¿por qué iba a haberla en el teatro?

En la literatura, siempre existieron autores que rondaron alguna fascinación ignota con los menores. Michel Tournier confesaba que fotografiaba chicos para sublimar el devorarlos. El autor de la más reconocida literatura infantil y juvenil francesa, incluso en el bachillerato con su Viernes y los limbos del Pacífico (1967), escribe, todavía hoy, a flor de piel para sus jóvenes lectores. Mucho antes, en pleno puritanismo inglés, Lewis Carroll ideó un cuento inolvidable para entretener a sus compañeras de barca. ¿Quién podía engatusar mejor a menores que el mayor maestro de la fantasía? Y, sin embargo, sus amigos le dejaban a sus hijas pequeñas. ¡Qué tiempos! Lewis Carroll sólo escribió a un niño –Albert Coote, en 1877 (¿)- para darle excusas peregrinas acerca de por qué no le escribía -no tenía tinta-, decirle además que detestaba a los niños y preguntarle si tenía hermanas. La predilección de Carroll por las menores estaba muy clara en sus numerosas cartas (Cartas a Niñas -edición y traducción de Luis Maristany, Barcelona, Plaza&Janés, 1987-). Aconsejaba a su querida y pequeña amiga Edith (Blakemore) –tan presente en su mente- que no olvidara un alfiletero que le regaló para defenderse de dependientes de tahonas y grandes perros. Pero tan inofensivo adminículo la dejaba en grave indefensión. Al menos ante la perdición que procura la mejor literatura. La verdad es que al ver a las maduras niñas fotografiadas por Carroll –tan amargas, apenadas, desconfiadas, coquetas, desoladas, maduras como sus victorianas madres- tampoco acabo de ver qué donó de su imaginación y cuanto robó Lewis Carroll a sus crecidas menores. Sólo me queda la nostalgia de esas cartas juguetonas, muy superiores a los expeditivos mensajes electrónicos del Leonardo de Grooming.