La forma de matar

En el tiempo muerto de los meses de agosto, el verano periodístico suele sestear entre boqueadas de vulgaridad festiva, la habitual fatuidad del famoseo transversal y el amago continuo de las llamadas olas de calor, con sus pavorosos incendios, a los que, inexplicablemente, nadie pone remedio. Ni siquiera en el duro agosto en curso, sobresaltado también por la corrupción rampante y la ya intrínseca incompetencia de nuestra casta política, ha conseguido evitar el bajón agostizo, por lo demás tan necesario como una bocanada de aire fresco para quien se ahoga en un reducto mefítico. Entre el Ferragosto laico y la catolicísima Virgen de la Asunción, la vida trata de abrirse paso al desgaire, como distraída y tranquilamente, al margen. Pero entre las páginas del periodismo agosteño no falta nunca, afortunadamente, alguna mención, recuerdo o comentario a un aniversario, cuya memoria debiera instituirse como expresión cívica que reforzara nuestra peligrosa propensión al olvido: el 6 y 9 de agosto de 1945 (un lunes y un jueves, mismamente como en  el mes corriente) las ciudades japonesas de Hiroshima y Nagasaki, respectivamente, sufrieron el lanzamiento y explosión de las bombas atómicas apodadas graciosamente Little Boy y Fat Man. Su estela de destrucción y muerte fue tal, sus secuelas tan monstruosas, que hasta la fecha han sido los únicos ataques nucleares de la historia. Cuando en la II Guerra Mundial los japoneses hacían prisioneros norteamericanos en sus barcos del Pacífico, tras interrogarlos, les ataban un peso a los pies y los arrojaban al mar, o los decapitaban ritualmente en las cubiertas de sus navíos. Aquello escandalizó e hirió en lo más vivo a la opinión pública occidental que, sin embargo, aceptaba como de oficio las decenas de miles de muertos que producían constantemente los horrendos combates de la guerra. Ya lo explicó Stalin, gran experto en la materia: “Un muerto es un muerto, un millón, una estadística”.

No fue una casualidad, una imprudencia temeraria o el error fatal de unos políticos o militares descerebrados: fue el frío y calculado colmo de una manera de hacer la guerra, de una forma de matar, que desde hace 2.500 años ha caracterizado a Occidente, para bien y para mal, frente a los pueblos del resto del mundo, y le ha permitido su hegemonía indiscutible hasta nuestra mismísima actualidad. El costoso “Proyecto Manhattan”, mediante el que se diseñaron y fabricaron las primeras bombas atómicas, bajo la dirección del físico Robert Oppenheimer, constituyó el punto culminante de una tradición bélica occidental que, desde la Antigüedad clásica, ha buscado en la superioridad tecnológica la solución a su inferioridad y desproporción numérica frente al enemigo. A esa superioridad le añadieron muy pronto un afán constante de innovación y respuesta a los desafíos que entrañaban la conducción táctica y estratégica de la guerra, mediante una disciplina rigurosa que hacía de los simples guerreros verdaderos soldados, fuerzas integradas en unidades superiores de choque y resistencia formidables; y una capacidad de producción de suministros y mantenimiento constantes, enriquecidos y actualizados de manera permanente. Un esfuerzo sólo imaginable en sociedades abiertas, garantes de libertades individuales, libre comercio y beneficio capitalista. Al final, las guerras las ganan mayoritariamente las economías más saneadas y productivas.

Las doctrinas bélicas occidentales, teorizadas muy tempranamente, como muestra el clásico romano Compendio de asuntos militares, de Flavio Renato Vegecio (finales del siglo IV), centran enseguida los objetivos principales de toda contienda: atraer al enemigo hacia un choque frontal y decisivo en el que el papel de la infantería es fundamental por la firmeza de sus líneas y columnas, resistencia y ataque hasta la total aniquilación del enemigo y consiguiente toma del terreno. La determinación destructiva, los métodos más letales, inexorables, que han caracterizado a los ejércitos occidentales, desde los antiguos hoplitas griegos hasta los marines norteamericanos, han impresionado siempre a no pocos de los que los han sufrido. Los persas que sometieron las falanges y caballería de Alejandro, con una conciencia inédita hasta entonces de guerra total; los aztecas que liquidó Cortés en la toma de Tenochtitlán en el siglo xvi,  o los zulúes que exterminaron los británicos a finales del siglo xix, por poner algunos ejemplos representativos, tenían ideas mucho más rituales y mucho menos exterminadoras de la guerra que los occidentales. La tradición decidida, aniquiladora, que nace con los hoplitas en las antiguas ciudades-estado griegas, se perfecciona temiblemente en las falanges macedonias de Filippo y su hijo Alejandro, finalmente sistematizadas por las legiones romanas y mantenidas a lo largo de la Edad Media y Moderna con eficacia indiscutible por las infanterías europeas, ha prevalecido hasta finales del siglo xx como el modelo más exitoso de la forma de matar. El auge milenario de Occidente no se explica sin él.

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Como nos recuerda Geoffrey Parker (Historia de la guerra, Akal, 2010): “Esta ventaja militar supuso que el propio Occidente padeciera sólo en contadas ocasiones invasiones eficaces. Fue raro que ejércitos procedentes de Asia o África se introdujeran en Europa, y muchas de las excepciones -Jerjes, Aníbal, Atila, los árabes y los turcos- sólo obtuvieron un éxito limitado. Ninguno provocó la destrucción total de su adversario”. A principios del siglo xix, en su tratado Sobre la guerra, Clausewitz ya lo había prescrito como principio: “La aniquilación directa de las fuerzas del enemigo debe constituir siempre la consideración dominante (…) La destrucción de las fuerzas enemigas es el principio supremo de la guerra”. La imitación, sin embargo, no garantiza el triunfo, y en la guerra mucho menos. Victor Davis Hanson, en uno de los libros más fascinantes y lúcidos de la bibliografía bélica de los últimos años (Matanza y cultura. Batallas decisivas en el auge de la civilización occidental, Turner-FCE, 2004) lo sintetiza como tesis de su libro: “…la doctrina bélica occidental no se basa únicamente en la supremacía tecnológica, sino en un conjunto de tradiciones sociales, políticas y culturales que son la causa de muchas ventajas militares que van más allá de la mera posesión de armas complejas. La alta tecnología no puede importarse sin más. Para que no se estanque y quede obsoleta inmediatamente hay que adoptar con ella diversas prácticas: la investigación libre, el método científico, la indagación sin restricciones y el sistema de producción capitalista”.

Japón, que adoptó de manera eficacísima durante más de medio siglo los métodos y tecnología armamentística occidentales, hasta desafiar al propio Occidente en los años treinta del siglo xx, no consiguió al mismo tiempo desprenderse de su mentalidad oriental, que alimentaba el viejo código de honor samurái y la exaltación de las peores pasiones políticas: la religión (el shinto, la religión oficial que consideraba al emperador como dios viviente) y el nacionalismo, que le hizo sumarse al Eje nazi-fascista. No le interesaron de Occidente más que sus métodos de guerra para hacer prevalecer una raza de guerreros superiores que, naturalmente, despreciaban el liberalismo y sus libertades individuales. La vieja receta sin escrúpulos de Occidente no tuvo ninguna duda cuando, llegado el caso, los arrasó.

(*) Agustín García Simón es escritor y editor.