La sociedad española entre la absolución y la culpa

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Francisco Serra

Cubierta del libro de Ferdinand von Schirach.

Un soleado día de invierno un profesor de Derecho Constitucional entró en la librería de su amigo Ismael Melville. A pesar de las dificultades económicas, el negocio había conseguido mantenerse y seguía proporcionando buena literatura en el barrio de Prosperidad, cerca del mercado. Por fortuna, aunque no había sido fácil, el profesor ya había comprado el regalo deseado por su hija: una de las muñecas de la serie Monster High, las más difíciles de adquirir, porque siempre estaban agotadas. Además, la niña no prefería a la popular Draculaura, sino a la menos conocida Frankie Stein, casi imposible de encontrar.

El profesor intentó no preocuparse en exceso ante la extraña predilección de los chavales actuales por zombis, vampiros y seres monstruosos, pues tampoco le había parecido muy adecuado el regalo del año anterior: un carrito de supermercado de juguete, repleto de sabrosos productos (galletas de chocolate, latas de sardinas, pollos asados…), a imitación de los reales (en este momento no vendrían mal los de verdad). En la sociedad actual, pensó el profesor, casi aprendemos antes a ser consumidores que ciudadanos y los muñecos terroríficos, que los críos demandan, parecen prefigurar el tiempo futuro en que los niños de hoy deberán convertirse en adultos.

Ahora el profesor buscaba un presente muy especial. Desde hacía años regalaba a uno de sus mejores amigos el libro que consideraba más representativo del período que se iba a iniciar. En otras ocasiones no había tenido demasiados problemas y la última novela de Chirbes o alguna de las angustiadas obras de Coetzee habían servido para reflejar esta época incierta.

Pero esta vez el profesor estaba perplejo y entre los volúmenes que abarrotaban la mesa de novedades no encontraba ninguno que fuera adecuado. Descartó Por qué fracasan los países, interesante pero que defendía una tesis algo aventurada, y una muy extensa novela histórica sobre Cataluña. Tampoco quería enviarle la nueva entrega del comisario Jaritos, aunque el autor fuera uno de sus escritores favoritos.

Al percibir su indecisión, un amigo común que echaba una mano a Ismael Melville en esas fiestas, aconsejando a los clientes, le recomendó dos libros, considerados por muchos, decía, las mejores obras narrativas de ese año: Absolución, de Luis Landero y Culpa, de Ferdinand von Schirach. El profesor había disfrutado, cuando se publicó, con Juegos de la edad tardía, aunque las siguientes novelas de ese autor le habían producido cierta decepción. Del escritor alemán no había leído nada y apenas recordaba una entrevista publicada en un periódico, en la que se hacía referencia a su parentesco con un destacado dirigente nazi, juzgado en Núremberg.

Dudando cuál de ellos escoger, el profesor pensó que quizás no fuera casual que los títulos de los libros más interesantes publicados en castellano o traducidos de otras lenguas fueran tan distintos. Mientras en Alemania siempre ha estado presente la cuestión nunca resuelta de “la culpa”, en España no se ha producido una asunción de responsabilidades de las acciones ejecutadas en épocas anteriores, aunque hayan dado lugar a terribles consecuencias.

La historia de Alemana ha vivido alternativas dramáticas y la culpa sigue actuando, como una pesadilla, sobre las generaciones actuales. Por el contrario, no hay una “culpa española” y no ha habido casi reflexiones imparciales sobre los hechos más dramáticos de nuestra historia, nada ejemplar, ni en épocas remotas ni en tiempos recientes.

Siempre que se ha pretendido juzgar las actuaciones de nuestros líderes, de nuestros progenitores, de nuestros antepasados, se ha sentenciado rápidamente que se debía producir la “absolución” de los que las habían realizado. Quizás ha pesado nuestra tradición de país católico, en el que todo puede ser perdonado con una buena confesión ante el sacerdote que pronuncia, al término, las palabras rituales conteniendo la fórmula de la absolución.

En el presente secularizado, parece que ya no se considera preciso el “examen de conciencia” y ni siquiera es creíble el “propósito de enmienda”: la absolución se obtiene antes incluso de que tenga lugar el juicio y sin necesidad de “confesión”. Cuando ha llegado el momento de asumir “responsabilidades” por los excesos cometidos, nadie sabe nada y se suceden declaraciones de personas que ocuparon los puestos más significativos en la vida económica y política, proclamando su inocencia y desconocimiento de lo que estaba pasando. En España en vez de estar presente el problema de la “culpa colectiva”, parece que una y otra vez la sociedad, tal como se muestra en los medios de comunicación más difundidos y en las afirmaciones de sus élites, demanda la “absolución colectiva”.

La única forma de que esto cambie, pensó el profesor, es que la verdadera “opinión pública” (que no se muestra en los diarios o televisiones “oficiales”, sino en la multitud de voces que se alzan en la Red) haga sentir la necesidad de que aflore esa “responsabilidad colectiva” (y también la particular), en sus diferentes grados, esa culpa aún no reconocida.

El profesor escogió el libro para su amigo y pidió que se lo envolvieran en papel de regalo, deseando que el nuevo año fuera, al fin, diferente de los anteriores.

3 Comments
  1. Susana says

    He escogido «Un lobo de mar» de Jack London, para una amiga como regalo de Reyes, para saber qué pudieron ser los lobos de mar. Ya no queda ese tipo de hombres

  2. Don Incómodo says

    Aquí no hay Eichman que valga, ni banalidad del mal que se precie, sino pura amnesia social rentable para la caja registradora. Lamentable…

  3. Indalecio y Encarna says

    ¡No basta con desenterrar «gudaris» y homenajearlos como quieren los abertzales ahora! ¡Hay que dar sepultura y normalizar el eterno descanso de todos los fusilados en la guerra civil! Salud en el 2013

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