El convulso Ateneo de Madrid

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Julián Sauquillo

Imagen de la biblioteca del Ateneo de Madrid. / ateneodemadrid.com

Llevo poco más de treinta años en el Ateneo y no soy de los más antiguos. Uno de los oropeles más frecuentes del ateneísta es presumir de la antigüedad de su carnet (hasta hace poco de piel de cabra y firmado con tinta de pluma fácilmente corrida). Puedo ser de los que más horas han pasado en su biblioteca en mi mediana existencia. Y ya ven que soy típico ateneísta por mi presunción. Bien es cierto que no llegué a las permanencias de Joaquín Costa: le subían en una butaca todos los largos tramos de escalera y le ponían la comida junto al pupitre cuando la parálisis muscular le impedía moverse. Sin embargo, hice alguna de sus jornadas de sol a madrugada. Pero salgo siempre a comer. El Ateneo cierra a la una menos cuarto de la madrugada en días laborales. Y no abre cinco días al año (jueves y viernes santo, desde hace pocos años, pese a ser de tradición masónica y algo anticlerical). Se caracterizó por dar todas las facilidades para la vida intelectual “de sol a sol”, a lo largo de su dilatada historia.

A Juan Calle, dado de alta en 1954 –yo todavía no había nacido-, y a mí nos dieron una placa de plata por el leve mérito de acompañar a los espíritus tradicionales de su biblioteca con perseverancia. Confié, entonces, con poco más de treinta años, en que la memoria de las más jóvenes lectoras fuera indulgente con aquella condición fantasmagórica que acababa de recibir. O mi cuerpo pesaría menos que mi alma a partir de entonces. En esta considerable existencia en su biblioteca, destaco dos constantes vitales de la institución y un nuevo acontecimiento inquietante en la lánguida vida del Ateneo. El último suceso propio es el más preocupante por referirse a la propia viabilidad futura de esta institución cultural. En primer lugar, resalta la belicosidad endógena de la institución. Su actual Presidente, el filósofo Carlos París (Bilbao, 1925 ) no carece de genio y nervio para superar los envites frecuentes de ser casi zarandeado. Ser vapuleado en el Ateneo es casi una eventualidad segura –yo tengo a gala haberlo sido por el pretendiente, ultra, a historiador Pio Moa-, que se acucia con ser habitual. Pero, no por constituir estable peligro, su inminencia está justificada. Aquí no se ha salvado nadie. Presencié los encontronazos con Chueca Goitia y José Prat. Oí narrar los altercados de Emilia Pardo Bazán con Benito Pérez Galdós y de Raúl J. Sender con Miguel de Unamuno. Siempre saltaron chispas. Pero no deja de ser mal deporte nacional. La tradicional renovación por mitades de la Junta de Gobierno con listas abiertas ha dado lugar a un fraccionamiento cainita de la Directiva, pasto del medro, el aburrimiento y la vanidad vitalicios de algunos “notables”. Al republicano equilibrio de poderes de doce miembros provisionales le falta un proyecto común. El panorama es semejante al del duelo por subir a El Carro de Heno de El Bosco. Los cadáveres abundan abajo por subir al angélico y reservado mundo celeste. Pero sólo algunos se ganan la elevación intelectual con mérito: José Esteban va dar una conferencia sobre La forja de un rebelde de Arturo Barea, el próximo lunes veintitrés, a las siete y media en la tertulia republicana. Ese socio fue su editor en castellano y hoy es el bibliotecario ateneísta.

Cartel de las jornadas de puertas abiertas a la biblioteca del Ateneo (*) / ateneodemadrid.com

En segundo lugar, llama la atención, en la vida ateneísta, una división dual entre la vida política del salón de actos y la vida intelectual de la biblioteca. La biblioteca del Ateneo se formó a través de unas cátedras propias que superaban en muchas materias en talento y medios a las universitarias. Es la biblioteca forjada por los masones de la Institución Libre de Enseñanza. Es la mejor biblioteca de España desde el comienzo del siglo XIX hasta la guerra civil en bibliografía extranjera y nacional. Aunque el pasado siglo permitió las bibliotecas privadas, recuerdo a Carmen Martín Gaite y a Rafael Sánchez Ferlosio alimentando allí su imaginación durante días. Sólo el Ateneo podía dar a dos divorciados el carné de socios de mérito en la misma tarde. Ferlosio dio muestras de nerviosismo e incomodidad hilarantes, por ello, en una tarde inolvidable que les contaré cuando tengamos más confianza. Los trabajadores de la biblioteca (documentalistas, ayudantes y bibliotecarias) han hecho un memorable esfuerzo por conservar sus fondos con muy pocos medios. Nunca se les reconocerá  suficientemente. Hoy, la Biblioteca puede perderse. Muchas suscripciones periódicas muy relevantes se han suspendido y el fondo bibliográfico está seriamente dañado. A pocos nos importará, porque las hemerotecas no se ven. Mientras, el Salón de Actos oscila entre la violenta algarabía del empellón y una modesta programación a expensas del aluvión, el noble esfuerzo individual y la improvisación. Esta institución contó con una indigna escalera para que las mujeres pasaran directamente a la biblioteca a instruirse sin pasar por el salón de actos durante el siglo XIX. Y, hoy, parece haber quedado congelada esta división en dos mundos: uno escabroso y vertiginoso y otro mesurado y lento. Si bien hoy mujeres y hombres podemos optar entre la reflexión y el estrépito, dentro y fuera del Ateneo.

En tercer lugar, el Ateneo –último en casi todo- fue el primero en ser privatizado tras su normalización y salida del padecimiento franquista. Su muy valioso personal, perteneciente al Ministerio de Cultura, fue privatizado como personal laboral a cambio de algunas subvenciones y la constitución de una plantilla laboral nueva. Las cuotas de los socios y, fundamentalmente, subvenciones locales, autonómicas y centrales posibilitan su menguante vida económica desde entonces. En esta coyuntura heredada, surge su más grave y actual problema: la economía del Ateneo es más crítica aún que la de nuestro país. Peligran las nóminas de sus empleados sin cuya cobertura no existen ni biblioteca ni “ring de actos”. Y ante esta coyuntura crítica no valen medias tintas. O se solventa su economía o se da un cerrojazo a una historia fundamental para nuestro país. Una vida cultural imprescindible que empezó hace ciento setenta y siete años. Ni más ni menos.


(*) Campaña Ven a estudiar al Ateneo: con motivo del Día del Libro, la Biblioteca del Ateneo de Madrid ofrece una semana de acceso gratuito a todos los que quieran estudiar en sus salas y conocer así un espacio privilegiado que lleva más de cien años abriendo todos los días durante dieciséis horas. Un horario excepcional y un ambiente para no distraerse, en el centro de Madrid, a dos pasos de la Plaza de Santa Ana. Un mundo desconocido de nueve de la mañana a una de la madrugada. Basta con llevar una fotocopia del DNI e inscribirse en la oficina de la biblioteca, de lunes a viernes entre 9 y 20 horas.
6 Comments
  1. Concha says

    ¡Bravo por su defensa del Ateneo, su historia y su futuro! Muchas gracias.

  2. Ayesta says

    El Ateneo lleva décadas muriéndose pero resucita siempre. ¿Habrá igual pronóstico en plena crisis? No lo dejemos hundir o se interrumpirá su historia

  3. Fernando says

    Recuerdo a Carmiña esa tarde y su defensa del Ateneo como «santa casa». Tuvo un calor especial al recoger el carnet en recuerdo de su padre también ateneista. ¿Qué diría hoy de su crisis?

  4. Don Gramático says

    Muy ameno, rico en anécdotas, compromiso con la «Docta Casa», muy oportuno dada la crítica situación de la entidad. Profundo conocimiento y afecto por el Ateneo evidencia también este artículo de Julián Sauquillo.

  5. marag says

    Sería insólito que el gobierno cerrara las puertas del Ateneo. Sus puertas sólo fueron cerradas en décadas de franquismo. Asombroso: vean «El Pais», 21 de abril, y verán

  6. eridiana says

    Entrañable articulo. Es cierto que las juntas de socios de la Docta Casa,como diria Richard Rorty, no son, nuca la fueron, una amable conversación. Hay quien pretende decir que nunca como las de ahora, pero como bien recordará nuestro consocio redactor de la noticia, en los tiempos de D.José Prat las hubo con mayor escandalo y algarabía que las actuales. Lo que no se recuerda,por que nunca existió, es una junta de gobierno que mostrase unos ademanes tan autoritarios y chulescos, una junta de gobiernoque ha llevado al Ateneo a la ruina económica y cultural, ¿que han hecho con ese millón y medio de euros que les entregó el ministerio de cultura y presidencia de gobierno, a donde ha ido a parar el dinero de nuestras cotizaciones para que ahora tengamos una deuda de un millón de euros?. Los socios apenas sabemos que ha pasado con estos dineros, si sabemos, no por la transparencia informativa de la junta, que se han destinado mas de medio millón de euros de dichas subvenciones a montar un restaurante cafeteria a la empresa de franquicias del grupo Arturo; La Alpargateria. Esta es la realidad del Ateneo de hoy, una casa de gran pasado, un prsente completamente mermado; la actual junta de gobierno se empeña a toda costa para eimpedir la progrmación cultural en detrimiento de su politica comercial o para favorecer a sus amiguetes. Del futuro mejor no hablar pues los miembros de la actual junta apoyados por un grupo de socios y empleados pretenden transformar el Aeneo en un chiringuito de negocietes para explotar en su propio beneficio. Esta es parte de la actual historia del Ateneo, no se espere de los socios de la DoctaCasa que se queden con ls brazos cruzados…
    Ya dijo Hegel que la historia no es el lugar de la dicha.

    Un saludo.

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