El 15M a la luz de una vela y una esperanza

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Juan Carlos Monedero *

¿Quién define a un movimiento que celebra su aniversario no cuando corresponde sino cuando decide que le hace falta? ¿Quién se atreve a definir la libertad? ¿Quién acierta a decir en qué lugar del río -la fuente, el mar, el cauce, los afluentes-, está su esencia? ¿Quién pone nombres a lo material sin querer quedarse con ello? ¿Quién encierra con palabras una manera de hacer las cosas que nadie puede robar pero que cualquiera puede apropiarse de ella? ¿Quién que no haya reído con el 15M puede explicarlo? ¿Quién al que el 15M haya hecho llorar puede desenredarlo?

El 15M es un hecho: gente que acampó primero en la Puerta del Sol, luego en todas las plazas de España, para mostrar su descontento con los políticos, con su gestión de una economía impune servida por matones financieros. Como hecho real novedoso, nacido de coordenadas novedosas, es heterogéneo, plural, contradictorio, abierto. Como la vida cuando no se la quiere leer ni con categorías de hormiga soldado ni desde el pétalo flotante de una margarita de plástico.

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El 15M es una pancarta ingenua y desconcertante en su sencillez. Que decía, como lo dice un niño o un joven, que el rey estaba desnudo, que los cortesanos trabajaban para potencias extranjeras y que al dragón lo alimentaban los mismos que mandaban a héroes a matarlo. Una pancarta que también, como en el barrio y menos ingenua, decía: “¿qué te crees, que soy gilipollas?” o, llegado, el caso “que te he dicho que no me toques. Y a mi amigo tampoco”.

El 15M es una metáfora. La del desencanto ante el incumplimiento de todas las promesas que construían la legitimidad de nuestra sociedad.

El 15M es la expresión del fin de los consensos sociales de una Transición que hay que contar, de otra manera, a los padres. Del consenso acerca de la propia Transición, leída ahora como una transacción donde se presentó con colores pastel lo vulgar y se ocultó, con premeditación, el verdadero ADN republicano de la democracia; fin del consenso acerca del bipartidismo entre dos grandes corporaciones políticas más parecidas que diferentes; fin del consenso acerca de la aceptación de las desigualdades sociales siempre que caigan migajas de la mesa de los ricos; fin del consenso acerca de la bondad de las instituciones, empezando por la monarquía católica, apostólica, romana y dolosa, siguiendo por los Parlamentos, pasando por los partidos políticos y terminando con los jueces. Fin del consenso que asumía que lo que decían los medios de comunicación era verdad, incluido que no estábamos maduros para cambiar nuestra Constitución o para cuestionar “a los expertos”. Fin del consenso subordinado acerca de la sabiduría democrática de una Europa que entendía mejor que nosotros lo que nos conviene. Fin del consenso franquista del “no te metas en política”, del consenso de la Transición del “quédate en el desencanto que mientras yo gobierno”, del consenso de la democracia del “ya somos europeos así que las cosas ni se cambian ni se mejoran”. En definitiva, el fin del consenso sobre la pasividad que sembró el consenso.

El 15M es una pregunta. Con dos interlocutores. A la democracia representativa que no representa al demos que lleva en el nombre, y la economía capitalista que hace de los seres humanos mercancías y material de derribo o acopio de los grandes capitales. Una pregunta que dice: ¿por qué no servís a quien debéis servir? Como pregunta, no se acaba hasta que sea respondida.

El 15M es un gran impacto que se opone a la doctrina del choque.

El 15M es una corriente de información que genera la politización de una sociedad que se creía satisfecha. Politizar es inyectar conflicto. Una sociedad politizada es una sociedad que recupera la voluntad de enfrentamiento. El 15M es una corriente de información que se convierte en la palanca para identificar los conflictos de nuestra sociedad. El 15M es barrer la historia a contrapelo que hace que salten las briznas escondidas en la alfombra.

El 15M es una bofetada indignada, llena de razón, en la cara dura de las principales instituciones del país. Las que habían dejado de ocuparse de los intereses colectivos y andaban enredados en un orden del día autorreferenciado. Las que que justificaban su labor saturados de viajes, dietas, ocio, comisiones absurdas, falsas preocupaciones y cosmética mercadotécnica. A veces también en burdeles y en cacerías. Nunca en un andamio.

El 15M es un cruce de caminos entre los que querían pedir a los políticos que estuvieran a la altura y los que sabían que no podían estar a la altura, entre los que llevan lustros luchando por una sociedad más digna y los que con la crisis empezaron a preguntarse por los descosidos de las sociedades occidentales, entre los que sabían de los parches cosidos con la piel del Sur de todo el planeta y los que empezaron a darse cuenta de que la piel de los próximos cinturones iba a ser la suya. Y que estar en Europa ya no era un salvoconducto.

El 15M es la declaración alegre de que el ratoncito Pérez no existe, de que los reyes son los padres y de que los hijos van a tener difícil repetir las mentiras de sus progenitores. Por eso, el 15M es la antesala de la desobediencia, que vendrá cuando los cuentos, desenmascarados, dejen de hacer gracia y no sirvan para conciliar el sueño.

El 15M es una amable película de zombies que saca afuera y cuelga de los tendederos de las plazas las vísceras derramadas de muertos vivientes que adelantan los brazos hacia las víctimas. Que saca a la luz todo lo que debía estar escondido para que el asco no permitiera que el sistema se desplomara. Una pantalla callejera donde se ven los intestinos colgando de esos aterradores cadáveres insaciables que quieren terminar de devorarnos. Con un casting de probados profesionales: políticos, banqueros, técnicos internacionales, académicos, actores principales de una película de terror donde se camean a sí mismos logrando un terror más real de lo pensable.

El 15M es un aprender de política sobre la marcha, que experimenta sobre su propia inexperiencia los egos, las camarillas, la manipulación, los picos de oro, los intereses de grupos consistentes, las envidias, los celos, los diferentes tiempos libres de la gente, los humores variables, el alcohol y los porros, a los anarquistas y su autoritarismo horizontal, a los comunistas y su autoritarismo vertical, a los falangistas y su autoritarismo autoritario,  a los inmigrantes desesperanzados, a los sin techo, a los borrachines sin fondo. Experimentar también la desesperación, el hastío, los expertos que han leído todo, los ignorantes que no quieren leer, los que se repiten, los que nunca hablan, los frikis, los partidos de fútbol desertizadores, otra vez los frikis,  y también y contra todo pronóstico, como una vacuna imperecedera, la lucha compartida, la inteligencia colectiva, la complementariedad, solidaridades y amistades que nunca nadie había pronosticado y que tenían que ver con adaptarse al ritmo de los más rezagados.

¿No será que no sabes de qué hablas?

El 15M es el optimismo de la ilusión compartida, que estalla cuando se piensa que todo lo que nos hace mejores es posible porque decenas de miles también están de acuerdo.

El 15M es una bebida energizante que da coraje para decirle a los poderosos que nos hemos quedado con su cara sólo porque ellos se han quedado con nuestra cartera. Y que la queremos de vuelta. Y que no les tenemos miedo.

El 15M es la resaca de toda una generación que empezó a despertarse de una borrachera donde todo se podía comprar, donde el sur no era sino un lugar de vacaciones, la universidad un salvoconducto para un salario alto, el ladrillo una tarjeta bancaria de barro, el medio ambiente una mercancía, el futuro un enorme y surtido supermercado, la política un voto cada cuatro años y los políticos unos empleados a usar y despreciar a los que pagábamos y tolerábamos, los hijos una proyección optimista de nosotros mismos, la televisión una excusa para sentirnos mejores, Europa una oficina aburrida que brindaba seguridad, África y las catástrofes una ocasión puntual para sentirnos solidarios con muy poco y el dinero un pasaporte para la felicidad.

El 15M es una llamada a la puerta a las dos de la madrugada y contar con que no sea el lechero porque no son horas. Es saber que es verdad que es madrugada pero que no hay puerta porque estás durmiendo en una plaza en una tienda de campaña. Y te ríes y vuelves a dormirte.

El 15M es la mano izquierda invisible que une la espontaneidad de la multitud cuando en vez de guiarse por el egoísmo lo hace por la generosidad y envuelve a la sociedad de virtudes públicas.

El 15M es un silencioso guardián del fuego de la indignación que abre huecos en edificios imponentes ungidos por el tiempo, el dinero, las leyes y el dios único y verdadero. Un hueco por donde se cuela el viento que aviva las brasas y funde los cimientos.

El 15M es un mural con un mensaje que sólo se desvela cuando se terminan de colgar todas las reivindicaciones. El cuaderno de quejas de los que aun no sabiendo lo que quieren  saben perfectamente lo que no quieren.

El 15M es resultado del reflejo de la lógica del mecanismo de la multiplicidad de la conspiración de las expresiones de los conflictos de las relaciones de la repetición de los intereses de la recurrencia de los efectos de, y por fin ya voy entendiéndolo, la lucha de clases. La lucha de clases. Esa que, como dijo una de las principales fortunas del mundo, van ganando, con diferencia, ellos. Las principales fortunas del mundo.

El 15M es una red que se tensa, sin previsión posible, en diferentes lugares, haciendo que los nudos se inclinen cada vez hacia un lugar. Luego, cuando la tensión desaparece, recupera la horizontalidad y todos vuelven a mirarse a los ojos. Tiene todas las ventajas de la red (flexibilidad, compromiso, extensión), y también todos sus problemas. Los mismo nudos que trenzan tantas responsabilidades son los que construyen los huecos por donde se escapan pequeños tesoros importantes o se abren sin consistencia para dejar paso a los hambrientos tiburones.

El 15M es una gran conversación, donde la gramática del movimiento se escribe en cada diálogo. Una conversación donde hablan los nativos de la generación perdida -con máster y sin noticia de la política-, con los nativos de las mil revueltas perdidas; hablan los paisanos del perro y de la flauta con los politizados del antiguo paraíso de la fábrica, el empleo fijo y la pensión; hablan los que han vivido en sus hijos su mundo anhelado y los vástagos a los que les han cambiado las preguntas cuando apenas estaban empezando a pensar si no habría que cambiar las respuestas.

¿Vas a seguir?

El 15M  es una caja de herramientas, donde hay un martillo que rompe la pasividad de la democracia satisfecha, un destornillador que afloja los andamios de la democracia de baja intensidad y una llave inglesa que, como no podía ser de otra manera, dice #spanishrevolution. No menos es una jornada de puertas abiertas de la democracia real, una vitrina donde lo invisible se hace visible, una sección de delicatessen de un supermercado social donde el dolor particular de colectivos escondidos se ofrece para ser compartido por gourmets de la democracia.

El 15M es un blog con un marco pero sin un dueño, una referencia abierta, en construcción, donde se intuye lo que cabe y lo que no cabe, una escritura, línea a línea encaminada a un fin pero carente de un faro inmóvil en la costa, una “selección de contenidos” que recupera la desobediencia civil, esa que escribe con diferentes manos “no soy violento”, esa que escribe con diferentes manos “no quiero volarlo todo”, que escribe “tan solo, de momento, quiero recuperar lo bueno que tuvimos”, hasta que se vaya dando cuenta de que no es posible y que tiene que atreverse a crecer. Un aire de familia que escribe con diferentes manos “no voy a convertirme, pese a vuestras provocaciones, en uno de vosotros”. Pero que sabe, con Gandhi,  que la violencia más infame es la del que no hace nada para defender a un compañero.

El 15M es la invitación a entender que una buena parte de los agravios están conectados. Es una “sintonía sobrevenida entre sujetos”, es el  salón de costura de los vínculos escondidos que sospechábamos. Es la posibilidad de pensar que le puedes decir al Ministro: “está usted despedido”, que le puedes decir a tu jefe: “si no viene a la huelga, no venga a trabajar el viernes”; que le puedes decir al policía circule, que me estoy manifestando.

El 15M es un coitus interruptus que va de la pasión del primer encuentro al miedo en la mañana de descubrir al otro, del impulso inicial que llevó a arrancar la ropa del amado, a la prudencia de preocuparse sobre las obligaciones que se asumirán después del sueño, del deslumbramiento de la primera mirada al escrutinio de las verdaderas intenciones, de un encuentro fortuito, sin compromisos, urgente y nocturno, a las reticencias de una relación de más largo aliento, con más cargas, menos frívola y más llena de proyecto a largo plazo. Es la alegría de quien, impaciente, cree haber logrado huir y tiene espasmos de alegría y quien después de haber sorteado las paredes de la celda se encuentra delante otro muro más alto y sólido que el que ha dejado atrás.

El 15M es un desorden del orden, que ordena al tiempo que desordena. Por eso mismo es un desorden amable con el orden y es un orden amable con el desorden. Esto no es un juego de palabras hueco. Las instituciones existentes hacen las paredes y luego llenan la sociedad de agujeros. Por ahí se coló el 15M. Por el agujero del propio sistema. El 15M se sirve de todo aquello del orden existente que le permite tomar impulso. Y desde el sistema hace fuerza para dar el salto. Puede ser condescendiente con el diferente porque no enmienda a nadie a la totalidad. Invita a peleas concretas. Desconecta lo que impide nuevas conexiones. En vez de cavar trincheras hace pasos endebles con maderas de los contenedores. Vive en los intersticios y le da pánico construir demasiado pronto nuevos cimientos. Desespera a los que ven el conjunto, a los que quieren instalar guillotinas en las plazas porque saben perfectamente quiénes son los culpables, a los mellados y tuertos del ojo por ojo y diente por diente. Tiene sus plazos y lo único que negocia es una metodología que dice: “espera, vamos a hablarlo más despacio”.

El 15M es un espejismo que aísla del mundo estructuralmente violento que habita fuera de su burbuja. Un espejismo que se puede tocar cada vez que tocas a los demás que viven en el oasis. Una casa de los padres sin horario ni reconvenciones. Una carpa de circo donde se representa la función que cada cual imagina. Una escuela de arte popular donde puedes atreverte de nuevo a coger los pinceles y los lápices de colores. Una reconstrucción de la realidad donde lo feo queda fuera o le has puesto un cartel que dice “realidad desagradable”. Una experiencia de la que se vuelve con una mirada de asco hacia el desierto del mundo real.

¿Y aún te parece que faltan cosas?

El 15M es partícula cuando los partidos se ven en la obligación de hablar de él, cuando los medios intentan definirlo, cuando los científicos sociales le ponen sus electrodos para convertirlo en estadística y regresiones; pero es onda cuando nadie lo mira, cuando, invisible para los que sólo ven unidades, se desliza por una dimensión que aún no hemos explorado lo suficiente. El 15M es la partícula que desafía a las partículas políticas de la democracia representativa y es la onda, el flujo que atiende a lo común que permite nuestra existencia, el aire, el lenguaje, el arte, las calles, el alimento y el agua. Es valor de cambio para huir de la individualidad del mercado liberal y valor de uso para reencontrar la comunidad que sabe que el todo es más que la suma de las partes. Es una dinámica para contar un escenario que se relataba desde una cámara fija.

El 15M es la continuidad recurrentemente dormida y recurrentemente renacida del “No se puede servir a dos señores” de Jesucristo, el “Pienso que las entidades bancarias son más peligrosas para nuestras libertades que todos los ejércitos listos para el combate de Jefferson, el “¿Qué es robar un banco en comparación con fundarlo?” de Bertold Brecht, el “debajo de los adoquines está la playa” del mayo del 68 y que llega a hoy para decir con menos brillantez pero con más contundencia: no es una crisis: es una estafa.

El 15M es una cosa en Madrid y otra en Valencia, una en Getafe y otra en Marinaleda, una en Santiago y otra en Badajoz, una en Sevilla y otra en Cádiz. No es igual en Bilbao que en Barcelona. En Sant Boix que en Almans. Es una en Burgos y otra en Guadalajara. Una en Ciudad Rodrigo y otra en Santa Margalida. El 15M toma sus contornos de lo que había antes del movimiento. Si hay mucha representación crítica con el sistema (es el caso del país vasco), el 15M se diluye o se concentra en las carencias de lo que existe (por ejemplo, insistiendo en la necesidad de respuestas no violentas al sistema). Si hay poca, el 15M se acrecienta, con las dificultades que significa cubrir tantos frentes (¡Cómo no llenar el 15M de comisiones y subcomisiones cuando hay tantas vías de agua en el barco!). El 15M se articula también en virtud de las fuerzas de cada ciudad y de cada pueblo, de los grupos que lo sostienen, de los que se quedan y de los que se van. De la capacidad de los grupos existentes de hacerse con el movimiento y de la capacidad de los grupos emergentes de mantener la independencia. Si todavía en muchos lugares de España hay rescoldos asociativos vinculados al paso por allí de un cura dinamizador, la existencia del 15M, en cualquier caso, cubre ese espacio desaparecido.

El 15M es el espejo que no te permite hacer lo que normalmente haces porque nadie te está viendo. Es el “mamá estoy en esta plaza haciendo lo que me has enseñado”. Es tu conciencia dormida. Es la mentira que dinamita la complacencia de creer que si a los cuarenta años ya no tienes corazón es porque tienes cabeza. Es la pregunta repetida de “¿dónde está todo aquello en lo que alguna vez creíste?

El 15M es un sentimiento a la búsqueda de una idea. O muchos sentimientos a la búsqueda de muchas ideas. Pero el sentimiento, que es lo difícil, ya está ahí. El sentimiento de gente que no sabía que era clase obrera y se lo anunciaron de golpe, el de gente que lo sabía y se lo volvieron a recordar, el de gente que trabaja precaria y necesitaba decir que ni su trabajo ni su salario ni sus expectativas pueden compararse con las de sus mayores.

¡Ve terminando, por favor!

El 15M ha sido una ventana al escepticismo en el tiempo de las verdades inconmovibles, hijas del cacareado “fin de la historia”; ha sido una gramática parda que ha permitido darle la vuelta a las frases hechas del supuesto “único mundo posible”; ha sido el deja vú de los que habían sido víctimas de la abolición de la memoria

El 15M es la caracola que te da derecho a hablar en El señor de las moscas; es la lanza de Don Quijote contra los molinos de viento y el bálsamo contra los dolores de cada fracaso; es el mensaje de Craxio a Espartaco cuando le dice al oído que una vez acabó con amos y soldados, fue libre y vivió en comuna; es el detective loco del Misterio de la cripta embrujada que no para de hablar y hablar porque no quiere volver al manicomio; es el movimiento perpetuo del conejo de Alicia y es quien le quita el hacha a la reina de corazones para que deje de cortar cabezas; es el hambre de autenticidad de Ulises que le invita a seguir su Odisea renunciando al olvido feliz de la isla de Calypso; también el coraje y la astucia para derrotar al gigante Polifemo y a los mediocres burócratas que gobiernan Itaca; es la lámpara de Aladino que cuando se la acaricia sale un genio; es una carta traducida del chino en Seda, la carta que debiera escribir Madame Bovary en vez de quitarse la vida, las miles de cartas pidiendo ayuda que leyó Bartleby el escribiente y que nunca llegaron a sus destinatarios; es el poema del Cartero de Neruda que usa quien lo necesita y es el violín rojo, el Winchester 73 o el viejo traje que ruedan y ruedan quedándose un rato en cada necesidad; es el Sur rodeado de mares y un tatuaje para no olvidar las promesas de amor que no terminan de ser convincentes; es ropa tendida en los alambres que rodean los barracones de Auschwitz y te hace preguntar Si esto es un hombre. Es el rumor que permite seguir con vida en los campos de concentración de Vida y destino. Es el vía crucis de Max Estrella, la verdad deformada en callejones mentirosos y también la deformada verdad ante las mentiras de la prensa canalla, la autenticidad de un anarquista al que le aplican la ley de fugas y la de una prostituta adolescente que huele a nardos. Es la ira ante los mercaderes de Venecia y la posibilidad de justicia colectiva en una Fuenteovejuna antineoliberal. Es cada una de las ciudades invisibles que narró Marco Polo a Gengis Kahn y cada uno de los cuentos que inventó Sehrezade para salvar la vida. Y sólo por eso, por que es cada una de las calles de cada una de las ciudades y cada una de las historias de cada noche, ayuda a diferenciar lo que es infierno de lo que no es infierno. Es, en definitiva, el nombre escondido de las Historias de Terramar que da poder a quien lo conoce y miedo a quien no se atreve a nombrarlo.

Pero también, en su multiplicidad, es un poema dadaísta que sólo entiende quien lo ha hecho, es la mujer que se arroja con sus libros al fuego en Farenheit 451, es el agente Smiley que derrota a su archienemigo Karla usando las mismas armas (y la misma indignidad que le justificaba como diferente); es Wilson cayendo víctima del gran hermano al que ha ayudado y de la neolengua que ha utilizado. Es Zapata, ya Presidente, preguntándole a un campesino rebelde e irreverente por su nombre para ponerlo en una lista negra, es la pureza de Hamlet que le lleva a la locura o la intransigencia de Bernarda Alba que lleva al suicidio de su hija. Es la Malinche traduciéndole al imperialista Cortés para hacer comprensible su lenguaje y que termina traicionando a su propio pueblo. Es el mal cura que reza un réquiem por un campesino español al que ha traicionado y es el capitán Achab que arrastra a toda su tripulación al abismo porque quiere acabar con Moby Dick, la ballena asesina. La lista la puede completar cada interrogado. Porque la vida también se parece al arte. Y porque el 15M, que ya tiene los actores, aún tiene pendiente su propio guión, sus directores, la estructura de su novela y el plan de rodaje de su roadmovie. Mientras, a su alrededor, se cae el mundo y la vieja Europa de las clases medias vuelve a los escenarios de los años treinta que hicieron a Hemingway poner a tocar sin pausa las campanas y a Thomas Mann subir a la montaña mágica. A no ser que el 15M, único héroe con fuerza de esta triste historia, se arme del valor que aún no ha encontrado y convierta su pregunta en un proyecto de respuesta que empiece a andar cuando los viejos actores han tirado todas las toallas.

(*) Juan Carlos Monedero es profesor titular de Ciencia Política y de la Administración en la Universidad Complutense de Madrid y director del Departamento de Gobierno, Políticas Públicas y Ciudadanía en el Instituto Complutense de Estudios Internacionales.
4 Comments
  1. @moneyshotsays says

    Así se vivía en Sol hace un año http://t.co/RUpcGIfl y así llegaba la indignación hasta París http://on.fb.me/Jn7t4b

    http://www.mymoneyshot.blogspot.com

  2. quenoteuserubalcaba says

    El 15M es un grupo de antiguos pro sistema que tenían para comprar pisitos en la ciudad y en la palya, tenían dos coches como mínimo, y no dejaban vacaciones o puentes si disfrutar. Ahora que no pueden hacerlo, van contra los «supuestos» malos y contra el sistema que volverán a defender si su poder adquisitivo sube nuevamente. Por otra parte, no hay que dejar de lado la manipulación de rubalcaba y toda la patulea de izquierdas, que ahora que está el PP, les sirve de caldo de cultivo para meter sus bacterias en la cabeza de la gente, y hacer que lo poco que se puede hacer para sostener y recuperar lo que EL SOCIALISMO DESTRUYÓ Y SALIÓ CORRIENDO COMO COBARDE, ahora tengan la cara de cuestionar como si ellos recién llegaran de otro planeta y no hubiesen tenido nada que ver con el apocalipsis sociata desde 2008 a esta parte. Vaticino, que en cuanto se recupere el empleo, y el poder adquisitivo, todos los pequeños burgueses que antes se regodeaban en el sistema por tener pisitos y coches y todo lo que querían, van a volver a adorar los bienes materiales y despreciar al 15M. Me juego cualquier cosa que de aquí a unos años, veré a algunos de estos que hoy están en Sol, diciéndo de los indignados que son unos «perros flauta». Ya lo verán.

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